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Actualizada: 2/07/2010

 

El Homo Sapiens es un animal muy peligroso

 

Por Alejandro Ranero Tamayo
Foto: José E. Yaque Llorente

Amilkar Feria Flores.

Celebrándose el Año Internacional de la Biodiversidad, a pocos días de finalizada la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra, celebrada en Cochabamba, Bolivia, y dejado atrás el descalabro de Copenhague, un testimonio literario se suma a favor de la preservación de la vida en el planeta.
 
Cuando decidimos encontrarnos para hablar de “Algunas animalezas y otras bestialidades”, el libro más reciente de Amilkar Feria, publicado por ediciones Extramuros, no nos pusimos de acuerdo sobre como presentar a su autor: si como un escritor, o como un artista de la plástica. Pensándolo bien, justo antes de enviar esta entrevista, no vi obstáculo para que fuera ambas en una misma persona.

-Vamos a empezar por el libro en cuestión. ¿Cómo lo concebiste?

Fue un poco largo e impreciso, tan azaroso como la evolución de las especies, pero surgió de entre otros textos, incluso poéticos. Al ver que comenzó a existir cierto perfil ecológico, casi por selección natural, me percaté de que el embrión terminaría en bestiario; no exento de aristas socioculturales, históricas, y filosóficas.

El libro es un pequeño volumen de narrativa breve, brevísima, terminado incluso antes de que mi primer título fuera publicado en el 2007. No es un texto de fábulas y moralejas al estilo de Esopo, La Fontaine, o Leibniz; aunque no renuncia a cierto aire de dicha tradición, así como tampoco al lacerante influjo de Kafka, Juan José Arreola, o Augusto Monterroso; todos ellos soberanos “salvajes”, a quienes hago manifiesto homenaje.

-¿Alguna diferencia con Crónicas diluvianas?

Diría que ambos son subespecies, uno en relación al otro. “Animalezas” es más extenso, con poco más de setenta viñetas narrativas; en tanto “Crónicas” apenas llega a treinta y cinco. Cada uno está sopesado desde una perspectiva sensorial, más que racional, muy específica. Me costó un poco deslindarlos, porque en principio se iba a tratar de un solo volumen. Un libro de estas características, que rebasara los setenta textos, no me resultaba cómodo, ni prudente. Tampoco quería hacer dos libros con un número aproximadamente exacto de cuentos. Creo que se reciprocan bastante, a pesar de las diferencias en extensión.

“Crónicas diluvianas” me acaba de caer en las manos, apenas unos días después del que concibió Extramuros. Hasta en ese sentido es un suceso simultáneo. Fue publicado por la editorial venezolana La casa tomada, a cargo del amigo Cesar Uzcátegui, poeta, antropólogo y editor, como gesto desinteresado y fraternal entre los intelectuales de nuestros países y no tendrá carácter comercial, solo promocional.

-¿Por qué los animales?

Hay una imagen de la que me cuesta desprenderme, y es la que vi una vez en un documental que trataba sobre la vida salvaje en zonas de conflictos bélicos: durante la filmación de un combate, un león, un macho adulto, corría como un gatico doméstico en medio del fuego cruzado de dos facciones en pugna. No sabía donde meterse, despavorido, en tierra de nadie, asustado por la ensordecedora descarga de artillería pesada. A esa hora yo no sabía que pensar, ni quién era más salvaje, ni si era un combate o una cacería (por supuesto que eran las dos cosas), ni si alguien terminaría con vida. Los humanos tenemos razones de sobra para defender principios inviolables a nuestra condición, pero casi siempre pasamos por alto el pedestal que nos sustenta. Es una realidad nada tendenciosa, una guerra dentro de otra. Todo lo que podemos hacer está siempre a la mano; desde cerrar el grifo del agua; hasta evitar la confrontación armada, cada vez que sea posible, sin renunciar a nada; pasando por evitar la tala indiscriminada, y otras “sutilezas” que violamos sistemáticamente.

