José Martí, desde el lente de Fernando Pérez
Por Damepa
Fotos: Internet
Un cuento de amor. Un coro a la vida. Una apología al ser humano. Una clase de Historia. Un himno de identidad…
Cualquiera de las definiciones califica a la obra. Pero resulta más rico que estas coexistan y se complementen en los disímiles significados que genera y generará por buen rato.
¡Otra vez Fernando Pérez se sale con la suya!
El cineasta cubano se las ingenia, en cada ocasión, para zarandear las fibras más delgadas del alma humana, tal cual lo hiciera con Clandestinos, La vida es silbar, Madagascar o Suite Habana.
Su victoria ha sido doble por estos días, tras el estreno del largometraje José Martí: el ojo del canario, cuando los espectadores han salido de las salas satisfechos de goce estético y comunicacional.
¡¿Quién pensó que la primera película sobre el Héroe Nacional de Cuba reflejaría su infancia?!
Quizás muchos; tal vez pocos. Lo cierto es que ha dignificado la memoria de Martí de la manera más oportuna: humanizándolo. Y este rasgo le gana, tanto a la trama como al realizador, un sinfín de virtudes.
Lo primero para resaltar es que por sus diferentes niveles de lectura, y siendo un filme con elementos biográficos, funciona para todas las edades y nacionalidades.
Montones de expectativas acompañan al público hasta la oscuridad del cine, ignorando que será testigo de un recorrido de sentimientos y situaciones comunes, bien alejadas de sitios a donde por costumbre, elevamos a los héroes.
Nos marca la cercanía a un niño (bien podría ser nuestro hijo, hermano, nieto, o nosotros mismos), lleno de temores y fragilidad. Y al verlo maltratado por compañeros, padre, maestro, dan ganas de saltar hasta la pantalla con tal de defenderlo y abrazarlo.
Más tarde, cuando se crece ante la incomprensión, el dolor causado a la madre y la pobreza familiar, entendemos como nunca antes, su dimensión de ser humano.
Si bien en diferentes momentos del guión se apela a textos originales, la naturalidad de su inclusión entre los parlamentos les quita la rimbombancia con la cual los hemos escuchado en diferentes contextos.
Siempre Pepe, Pepito, y casi olvidado el nombre completo o el apellido, es una característica que acentúa la línea coloquial de la narración.
Asimismo, la naturalidad con la cual se asume y refleja el erotismo, la sexualidad, la maduración física y mental, y el contraste entre buenas y malas actitudes de un Don Mariano y una Doña Leonor simples, verdaderos, padres, colocan al auditorio en una postura demasiado inclusiva; como para reír, llorar, aplaudir y no cambiar de tema durante varios días.
Damián Antonio Rodríguez Vidal, Daniel Romero Bildaín, Rolando Brito y Broselianda Hernández dejan con la boca abierta, logrando una actuación digna de premios. En especial Broselianda, quien le imprime una fuerza tierna a su interpretación, tan convincente, que saca lágrimas en más de una escena.
Destacan además Eugenio Torroella Ramos, Francisco López Ruiz, Pedro Orlando Herrera, Héctor David Rosales, Manuel Porto y otros actores y actrices.
Junto a la excelentísima dirección de fotografía de Raúl Pérez Ureta se ubica la música de Edesio Alejandro.
¿Los errores? No me atrevo a buscarlos, dejémosle trabajo a la crítica especializada. Mientras, sigamos de suelo a nube entre los 9 y los 17 años de José Julián Martí Pérez, indagando cómo no se cansó. Cómo no flaqueó cuando la madre le imploró arrepentimiento ante los balaustres de una reja de prisión. Por qué decidió iniciar los sufrimientos al final, con un grillete comiéndole el tobillo.
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