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Del 16 al 22 de enero/2012
 

 

CHARLES CHAPLIN
CRUELDAD ¿INTOLERABLE?

 

Por Pavel López Guerra
Fotos. Archivo

Al actor y director Charles Chaplin pocos lo diferenciarían del entrañable Charlot

Reza una añeja máxima «nada nuevo hay bajo el sol», a la cual tendríamos que injertarle, «tampoco, perfecto». Lo cierto es que cuando enfocamos la naturaleza humana, los instintos convidan a apartar las manos del fuego, precaución de la que no nos desvía ni la estatura del genio ubicado bajo la microscópica lente.

Sombrero de hongo, zapatos y pantalones de talla desproporcionada, bigote pequeño y bastón en mano, devienen hoy señas inconfundibles de «talento cinematográfico».

Al actor y director Charles Chaplin pocos lo diferenciarían del entrañable Charlot, estandarte de humanismo «en estado puro» irradiado desde el centro de una sociedad en descomposición. La figura que rescata del abandono, la miseria o la pobreza a cuanto outcastse tropezara en el camino, fuera un diminuto y carismático infante (El chicuelo), una manada de huérfanos en perenne hambruna (Tiempos modernos) o una damisela cuya venta de violetas no alcanza para costear la operación que podría devolverle la vista (Luces en la ciudad).Tras la altruista jornada retornaba el héroe a pernoctar junto a una estatua, robar el pan de una vidriera, a resignarse a su lastimera soledad.

Pero también tras la orden de «corten» regresaba el histrón a una vida no exenta de humanas contradicciones. Esas que le hicieron protagonizar en el otoño de 1924, cuando contaba solo 37 años, uno de los escándalos más sonados de Hollywood, al dejar embarazada a Lita Grey, de 16 años,. Tres años y dos hijos después la «huerfanita» solicitaba el divorcio alegando  «CRUELDAD sexual», como parte de un proceso que costó a nuestra figura 628 mil dólares y el rechazo unánime de una sociedad ultra conservadora.

Tras el paso del tiempo la corrosión persigue con empecinamiento hasta al metal más refulgente. Y ni siquiera Charlot escapa al acecho. En su libro El proceso creador de un filme, el norteamericano John Howard Lawson establece una lectura «política» del personaje, de cualquier forma, reveladora: «Un payaso vagabundo que aspiraba siempre a ser un miembro de la nobleza y nunca lo conseguía». Descripción «matizada» por Lawson al señalar que el carácter benigno del hombrecillo solo pudo concretarse hacia el final de la carrera de Chaplin, pues en los inicios no pasaba de «(…) un fullero, brutal cuando era necesario (…)», estampa cómica «(…) reflejo de un mundo en el que la trapacería y la CRUELDAD eran frecuentes».

Charles Chaplin

Para llenar la copa, Marlon Brando en su postrera autobiografía, Las canciones que mi madre me enseñó, describe su tensa relación profesional con el director durante la filmación de Una condesa en Hong Kong:
«Mientras trabajábamos en el rodaje descubrí que Chaplin era el hombre más sádico que había conocido. Un tirano egoísta y tacaño que jamás quería gastar un centavo, que acosaba a la gente, llegaba tarde y los regañaba de forma despiadada para que trabajaran de prisa. Pero lo peor es que trataba con inusitada CRUELDAD todo el tiempo a su hijo Sydney».

Por suerte el Padrino de Coppola sopla un poco la yaga al afirmar: «(…) no era malo por naturaleza. Todos estamos moldeados por nuestras miserias y desdichas (…) creo que nadie ha tenido el talento que él demostró (…) pero como ser humano era un amasijo de imperfecciones, igual que todos».

¿Intransigencia de la ligas puritanas de la época, celo profesional o, apenas, resistencia para convertir en mito a cualquier ser terreno?

Decía Tagore que, instintivamente: «¡Nadie da gracias al cauce seco del río por su pasado!». Pero además, sentenció: «La sombra va despacito detrás de la luz, echando velo, en secreta humildad, con callado andar de amor».
      
 

 

 

 
     
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