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Actualizada: 27/04/2010

 

El ojo de la libélula

 

Texto y foto: Amilkar Feria Flores

Al entrar por primera vez en el taller de Roger Toledo, reconocí, a primera vista, la obra de alguien que se desplaza por los disímiles ámbitos del arte óptico, la abstracción, y una búsqueda metódica e insaciable por la autenticidad de la naturaleza cromática.

Desde nuestros primeros encuentros, y con la madurez de quien sabe lo que hace, estuvimos hablando sobre impresionistas, y expresionistas, Piet Mondrian, Víctor Vasarely, y Chuck Close, entre otras presumibles influencias que pudieran advertirse en sus telas. En aquel entonces, finales de dos mil ocho, mi interlocutor hacía un trabajo que, para cualquier profano, u otro artista menos dado a la minuciosidad, me incluyo en cualquiera de los casos, exasperaba por lo elaborado de su propósito.

Bastidores de diferentes formatos, desde veinticinco centímetros, hasta poco menos de un metro, ensamblados con el rigor de un marquista-ebanista, tensaban telas cubiertas con grises y negros, así como otras, las menos, que hacían relucir brillantes colores primarios, recién sacados del tubo. Lo más asombroso del asunto, luego de husmear con insistente curiosidad, fue descubrir que, tras ser conformados separadamente, eran reensamblados como un enorme rompecabezas, donde neutros y primarios se ajustaban a un segundo programa creativo.

Yo nombraría el espacio de trabajo de Roger como un laboratorio de investigaciones ópticas, pero solo en primera instancia. Tras el virtual “juego” de engarces, que parecía entretener superficialmente a su creador, se escondía el riguroso ejercicio de quien, desde su fisiológica capacidad para discernir las diferencias entre los casi imperceptibles matices que emplea, articula una honda percepción de contrastes, perfectamente transferibles a un estado emocional, al crecimiento de un árbol, al estallido de una Supernova, o a la mera pausa que la respiración de un voluntario hace durante pruebas clínicas de Pneumología.

En el joven artista camagüeyano, que ahora cursa el cuarto nivel en la especialidad de Pintura, abundan lógicos referentes algorítmicos, matemáticos, estructurando pensamientos que construyen de mejor manera elementos arquitectónicos, según su propia visión del asunto (obviamente la más genuina).

Para disparar la primera pedrada a un espectador desprevenido, resulta en extremo retadora para los sentidos. Luego del variable desplazamiento de cercanos matices, cada cual se lleva a casa una lectura tan disímil como la que su autor se a propuesto a si mismo, como retórica creadora.

Me es casi imposible pasar de largo su taller, toda vez que acostumbramos a hablar bastante sobre cuanto asunto suspenda en el abovedado techo de su cúpula. Ahora, y desde hace casi un año, las cuadrículas del amigo Roger se resuelven en una misma superficie pictórica, buscando, en la complicidad fronteriza de dos tipos de grises, frío-cálido, la respuesta a una inquietud de naturaleza vertebral y nanométrica; que, perfectamente, pudiera ser la impresión que una libélula tendría de una mañana cualquiera.

 

 
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