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Actualizada: 18/06/2010

 

Perturbación

 

Por Amilkar Feria Flores
Foto: Cortesía del autor

El artista junto al entrevistador.

Aquí si valdría sentenciar el aforismo “No van lejos los de alante, si los de atrás corren (obturan) bien”. Y no es que Andrei estuviese literalmente atrás de nada, ni de nadie, más que del desconocimiento que tenía de sus aptitudes para la fotografía.

Hace cuatro o cinco años, cuando el artista no aún sabía que lo era, sus aficiones buscaban con insistente ansiedad en cualquier ángulo de la realidad. Mediando una cámara fotográfica más sofisticada (porque sus ansiedades también se sofisticaron), sin embargo, se produjo el milagro de la “reflexión” (óptica y psicológica), descubriendo esa contraparte, que es la realidad interior; permitiéndole develar la externa con mejor acierto.  

Como suele suceder, sin demasiados esquemas mentales prefigurados, todo el que se asoma al poso insondable del arte, de la conciencia, del mecanismo para la digestión de sus percepciones, acaba por sucumbir, secreta, misteriosamente, a las infinitas modalidades que tenemos para escrutar el mundo.

Algún lastre queda por el camino, cuando no un rosario de ellos, despejando las extremidades mentales que, aferradas a cualquier vicio impuesto por la sociedad y la cultura, conducen a otros muchos “asideros”. Es en ese preciso momento que pudiera dilatarse, o dispararse en un segundo, cuando el arte y el artista incursionan en el dramático trance de la Perturbación.

Metafóricamente, todo este proceso es algo así como lanzarse al espacio sideral en un cohete que va desprendiéndose de las etapas que lo propulsan, para, una vez en la ingravidez, tener que vérselas con el asunto referencial del arriba y abajo. Aquí si estás, literalmente, en un tremendo aprieto. Es entonces que el ingenio de quien se atreve a las alturas se las tiene que arreglar con sus propios esquemas de autorreferencialidad; consciente de que semejantes referentes son meros andamiajes, que pueden ser articulados a su antojo.

Andrei ha comenzado su construcción por un punto indispensable para que toda esta arquitectura se erija desde cimientos relativamente sólidos: el cuerpo, su cuerpo en primera instancia. A partir de aquí, de la nausea que la falta de pesantez provoca en el astronauta, del torrente sanguíneo-ideológico acumulado en su cabeza, las perturbaciones no serán otra cosa que su virtualmente disparatada realidad de todos los días.

Desnudos, sinceramente maltratados por la existencia, parcialmente envejecidos en la elección de los modelos, y de tratamientos digitales, recorren las diversas aristas del blanco y negro que ha escogido para expresarse. Son obvios, y el artista no lo desconoce, los reflejos de otros creadores foráneos y del patio, de ahora y de antes, que se han valido de algún que otro recurso, inevitables, por él empleado. Ojala que las perturbaciones no dejen de aquejar a este excelente amigo, ahora para bien, fotógrafo; que exhibe su trabajo en la galería Servando Cabrera Moreno, del municipio de Playa.

 
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