Regularmente los cometas, o papalotes, como los conocemos en Cuba, son juguetes ligeros, para poder remontar el cielo con algo de brisa. Son de esos objetos que entusiasman a todos, haciendo que nadie quede impávido con la experiencia de verlos volar. Una tarde, mientras ayudaba a un estudiante en la transportación de una de sus piezas escultóricas, encontré a Katia M. Uliver preparando un haz de finísimas varas. Hablando sobre lo que ponía tan ensimismada atención, estuve bromeando con ella acerca del presumible uso de las varillas (siempre en la cuerda del juguete aéreo). Pero Katia, con el reticente recelo de todo creador, apenas daba pistas sobre su ejecutoria.
Conocedor de algunos de sus trabajos anteriores, que se apoyaban en soporte audiovisual y fotográfico, sospeché que la muchacha seguiría empleando el mismo lenguaje; y que aquel reguero de madera refinada no era otra cosa que el preludio de algo más enrevesado.
Para alguien que se ocupe de reseñar el quehacer de otros creadores no es delito cometer “espionaje artístico”; por lo que pregunté sin recato a sus más cercanas amigas y amigos sobre lo que fraguaba la estudiante tunera.
Yo mismo pensé que se trataba, con ánimo de demostrar algún apotegma inextricable, de una retícula para soportar cualquier raro mecanismo próximo al Perpetum Movile; o de cierta coordenada tridimensional para “ensartar” un pasaje Metafísico.
Solo un día antes, con una sonrisa exquisitamente dibujada, me invitó a la inauguración de su exposición. Ya antes, por algunos escrutinios que logré arrancarles desapercibidamente a ciertos incautos, sabía que Katia había “tomado” una pequeña cúpula anexa al taller de fundición. Por fin, el viernes 21 de mayo se descorrieron las cortinas del cielo:
Como si se tratara de un Planetario, de un esbozo de la bóveda celeste, decenas de papalotes cubrían, como constelaciones, toda la curvatura interior del espacio circular. Para comprender que semejante espectáculo no nos resulta ajeno de manera alguna, igual cantidad de cordeles anclaban, a modo de puentes umbilicales, cada uno de los artilugios voladores con un punto en tierra. ¿De que otra manera hubiese podido la artista en ciernes concertar una idea de tan aparente simplicidad? ¿De volar arbitrariamente los pequeños ensamblajes de madera y papel, entrecruzando sus cuerdas-destinos en un caótico frenesí meteorológico, habrían expresado lo que Katia quería transmitirnos?
Es probable que cierto carácter taxidérmico, como el de un entomólogo especializado en colectar mariposas, le otorgue al despliegue de estos ligeros divertimentos un carácter estático y predeterminado. Pero esa lectura resultaría ambigua frente a la sugestiva implicación que posee (desde que se tienen noticias, en Oriente u Occidente) la potencialidad de empinar papalotes, o cometas, o como se de en llamar a la sempiterna propensión a elevar, de modo igualmente metafórico, nuestra más legítima espiritualidad.