Algo más que un juego de “batos”
Por Nemo
Fotos: Elio Mirand
Subo a una guagua para llegar a la Facultad. Casi al final del pasillo, a un metro de la puerta de salida, me encuentro con Ángel David. Del rubio de pelo largo, ahora solo queda un flaco casi rapado y de piel tostada por el sol.
¿Qué es de tu vida? No te veo desde la graduación ¿Dónde te ubicaron?
Atropello mis preguntas y entre el abrazo del reencuentro escucho: Guantánamo. Mi rostro no oculta su asombro, después él me explica. Ingresó en el Instituto Superior de Relaciones Internacionales al terminar los cinco años en la facultad de Derecho y ahora está allá, pasando un año en la Brigada de la Frontera.
¿Estás de pase? Pregunto porque, mirándolo bien, él no montaría en un P-2 en short y camiseta. Sí, estoy de pase y la facha… es que voy para la Ciudad Deportiva, a las competencias de polo acuático porque ya estamos en semifinales.
Sonrío entonces con tremenda satisfacción. Ese es el espíritu que nos caracteriza a aquellos que llevamos la FEU por dentro. Salir de pase después de dos meses y dedicar tus días libres a competir por la que fue -y sigue siendo- tu facultad, es sin dudas tener espíritu universitario. Muchos no lo entienden, pero aún cuando terminas la carrera, ese sigue siendo tu espacio y como dijo mi amigo, también ese es tu equipo de polo.
Recuerdo entonces cuando el año pasado nos gastamos el dinero de tres estipendios, tomando cervezas junto al jefe de deportes de mi facultad, cuando por primera vez logramos colocarnos entre los tres primeros lugares de los Juegos Caribe. Estos recuerdos y el encuentro con David me motivan a salirme de la rutina laboral de recién graduado y darme una escapadita a ver algunas de las competencias.
La lucha, el judo y el karate, siguen haciendo de las suyas. Lo mismo ves sobre el tatami a expertos con cintas de diversos colores colgadas a la cintura, que al dirigente estudiantil que nunca en su vida “tiró un piñazo” y que ahora va a recibir golpes para dar uno o dos puntos más para su facultad.
El atletismo es mucho menos arriesgado y por eso todo el mundo se apunta para correr. Los que fuman, dejan su vicio por esos quince días; otros ejercitan horas antes en el estadio y hay quien va corriendo hasta su casa a modo de calentamiento.
La novia le pide al novio que la enseñe a jugar ajedrez. Durante el fútbol y el voleibol las mayores disputas tienen lugar en las gradas; y en la pelota… para que contar.
El agua es una trampa para los que se arriesgan y por eso está prohibido tirarse a una piscina sin saber nadar. Entonces todas las que saben nadar se lanzan al agua y aguantan por espacio de diez minutos sin moverse del lugar; claro, ellas no saben que en el polo acuático hay que anotar goles, por eso esperan a que pase el tiempo y como casi no hay equipos femeninos de polo, acumulan algunos puntos más.
Entonces, el penúltimo día, cuando el medallero está a punto de cerrar, solo queda sumar los puntos que se acumulan en el maratón. Allí si no hay lío, dice uno, lo que importa es la cantidad. Y entonces los dirigentes de la FEU hacen la gigantesca convocatoria y todos asisten: unos caminando, otros corriendo, cada uno que llegue a la meta acumula puntos; y bajo esa consigna hay quien vio, trotando a su lado, al Decano de no sé qué facultad.
Es cierto que no todo es tan lindo como se pinta en estas líneas. Los organizadores no tienen vida, los jefes de deportes se quedan sin voz y sin alma, los deportistas terminan exhaustos por competir en tantas modalidades, se multiplican las discusiones por aceptar o no a los que vienen de alto rendimiento, los pulóveres se imprimen en otra provincia y no llegan siquiera para la clausura, aquel no entiende por qué lo descalificaron… pero no importa, porque la pasión con que se viven esos juegos dejan atrás cualquier sin sabor.
Terminaron los Caribe en una gran fiesta donde el deporte, la entrega, la rivalidad y la hermandad se dieron las manos a favor de un proyecto colectivo, una meta netamente universitaria.
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