Carta a Fernando Pérez motivada por el estreno de José Martí: el ojo del canario
Estimado Fernando:
Hace apenas unas horas que salí del cine admirado y seducido una vez más por el ideario martiano. Al entrar tenía mis sospechas, pues no creía poder identificarme con un Martí diseñado para el celuloide. Sin embargo, la película superó mis expectativas.
Disfruté mucho la relación de Martí con sus hermanas, sufrí con él los atropellos en la escuela y la muerte de la pequeña María del Pilar. También lo vi cabalgar guiado por el negro Tomás y me pareció observarlo cuando escribía: «ahora lo estoy enseñando a caminar bonito, todas las tardes lo monto y paseo en él, cada día cría más bríos». Sin dudas, las escenas en Hanábana fueron para mí de las más especiales. Detrás de cada plano se observaba la fotografía de Ureta y en momentos climáticos descubrí junto a aquel niño, entre los almácigos copudos,
la hilera «de los esclavos desnudos». También identifiqué la ceiba y me quedé esperando el plano del esclavo muerto colgado en el monte. Pero después te comprendí, escogiste no ser tan literal y el resultado fue exquisito.
El Martí joven tenía entonces el reto de superar al niño y así lo hizo. La forma en que enfrentó a su padre, la dulzura con que comprendió a su hermana, el ímpetu con el que imprimió su periódico la misma noche de los sucesos del Villanueva. Por cierto, qué mejor momento que este para hablar de Doña Leonor. Broselianda fue capaz de interpretar a esa mujer que antes de ser esposa, patriota o canaria era una madre valiente y cariñosa, que no dudó en salir a buscar a su hijo aquella terrible noche:
“Y después que nos besamos /
como dos locos, me dijo: /
Vamos pronto, vamos, hijo, /
la niña está sola, vamos”.
Y qué decir de la mirada de Martí: cuando la madre lo visita días antes del juicio («mírame madre y por tu amor no llores, si esclavo de mi edad y mis doctrinas tu mártir corazón llené de espinas, piensa que nacen entre espinas flores»), o el plano detalle de sus ojos, minutos antes de llevar el grillete… y la última secuencia donde la cámara no abandona a un Martí pensativo y sufrido, un Martí que alcanzaba la mayoría de edad en las Canteras de San Lázaro, y que cuando empiezan los créditos piensa en una guerra necesaria y sueña con una República con todos y para el bien de todos.
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Gracias Fernando por esta formidable entrega. Ahora me siento a esperar. Imagino una segunda parte con un Martí romántico en Guatemala, sufrido desde el exilio y padre amante de un Ismaelillo ausente. Incluso hasta pienso en la tercera y final película (quizás interpretada por el propio Rolando Brito en un personaje menos enérgico y más profundo) que abarque todos los preparativos de la guerra, su relación con los otros líderes y el porqué de aquel 19 en Dos Ríos.
En el cine yo recordé los versos sencillos y las líneas martianas, a mi lado una señora se estremeció con las heridas del grillete, unas adolescentes descubrieron por primera vez a un Martí más allá de la Edad de Oro, otra muchacha soñó ser la novia de aquel joven de mirada penetrante… eso sí, todos, sin excepción, al final te premiamos con un fuerte aplauso y nos fuimos a casa pensando en la singular adolescencia de aquel escolar sencillo.
Atentamente, Rodolfo Romero Reyes
Un estudiante de Periodismo
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