El Homo sapiens es un animal muy peligroso, llegando a resultar letal. El nivel de conocimiento intelectual, alcanzado a lo largo de los tiempos modernos, hasta la contemporaneidad, ha validado, al menos en teoría, una conciencia tan antigua como la que esgrimen las culturas indígenas que aun subsisten en franca comunión con la naturaleza. Un poco más atrás, con igual complejo de culpabilidad, esas mismas comunidades autóctonas consideran que han perdido mucho de la inteligencia consustancial a La Tierra, así como los nexos con sus pobladores más antiguos, con los ciclos y fenómenos naturales, astronómicos, cósmicos.

En esta larga cadena de pérdida de valores naturales, nos encontramos en el mismo vértice; parados en el borde de la navaja, en un equilibrio tan frágil entre la vida y la extinción, como nunca antes en la historia geobiológica de esta joya, del oasis vital que es este planeta.

El cuaderno no solo trata de animales con pelos, sino de nosotros, que somos animales con ropa, miembros de una especie que, pudiendo convertirse en la principal salvaguarda de la conciencia y diversidad ancestral, se está auto exterminando, y con ella todo vestigio de vida. Nuestra torpeza es muy evidente, pienso que somos la criatura mejor dotada para conferir muerte y devastación, pero en esa misma criatura también se vislumbra un destello de esperanza. Aunque es absolutamente imposible desentendernos del prisma antropológico, los del libro son textos que pretenden pasar por alto nuestra visión hegemónica; más bien se esfuerzan por medirnos con el mismo rasero conque escudriñamos a un rinoceronte.

-Estuvimos bromeando sobre un libro fuera de serie. ¿Repercute favorable, o negativamente, su aparición al margen de la Feria del Libro; o al hecho de que no haya llegado a la editorial por la vía de la premiación en algún certamen?

Antes de que hubiese Ferias de Libros, estos salían cuando estuviesen listos para ver la luz y este parece que sigue la tradición iniciada por Gutenberg. Te  explico, que lo considero un libro fuera de serie y me complace sobremanera que lo sea. Suficiente gente buena lo ha tratado con mucho afecto por allá, por Extramuros.

Recuerdo cuando Dulce María Sotolongo lo receptó, hace cinco años; o las veces en que ese maestro del diseño editorial, Roberto Casanueva, me recomendó emplear tal o más cual ilustración. Luego, próximo a su aparición, Arnaldo Viquillón, el Director Editorial que empujó definitivamente el proyecto, me sugirió que quien mejor podía editar este libro era Michel Encinosa, quien también se ocupó de otras cuestiones concernientes a su terminación. Y así, a lo largo de un lustro, el bestiario fue ocupando posiciones hasta ser publicado. Creo que este dilatado tiempo también lo convierte en un “libro fuera de serie”, de los que no escasean en el sistema editorial cubano.

Si llega a gozar de aceptación, o no, pienso que no es imputable al fenómeno de la Feria. Ya caminará, si es que logra seducir a los lectores. De cualquier modo aquí nadie escapa a la Feria por lo que se presentará ante el gran público, como un nuevo espécimen bioliterario, durante la venidera fiesta del libro, en el 2011.
Aunque un premio pudiera legitimar la calidad de un libro, existe la secular tradición, casi un reto, de que sea el tiempo y los lectores quienes confieran o no autenticidad a un texto.
Históricamente ha sido así. En nuestro medio, cuando se da prioridad editorial a un libro premiado, como sucedió con mi anterior cuaderno, es, en buena medida, para garantizar y estimular la creación de obras que acumulen determinados valores, bien sean estéticos, conceptuales, o de cualquier otro calibre, amén de acelerar el proceso de publicación.  

-¿Qué opinión te merecen las Editoriales Territoriales?

Son una bendición. Me parecen una auténtica revolución en el panorama cultural del país, democratizando el fenómeno hasta niveles de base, dándole oportunidad a intelectuales poco conocidos, o residentes en apartadas regiones de la Isla. También puede ser peligroso, porque si no existe suficiente rigor en la calidad y selección de las obras a publicar, podrían caer en lo banal y promocionar una literatura carente de elementales requisitos para ser difundida. Pienso que la existencia de este fenómeno cultural es un privilegio inmenso, por lo que se debe ser celoso al respecto.

