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Deportes Voces
Del 31 al 6 de noviembre /2011
 

 

El béisbol y el Támesis

Por Carlos Manuel Álvarez,  estudiante de Periodismo 

Béisbol

Debo estar alucinando. Preferiría hablar de poesía, incluso de política o finanzas. Resulta menos riesgoso, menos visceral. No hay absolutamente nada como el deporte, no hay en Cuba absolutamente nada como la pelota. O sí. Benny Moré, pero Benny Moré ya está muerto, y solo queda el imán o el pasmo al escuchar su voz,  poderosa y fantasmal, liviana y nítida a un mismo tiempo.

Nado a conciencia en estas aguas procelosas. Pero yo no quiero hablar de la pelota en sí, sino de la pelota en abstracto, de la pelota convertida en espasmo, en anhelo, en inusitada armonía de cuerpos danzantes.

Inefable retablo de la existencia. No hay nada más parecido a un grand jetté que uno de los antológicos saltos de Víctor Mesa. Ni más exacto reflejo de un pas de deux que ese siniestro rolling por encima de segunda; una bola dura y arrastrada —cepillando en su trayecto la yerba y la conciencia de los peloteros—, atrapada in extremis por el short stop, pasada del guante, desde el suelo, al segunda, para que este devuelva a primera en un doble play de aplausos de platea, apto únicamente para selectos y fieles espectadores del Royal Baseball Classic.

Aunque a ciencia cierta, la pelota —los buenos deportes— superan al arte y a la literatura. Porque no son una simulación, no representan nada, no falsean, no intentan siquiera parecer verosímiles. La estrategia ensayada es solo otra incertidumbre, uno de los tantos rostros de lo posible. El azar juega, y como todo el mundo sabe cuando el azar interviene el juego se vuelve una fatalidad, tal como sucede en la vida, ni más ni menos (tal vez hasta más), porque usted puede prepararse para una recta, y el pitcher, o el veleidoso destino, que para el caso significan lo mismo, tirarle una slider, uno de esos rompimientos confusos que parece que llegan y justo a la hora de apresarlos se caen, esa destrucción constante, esa acumulación de experiencias que a la larga no sirve para casi nada, porque a veces, creo yo, se dobla por tercera sin mirar al cortador, y a veces nos viramos para primera sin que haya nadie en base.

La pelota, los buenos deportes en general, se desplazan en otra dimensión, habitan en la inconsecuencia de la palabra. El arte sabe que es arte. Sabe, con demasiada lucidez, que sus propuestas no irán a mayores, pero finge creerlo, de la misma manera que finge creer en la originalidad del tiempo, en la invención alrededor de cuatro o cinco temas. Pero el deporte no sabe que es deporte. Desconoce su total inexistencia, su falta de carácter, su única encomienda de mero entretenimiento, de simple relleno.

Por eso, y dispensen las simetrías, el arte se parece a la muerte y el deporte a la vida. El arte: o La Odisea o Edipo. El deporte: vaya usted a saber. El arte: contundencia, inmensidad, luz. El deporte: fragilidad, injusticia, delirio.  El arte: lo eterno. El deporte: lo volátil. El arte: la parábola. El deporte: la impostura. El arte: a lo sumo, Van Gogh, Bach. El deporte: cuando menos, un juego de muchachos, una espontaneidad maravillosa. El arte: la búsqueda de la perfección. El deporte: la búsqueda de la perfección y la pertinencia del desliz.

Pero ya no quiero hablar de la pelota en abstracto, sino de la pelota en sí, aunque en ese espacio, en el terreno de juego, bajo las luces del Latinoamericano o del Yankee Stadium, es cuando el béisbol se vuelve intemporal, ajeno a toda circunstancia, desprovisto de cualquier referencia, como las coordenadas en el aire, o el eje de la Tierra, o el hambre ajena, o las muchachas en flor. No sé si me explico, probablemente no, probablemente el beisbol solo sea eso, una blasfemia, un dolor, probablemente vayamos por el mundo de entretenimiento en entretenimiento, de equipo en equipo, de cerrojo en cerrojo, hasta el último strike del último inning del último campeonato.

El Comité Olímpico, entonces, no sabe lo que hizo. Excluyó a la pelota, al béisbol, del mayor espectáculo deportivo del planeta. Y Londres perdió así, de golpe, la mitad de su encanto, de su magia sombría. Las frías aguas del Támesis, que pretenden conocer de desesperos y suicidios, ya nunca evocarán en qué consiste un squeeze play.

 

 

 
     
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