22 de enero del 2010
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Christine Hatzky y la verdad desnuda |
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Por Gleyvis Coro Montanet |
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Los eventos de la biografía de Mella son tan apabullantes, tan míticos, que aún en vida era imposible sustraerlo de las principales circunstancias: Ser el nieto de uno de los padres de la independencia dominicana, tener de maestro a Salvador Díaz Mirón, infiltrarse en los murales de Diego Rivera o en la fotos de Tina Modotti, ser objeto de la admiración expresa de Sindo Garay, Enrique José Varona, Fernando Ortiz y Eduardo Chibás, ser el protagonista de un anecdotario increíble, de una muerte de película, de una hoja política legendaria. Y es que Mella era, sencillamente, un aleph, un hombre-aleph. De ahí que, después de su asesinato, transitara inmediatamente a símbolo, a foto imprescindible en las asambleas del Partido, a conductor apolíneo del mitin de Lezama Lima en Paradiso, a protagonista de Alejo Carpentier y de Pineda Barnet, a las biografías de Erasmo Dumpierre, Adys Cupull, Froilán González, a la Tinísima de la Poniatowska. Hasta llegar al pico editorial/argumental/testimonial que es, sin dudas, el libro de Christine Haztky. «Las lectoras y los lectores cubanos tal vez se pregunten por qué precisamente una alemana se dedicó a escribir una biografía acerca de Julio Antonio Mella».
Así comienza este maravilloso e histórico libro. Maravilloso por la manera exquisita en que llena los vacíos de varios tipos. E histórico por lo mismo. Pues es eso, precisamente, lo que hace la alemana, poner sobre el tapete la naturaleza múltiple de las cosas. Hatzky nos habla de un Mella que no deja de ser el expulsado del partido, ni el interrogado por su otro Mella crítico cuando escribe artículos condescendientes sobre la Unión Soviética, que no deja de ser el desestabilizador de las estructuras herrumbrosas de los partidos comunistas de todo el mundo, el dolor de cabeza de los cuadrados militantes, el que estará más cerca de Trotsky que de Stalin y que, aún afiliado a un único partido, será siempre el mismo soldado independiente. Estamos en presencia de un libro que abunda y sobreabunda en el contexto socio-político de la época, con pruebas testimoniales exquisitas y con un héroe de carne y hueso, acaso el primer Mella de carne y hueso que hayamos tenido en mucho tiempo. Un libro que no culmina, porque produce efervescencia en el lector y estimula su curiosidad. Hace apenas unos años atrás, estas cosas —al extremo manipuladas y rabiosas— solo podían leerse poco y mal, por medio de fotocopias y demás engendros. Agradezcámosles a Christine Haztky y a la Editorial Oriente que al fin las podamos leer en un apacible libro cubano.
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