| 11 de julio del 2008 | |||
De la mano con la trova y el naïf |
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Por Ivet González Lemes |
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William Vivanco representa esa mezcla de razas de Cuba y su música vibra con la fuerza mestiza del Caribe. Los motivos de sus creaciones son muchos: la isla, su gente, la realidad del país, el amor, las raíces culturales...
Este joven cantautor combina su trabajo en solitario con el proyecto de músicos cubanos, Interactivo. En él se reúnen talentos nacionales como Robertico Carcasés, su director; el trompetista Julito Padrón; la bajista, compositora y cantante, Yusa, y Telmaris, cantante de hip hop.
Vivanco nació en Santiago de Cuba, una ciudad que según él «es muy prolífica musicalmente. La creación es más mestiza, está el ritmo y la costumbre de los trovadores con las guitarras por la calle. Ahí están las raíces de la música tradicional cubana, de la música africana». Por otra parte, La Habana le parece «más melancólica, diferente, clásica, más gótica e imaginativa». La insularidad, como espacio geográfico y concepto, rico en naturaleza, color y sincretismo, es el tema de su segundo disco. Su álbum, La isla milagrosa, trata, nos dice, «sobre una isla que yo me imagino en mi cabeza y quiero compartir con la gente, para disfrutarla. Todo en el disco es algo real maravilloso». Desde su primer sencillo, Lo tengo to´ensao, Vivanco incorpora en sus temas sonidos guturales, que ya son parte de su sello. Esa característica tan peculiar la heredó de su formación coral; y, especifica, «de mi inquietud por la percusión. Hasta ahora mis cuerdas vocales me ayudan y puedo hacer eso. En el coro aprendí a hacer lo que quiera con la voz». «Yo concibo la canción a partir de la guitarra, de la melodía y la percusión, casi nunca me encuentro pensando en un arreglo de cuerdas, o de viento. Es lo que tengo en la sangre, de mis raíces, y la puedo tocar bien. Todo eso es percusión que hay dentro de mí», asegura el trovador novel, aunque pocas veces toca el cajón o la tumbadora, en sus presentaciones. Sobre la relación entre censura, autocensura y creación artística, nos dice: «Eso siempre es un tema enrevesado. Lo mejor que puede hacer un cantautor es escribir lo que siente y como lo siente. Uno siempre se hace preguntas y se responde cosas a la hora de hacer una canción. Yo digo cosas fuertes y han pasado por la radio. Yo intento escribir en un punto medio que no sea mediocre, sino artístico, natural.
Vivanco es un admirador de músicas fundacionales, como la africana y la hindú. «Hay que escuchar la música más antigua de cada país. Si vas a la de América Latina, tienes que escuchar joropo, Huapango, perico ripiao, para nutrirse. Ahora me regalaron unos discos con canciones que cantan los campesinos de Taiwán, cuando siembran arroz. Eso se oye y, de momento sale una canción». Algunos de los elementos más novedosos de sus canciones surgieron de ese contacto con las tradiciones musicales de diferentes países. «Por ejemplo, el canto tirolés que uso en Negra Sálvame salió casualmente. Lo escuché en Suiza, la primera vez que salí de Cuba. Fui a Basilea, y estuve en una fiesta tradicional del campesino suizo, donde lo escuché». Desde el 2003 Vivanco realiza presentaciones constantes en Francia, específicamente, en ciudades como París, Nizza, Renne, Lyon y Vince. Ha compartido escenario con el pianista cubano Bebo Valdés, el cantautor español Diego El Cigala, y Ben Harp, entre otros. William recuerda el candor con que realizó algunos de los detalles de sus creaciones, que lo llevaron al éxito: «con mucha naturalidad me imaginé como podría cantar un pelícano, y lo usé en una canción. Lo tomé como una gracia y mira lo serio que se puso». |