-También fuiste tu propio ilustrador. ¿Cómo asumes esa dualidad creadora?

Es curioso; hace un rato, cuando me preguntaste por los orígenes del libro, olvidé comentarte que muchos de mis dibujos, realizados con absoluta autonomía, detonaron muchas ideas textuales. Ahora recuerdo, de entre otros, por ejemplo, el caso de “Deseos-luces”, uno de los relatos en el que se operó el mecanismo que te digo. En otros resultó de manera contraria, de modo que la reversibilidad de la ilustración fue arbitraria.

Desde muy temprano en mi formación intelectual, el libro, como soporte de conocimiento, acaparó poderosamente mi atención. Pienso que es el más primario, básico, e insustituible medio para transferir ideas, para comunicar. Con el paso del tiempo aprendí a aquilatarlo como el objeto cultural y artístico más importante de la historia humana. Transfiere códigos, tanto visuales como sígnicos. Muchas veces, hojeando libros impresos en otros idiomas, son las ilustraciones quienes nos remiten a la comprensión de lo que trata. Son códigos complementarios, las dos riberas de un mismo río.

-¿Alguna dificultad para asumir la narrativa y la poesía en tu yo literario?

A veces me cuesta deslindar cosas que nunca debieron estar separadas. La poesía es una condición indispensable de muchísimos fenómenos de la conciencia social. Hay poesía en la ciencia, la religión, la filosofía; tanto como en todas las manifestaciones artísticas. El hecho de que exista poesía como género independiente, es porque se contempla y respeta desde una perspectiva histórico-literaria específica, construida y enriquecida como estructura creativa a lo largo del tiempo, con carácter patrimonial, cargado de normas y pautas específicas que no se deben desconocer, aunque solo sea para reconcebirlas.

En mi poemario, Las dulces horas, algunos han puesto en tela de juicio que se trate de poesía o lo consideran como un poemario muy raro. Es lógico que yo no sea muy ortodoxo al respecto. De modo que, en su génesis, una idea, como ejercicio de imaginación, puede acabar en una instalación plástica, un dibujo, cuento, poema, o video creación, según la variabilidad de determinados factores coyunturales. Lo que si contemplo como indispensable, tal vez por una compulsión y ritmo interior, es que la obra en cuestión sea breve, concisa, que no se enrede con atributos superfluos.

-¿A que te dedicas en estos momentos? ¿Planes?

Voy a confesarte algo, que quisiera no difundas mucho, no sea que la humanidad entre demasiado pronto en la “era del entendimiento y la equidad”: he aprendido más enseñando, que pretendiendo aprender. Estoy haciendo algo a lo que he rehuido durante mucho tiempo. De la misma manera que un día leí hasta la saciedad, terminando por escribir, ahora me corresponde enseñar un poco de lo que he aprendido en estos años. Me parece un acto de elemental justicia con las generaciones que nos vienen pisando los talones.

Aunque soy egresado del Instituto Superior Pedagógico, solo impartí clases, a regañadientes, durante el Servicio Social, hace muchos años. Ahora lo hago con tremendísimo gusto en San Alejandro, donde imparto la asignatura de Dibujo a estudiantes del primer nivel. También atiendo el Departamento de Extensión Universitaria de la Facultad de Artes Plástica, en el Instituto Superior de Arte. En ambos casos trato de asumir el empeño con el mismo grado de confianza que me han dispensado.

Por supuesto que no dejo de escribir, ni dibujar, ni nada que me pueda dejar de confortar, en tanto necesidad espiritual. Creo que el mejor plan es no dejar de hacer algo todos los días, como un hábito saludable.

Llegado el momento, rumiando uno sus asuntos, descubre que tiene algún pequeño proyecto entre manos, como mismo se armó el librito que ha dado pie a esta cháchara.

 
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