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Actualizada: 22/04/2010

 

Giobedys Ocaña Coello

 

Texto y foto: Amilkar Feria Flores

Escultura de Giobedys Ocaña Coello

Giobedys es de esos pocos románticos que todavía se sienten parte (solo una parte) de la naturaleza, digamos, de modo dramáticamente visceral; ingenuo para otros. De ahí que, subvirtiendo irónicamente una breve sentencia de Nietzsche, agregara algo de su parecer: –Humano, demasiado humano!, dijéronse todos los animales del bosque.–

En el breve lapso de su formación como artista, ha sido esta la preocupación fundamental de su trabajo, de su búsqueda, de sus tropiezos y respuestas que; más allá de cuestionamientos, en el sentido en que lo haría un biólogo, o cualquier científico consagrado a las Ciencias Naturales; se propone manifestar del modo más depurado y cabal, sin didactismos.

Su manifiesto estético no pretende explicar tal o más cual ley o categoría zoológica; simplemente aparecer, como aparecería un ciervo, inofensivo y subrepticio, en el portal de la casa, un día cualquiera, mientras desayunamos. Ese aire de Revelación, de Epifanía, con que suele sorprendernos la naturaleza, aparece aquí, ante los ojos del espectador, releído y cargado de vulnerable alarma: ¡Cuidado, presta atención, no lo dejes pasar, respira hondo!

“No lo dejes pasar”, sin embargo, es el punto en el que Giobedys llama la atención sobre los modos en que nos apropiamos lo natural. No significa que inmovilicemos al animal de un disparo, por puro capricho depredatorio, irracional; sino que lo incorporemos a nuestro acervo espiritual, sin excluir la posibilidad perentoria, casi cristiana, del cuerpo-espíritu, de que en algún momento la cuadrupedia del paisaje forme parte de nuestra dieta cárnica.

Solo así, desde el prisma consciente de la diversidad, del equilibrio indispensable para la sobrevivencia, y permanencia, el artista nos conduce por el frágil sendero que la vida salvaje a significado en el devenir socio-cultural de la humanidad. No en el sentido en que pudiera mostrarlo una Naturaleza Muerta, sino en el de aquel otro que, al decir de Kafka, nos cruza (o debiera) sistemáticamente la existencia: “Leopardos irrumpen en el templo y beben hasta vaciar los cántaros de sacrificio: esto se repite siempre; finalmente, es posible preverlo y se convierte en parte de la ceremonia”

Escultor de formación, no renuncia a otros mecanismos expresivos, apelando a cualquier recurso que lo ponga en circunstancia de discursar de modo más directo y preciso. Aquí, juntando buena parte de su trabajo reciente, propendemos a borrar las diferencias entre la galería de arte y la sala de historia natural: un oso pardo, a escala real, gruñe su tragedia, completamente cubierto de astillas de madera, en sonidos que emite desde su interior (sonidos de hachazos en el bosque). Un perro y un gato, ligeramente exagerados en sus proporciones, se reciprocan lamidos (uno está recubierto de arroz; el otro, de frijoles). Así, con esa sutil magnitud para calibrar la vida, pasada por el enriquecedor prisma del arte, este homo sapiens, nacido en Guantánamo en 1983, que ahora cursa el cuarto año en la especialidad de Escultura, en el ISA, batalla por ubicarse, humildemente, en algún punto evolutivo de la escala natural.

 
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