Los dibujos de Jorge Ochagavia
Por Amilkar Feria Flores
Después de varios meses sin saber de él, y comenzando el tórrido agosto que nos aplasta por estas latitudes, he vuelto a tener noticias de Jorge.
Ahora recuerdo dos buenos sucesos que marcaron el comienzo de este año para la Facultad de Plástica del Instituto Superior de Arte (ISA). Uno fue la exposición que, bajo el título de Proyecto Esporas, se realizó en el Pabellón Cuba de la capital. El otro, con demasiado poco tiempo para desplegar todo el potencial que el evento merecía, un intercambio cultural entre instituciones de educación superior de Cuba, España y México.
Dentro del nutrido programa, que abarcaba a todas las Facultades pertenecientes al ISA, dos de ellos se correspondían con la de Plástica. Uno, El acting en la animación, impartido por Leonardo Pérez, que versaba sobre particulares del proceso de animación y otro, inusual en nuestro medio, Cuadernos de viaje, a cargo del artista ibérico Jorge Ochagavia.
Por razones organizativas, determiné participar en el taller que impartiría Jorge. Su propuesta, ampliamente difundida desde los tiempos modernos en toda Europa, y en todas aquellas naciones industrializadas bajo su influjo, constituyó una rareza entre los estudiantes cubanos. Determinado por el carácter curioso de muchos viajeros del Viejo Mundo, los Cuadernos de Viaje constituían fabulosas bitácoras sobre la que los advenedizos estampaban sus impresiones, gráficas o literarias, para dejar constancia de sus pasadas por tal o más cual latitud del mundo, antes de la aparición y difusión de la fotografía.
Al mostrarnos su cuaderno, así como lujosos exponentes de otros autores, en soporte digital, Jorge evidenciaba el carácter práctico y artístico que tal objeto tenía. En el suyo, bien rápido para el poco tiempo de su estadía, con gráciles trazos, ya aparecían representados espacios del ISA y otros sitios de la ciudad, que habían captado su atención. Al margen de su inquietud estética por los curiosos cuadernos, de los cuales trajo varios en blanco para distribuir entre sus estudiantes, también mostró parte de su obra.
Las intenciones plásticas de este joven artista se mueven más en el terreno de la inteligencia visual, propia de la gráfica y el diseño, así como de sus necesidades descriptivas, que de una motivación conceptual. En sus depurados trazos, sin apremios, ni apuntes literarios, o de títulos, se trasluce un suspicaz modo para expresar sus ideas a partir de códigos inequívocamente visuales.
Existe, sin embargo, una propensión a representar volúmenes, con el mismo rigor que lo haría un dibujante mecánico. Un rato después, luego de otras imágenes, la explicación apareció por si sola en formas de figuras tridimensionales, igualmente rectangulares, de perros, cerdos, y otras criaturas que ya había visto reflejadas en sus tintas y acuarelas.
Ya Jorge regresó a su distante península, con su cuaderno cargado de dibujos, y personajes que emiten globos con textos que recogen la curiosidad idiomática de esta isla: Que volá, azere (literalmente), escribió en una de sus páginas. Esperemos que nos veamos las caras otra vez, porque a nosotros, en lo particular, luego de un fructífero intercambio, los Cuadernos de Viaje nos molan.
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