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Conversaciones secretas, espionaje, presión sobre las personas encargadas de tomar las decisiones y un final donde el ganador es el que más millones de dólares aporta. Estas parecen características extraídas de uno de los tantos libros o películas de acción sobre guerras comerciales entre grandes empresas; pero en realidad describen la historia de las últimas décadas por adquirir los derechos televisivos del evento deportivo más importante que se realiza en el mundo: Los Juegos Olímpicos.
Nadie duda hoy de la enorme influencia de la televisión sobre el deporte y esta se puede apreciar desde los cambios de reglas para convertir algunas modalidades en espectáculos supuestamente más atractivos, hasta en la selección de horarios de acuerdo con los intereses de los productores de las televisoras. Los estudios de mercado demuestran que la existencia de una gran audiencia, deseosa de tener a su alcance una mayor cantidad de horas dedicadas al deporte, asegura los ingresos por publicidad.
La fórmula es sencilla: mientras más aumenten los ratings, entonces más tendrán que pagar los anunciantes por recibir treinta segundos al aire.
Los Juegos Olímpicos no han podido escapar del afán comercial que ha arrastrado a las principales ligas deportivas del mundo. Si en 1960 la CBS norteamericana pagó 394 mil dólares por los derechos de transmisión para su país de los Juegos de Roma, ahora a casi cinco décadas después, la cifra se eleva a más de mil 700 millones y la tendencia es a continuar creciendo.
A nadie parece molestarle esto, muchos menos al Comité Olímpico Internacional (COI) quien recibe una buena parte de esos millones.
Un poco de historia
La relación entre la televisión y los Juegos Olímpicos se inicia en otros muy polémicos, los de Berlín 1936. El Ministerio de Información, dirigido por Joseph Goebbels, ideó una enorme campaña propagandística para mostrar al mundo los avances de la Alemania nazi. La política, quizás como nunca antes, centró la atención de las citas estivales. La presencia en los estadios del dictador Adolfo Hitler era muy seguida por las cámaras de las empresas Telefunken y Ferseh, las cuales transmitieron más de 70 horas de algunas disciplinas, aunque solo unas 150 mil personas, en Berlín y Leipzig, pudieron recibir la señal, en salas especiales llamadas «oficinas públicas de televisión», de acuerdo con un artículo del periodista Carlos Alberto González, publicado en la revista Temas, número 47 de 2007.
La II Guerra Mundial interrumpió el desarrollo de los Juegos y en la edición de Londres, en 1948, conocidos como los de la «austeridad», con medallas de hojalata y pobre alimentación, cerca de 80 mil aparatos telerreceptores de la capital inglesa recibieron la señal.
El gran despegue llegó en Tokio, 1964, considerados los «Juegos de la televisión», ya que por primera vez se utilizó un satélite para llevar varios eventos a diversos lugares del mundo.
La primera experiencia de los televidentes cubanos ocurrió en Montreal 1976. Esos Juegos siempre serán recordados por las dos brillantes carreras de Alberto Juantorena, en 400 y 800 metros planos. Ningún otro atleta ha logrado igualar esa hazaña. La señal de vídeo llegaba a La Habana desde Montreal mediante el satélite, mientras el audio se recibía por teléfono.
Cuatro años después, en Moscú 1980, los fuertes vínculos con la Unión Soviética permitieron que aumentaran notablemente la cobertura de deportes y las horas transmitidas hacia nuestro país. Luego de las ausencias en las citas de Los Ángeles y Seúl, regresó a los canales cubanos en Barcelona 1992. A pesar de la diferencia de horas, se pudieron observar la mayor parte de las excelentes actuaciones nacionales en vivo, en especial el primer triunfo olímpico del béisbol, una de las 14 medallas doradas que impulsaron a Cuba hasta una impensada quinta posición en la tabla final de posiciones.
Los Juegos de Sydney y Atenas significaron un enorme cambio en las transmisiones televisivas cubanas, pues el arrendamiento de espacios satelitales las 24 horas permitió que se pudieran seguir, también en vivo, los principales eventos.
Guerras millonarias
La cantidad de horas que tienen previsto transmitir las televisoras en Beijing será mayor que en Juegos anteriores. Las millonarias sumas que ha abonado la NBC —dueña de los derechos para Estados Unidos— le han dado la potestad de solicitar al COI y a los organizadores aquellos horarios más propicios para los telespectadores estadounidenses. De seguro la poderosa NBC no quiere que se repita la historia de Barcelona, cuando pagó 400 millones y casi se arruina porque no acordó la hora de comienzo de los principales eventos.
En el gran negocio que representan unos Juegos, con ganancias para la ciudad valoradas en miles de millones de dólares, la pugna por los derechos de transmisión se ha convertido en una verdadera lucha, con golpes bajos, entre las televisoras.
Las investigaciones de mercado prueban que la cadena con los derechos puede captar un gran por ciento del total de la audiencia nocturna y esto representa millones de dólares en publicidad. Desde los Juegos de Seúl, en 1988, la NBC ha sido la encargada de transmitir hacia Estados Unidos y su reinado solo estuvo en peligro cuando la Fox Sports, del magnate de los medios Rupert Murdoch, se interesó por comprar los derechos de Sydney en 700 millones.
La respuesta de la NBC fue contundente, parafraseando a Don Corleone en El Padrino, le hizo al COI una oferta que no pudo rechazar: mil 270 millones por Sydney, además de los Juegos de Invierno de Salt Lake City 2002. La Fox quedó fuera, aunque durante meses se intercambiaron protestas y hubo especulaciones acerca de un posible espionaje.
La NBC también compró los derechos de los Juegos de Invierno de Vancouver 2010 y Londres 2012 por un valor de dos mil millones. Las cifras asustan, pero son un resultado directo de la creciente comercialización que rige estos eventos. Los funcionarios del COI se han convertido en excelentes negociadores y, hasta el momento, todo les ha salido bien ya que el total de los acuerdos televisivos alcanzados entre Los Ángeles 1984 y Beijing 2008 ha sido superior a los 10 mil millones de dólares.
Más allá de las enormes sumas de dinero, negar el papel jugado por la televisión en la difusión de los Juegos Olímpicos sería injusto. Al mismo tiempo, no mantener una mirada crítica hacia los problemas que también han emergido por causa de la exageración del elemento comercial, sería una ingenuidad.
Los Juegos de Beijing llegarán por los canales cubanos sin publicidad y, probablemente, al igual que sucedió con los Panamericanos de Río de Janeiro en 2007, la señal podría mantenerse casi las 24 horas durante los quince días de competencia. Las calurosas madrugadas de agosto prometen tener en vilo a miles de hogares.