| 11 de julio del 2008 | |
Los graduados |
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| Por Tamara Roselló Reina | |
¿Qué profesional necesita Cuba? ¿Cuántas veces esa misma pregunta habrá recorrido oficinas, auditorios, documentos, planes quinquenales? La formación del profesional ha sido una preocupación constante de la universidad, al menos de la universidad que avizoró Mella, inspirado en la Reforma de Córdoba. Laminoría poseedora de conocimientos técnicos y científicos contra la mayoría desapropiada de ellos, no era (ni es) compatible con el proyecto socialista cubano. Por eso algún día todo el país se transformaría en una gran Universidad. Graduarse en ella dejaría de ser un privilegio, para convertirse en la norma, por exigencias de la propia especialización y complejidad de las sociedades modernas. Más, no es tan sencillo. Ahora que las matrículas han crecido considerablemente y los perfiles sugieren escenarios laborales no tradicionales, el ideal pone como caras de una misma moneda, a la calidad y a la masividad. No se trata de elegir entre una u otra, sino de hacerlas compatibles, para no arriesgar el futuro. Si llegamos hasta aquí ha sido posible por la alianza entre el saber, el talento, la creatividad, la resistencia y la consagración solidaria de miles de hombres y mujeres, cubanas y cubanos, −anónimos o no−, que han sostenido, como pilares la palabra empeñada, la coherencia entre pensamiento y acción. El necesario refuerzo que egresa este julio de las sedes y centros universitarios de todo el país, también tendrá que ser columna vertebral, no para apuntalar un derrumbe predecible, sino para construir sobre los viejos cimientos, y luego, llevar sus espaldas, otras edificaciones, las que por fin alcancen el horizonte. Mientras sigamos buscando el profesional que queremos. |
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