8 de agosto del 2008
Ser cubano
Por Tamara Roselló Reina

Intente definir lo cubano. Mire a su alrededor y busque entre sus coterráneos o dentro de sí mismo esos rasgos que nos distinguen. Abunda la literatura donde este tema, la cubanía, ha sido la fuente de inspiración.  Alma Mater, en su edición anterior abrió un debate para repensarnos. Con el propósito de avivar la polémica situamos ahora en páginas centrales un esbozo de nosotros, los cubanos. Nada conclusivo, porque deja varias preguntas para responderlas juntos: ¿cómo nos han visto y nos vemos?, ¿cómo queremos ser y cómo somos?

Hace mucho que la disyuntiva está planteada. La propia toponimia del país lo evidencia. Ni siquiera el doble bautizo español a la Isla: Juana y Fernandina, consiguió arrancarle su nombre aborigen. Sin embargo, tardó en aparecer el gentilicio que usamos. Fue en la primera mitad del siglo XIX cuando se comienza a denominar así a los hijos de esta tierra. La palabra daba cuenta de ciertas diferencias entre criollos y peninsulares: las comidas, el modo de vestir, los colores con que pintaban sus casas, el carácter, los hábitos higiénicos, la musicalidad y el ritmo…

El geógrafo español Miguel Rodríguez Ferrer explicaba en 1848 en el periódico El Artista,  la procedencia de esas  costumbres: «Tres distintas razas, han habitado este suelo; la indígena, la española y la africana…Todas le han dejado ciertas huellas en la parte moral de su conjunto, en esa parte sensible y no palpable que podremos llamar el sentimiento de un pueblo…»

Desde esos orígenes hay múltiples razones que nos arraigan, algunas muy íntimas, familiares, carnales; otras están en el aire que respiramos, en el clima, en la insularidad, en el mar circundante, en lo que fueron nuestros antecesores y en lo que somos o aspiramos ser.

La resistencia, ese empeñarse a fondo para alcanzar un propósito, la confianza en uno y en el otro, se han reforzado en el tiempo. La naturaleza y la circunstancia, dos madres imprescindibles que nos atribuyera José Martí, han moldeado a los cubanos y cubanas.

Conocernos, con nuestras grandezas y nuestras imperfecciones es una buena brújula para orientarnos en la aldea global y también puertas adentro, porque en casa hay mucho que ordenar, cambiar y salvar.  

 

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