15 de enero del 2009 |
||
Un tablero inacabable |
||
Por Miguel Ernesto Gómez Masjuán |
||
«El ajedrez es algo más que un simple juego, es una diversión intelectual que tiene algo de arte y mucho de ciencia, es además, un medio de acercamiento social e intelectual»
José Raúl Capablanca.
Después de escalar el Pico Turquino la persona termina extenuada. Duelen los pies, la cabeza y quizás en ese momento uno solo tiene deseos de continuar sobre la cama, al menos por unas horas más. Pero era necesario partir hacia allí. Lentamente, la enorme fila de los que en aquel «lejano» 2003 cursábamos el 3er año de Periodismo en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, nos desplazamos por la serpenteante carretera que nos condujo hasta aquella escuela primaria, enclavada entre dos enormes lomas de la Sierra Maestra. La alegría mostrada en el encuentro por los niños, sus cariñosas palabras de bienvenida y la hora que compartimos juntos, quedaron como uno de los recuerdos más memorables de ese viaje. Mientras varios de mis compañeros pintaban o cantaban con ellos, encontré en el fondo de la pequeña escuela un tablero de ajedrez, con todas las piezas colocadas en su posición original. Recuerdo que pregunté quién sabía jugar y varios fueron los que levantaron la mano. Jugué una sola partida frente al mismo niño que nos había recibido con unas sentidas palabras, lejos de cualquier discurso preparado para una ocasión similar. ¿Cómo aprendiste? Le pregunté. Un profesor viene una vez a la semana y nos enseña, me dijo, y como despedida nos dimos la mano. Todavía guardo una foto de ese encuentro. Cuentan que fue en la Villa de San Salvador de Bayamo, en 1518, donde se practicó el ajedrez por primera vez en Cuba. Durante mucho tiempo en nuestro país el llamado juego ciencia fue asociado únicamente con una persona: el genial José Raúl Capablanca, quien desde muy joven maravilló a todos y su figura es reconocida como una de las más sobresalientes de la historia. La situación del deporte cubano cambió completamente a partir de 1959 y los cambios se vivieron en el ajedrez desde muy temprano. La figura del Che Guevara es imprescindible para comprender los avances que hoy puede mostrar el juego ciencia en Cuba. A pesar de sus diversas y complejas responsabilidades, el Che encontró siempre un tiempo para alentar la práctica del ajedrez. Su apoyo fue fundamental en la creación, en 1962, del torneo internacional Memorial Capablanca, un evento que ya sobrepasa las cuarenta ediciones. El Che confió plenamente en la capacidad de alterar el panorama del ajedrez nacional y en una frase suya muy citada, expresó que en un futuro, no lejano, Cuba contaría con varios Grandes Maestros y eso sería obra de la Revolución. En 1975 Silvino García se convirtió en el primer cubano en recibir la condición de Gran Maestro. Casi medio siglo después de pronunciada la profética frase del Che, la historia le ha dado la razón: Cuba cuenta con 23 Grandes Maestros residentes en el país, de ellos cinco son mujeres. Con esas cifras encabeza ampliamente Latinoamérica. Por primera vez después de Capablanca, ahora podemos enorgullecernos de tener a un jugador entre los mejores del mundo. A sus 25 años, Leinier Domínguez se ha ganado el respeto de la amplia comunidad ajedrecística y la lista de sus triunfos es cada vez más extensa.
Más allá de los excelentes resultados obtenidos por una generación de jóvenes ajedrecistas como Leinier, Lázaro Bruzón, Yuniesky Quesada, Holden Hernández, Fidel Corrales, por solo citar a algunos por debajo de los 30 años —aunque sería injusto no recordar a otros que en su juventud también brillaron como el desaparecido Guillermo García o Jesús Nogueiras y Walter Arencibia— el ajedrez en Cuba ha llegado hasta los más recónditos lugares y hoy puede considerarse como uno de los deportes de mayor masividad en el país. Desde 1989 existe el programa de Ajedrez en las escuelas y los diversos cursos impartidos en Universidad para Todos han permitido que las personas se aproximen más al tablero de las 64 casillas. Las dos gigantescas simultáneas desarrolladas en 2002 y 2004, en la Plaza de la Revolución y la Plaza Che Guevara, en Santa Clara, concentraron a decenas de miles de practicantes del juego ciencia. Mientras Leinier Domínguez y otros tantos jóvenes continúan ocupando espacios prominentes dentro del competitivo universo ajedrecístico, el tablero de la escuela en la montaña sigue allí y también diseminado por miles de centros docentes en cualquier punto de la geografía cubana. Si lleváramos ese tablero a una dimensión simbólica, diríamos entonces que sobrepasa ya el medio siglo de existencia. Cada minuto empleado en descifrar las combinaciones a seguir para no perder el rumbo, la fría inteligencia para no dejarse provocar por el rival y prever los próximos movimientos, lo han fortalecido y aunque la lucha por esos escaques parece no tener fin, aumenta la confianza en que pueda ganar, definitivamente, la partida.
|

