26 de febrero del 2009

Útiles de guerra

Por Amilkar Feria Flores
Fotos: Cortesía del autor

 Ataque Aéreo
Una escultura donada hace más de sesenta años por el entonces gobierno soviético, emplazada en los espacios exteriores de la Organización de Naciones Unidas, en Nueva York, evoca, en el más puro y explícito “Realismo Socialista”, a un jornalero torciendo una espada en arado a golpe de mandarria limpia.

La alegoría ha sido, mejor que peor, desde tiempos inmemoriales, parte de una aspiración que, de momento, continúa resultando una utopía. Para no remitirlo a los espacios noticiosos, que saturan de contiendas bélicas los minutos del acontecer informativo, mejor les presento a alguien que ha vuelto a enderezar la espada, tan solo como ejercicio demostrativo de que las armas, como casi toda intensión (mejor que invención) humana en este mundo, son resultado de un primitivo propósito del que nos cuesta separarnos.

Del mismo modo que la risa, según deducciones de los antropólogos físicos, es resultado fisio-conductual del llanto y el alarido, las armas no son otra cosa que herramientas evolucionadas para cazar, matar y destazar; solo que hay un raro paréntesis en la conciencia humana que no sabe (o no quiere) discernir entre las presas de caza.

 Cañon dos bocas

Para demostrar la larga data de este acendrado vestigio animal, un arqueólogo ya no deslinda las funciones que pudo cubrir una filosa piedra, encontrada en cualquier solar arqueológico del neolítico temprano. Desde aquel primigenio uso de un útil extracorporeo (deducido del que hoy en día hacemos de nuestras sofisticadas y especializadas herramientas), los “beneficios” continúan siendo transferibles.

Un carro autopropulsado, dotado del mismo principio técnico para rodar, puede salvar una vida, cuando lleva de urgencia a un ser humano hasta una institución asistencial; otro puede matar, de una sola vez, a decenas de personas, cuando va artillado. Los ejemplos serían infinitos, tal como nos indica Denys San Jorge, egresado hace unos años de la Academia de San Alejandro, donde actualmente ejerce como profesor.

 Fusil francotirador

Para este artista,que hace unos meses exhibiera su trabajo en el Ministerio de Informática y Comunicaciones, apelando al recurso fotográfico, a partir de composiciones con diversas herramientas de trabajo trocadas en “útiles de guerra”, no resulta difícil subvertir el orden de los propósitos; más bien parece un juego. Juego que, sin embargo, como las pistolitas de madera, o el simple dedo índice extendido a modo de arma de fuego, señala el peligro que implica “jugar pesado”, ya desde la temprana infancia.

Una vez adultos (menuda adultez) las combinaciones suelen ser cada vez más letales, tanto como en nuestra presumible adultez civilizatoria. Nada ha cambiado, parece decir Denys. Un serrucho puede ser tan peligroso como una bayoneta. Todo está en la combinación de ideas que nos fragüemos para su uso. Si no ¿con que mató Caín a Abel, cuando cegaban las mieses, durante una apacible mañana, hace ya unos cuantos milenios?

Portada de la Revista impresa
Contraportada de la Revista impresa