9 de octubre del 2008 |
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¿El huevo o Beijing? |
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Por William Silva |
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Coincidencias de criterio o no, y sin acudir a los detalles o comparaciones, sin duda, las autoridades chinas pusieron el máximo de atención y dieron una elevada prioridad al éxito de la cita deportiva. Esto pudiera parecer retórica hueca, en tanto cada uno de los gobiernos implicados, desde tiempos atrás, han puesto la mira sobre la organización de estos certámenes. Y es que así ha de ser, si realmente se quiere lograr un evento de alta calidad. Ser sede de unas Olimpiadas implica una gran responsabilidad para el país y especialmente para la ciudad elegida, lo que se traduce, por una parte, en confort en las instalaciones deportivas y para la estancia de los atletas y el resto de los miembros de las delegaciones. Por otra, cubrir las expectativas de los visitantes, de los televidentes, y de los habitantes de la ciudad, porque los Juegos no brillarían si la vida de los citadinos anfitriones, se convierte en un infierno durante las competencias. Todo esto también trae consigo, como es sabido, buenos dividendos económicos y sobre todo reconocimiento internacional. Los directivos chinos deslumbraron por su capacidad previsora y organizativa. Beijing es una ciudad extensa geográficamente, calificada incluso, como una megaciudad, con cerca de 20 millones de habitantes y numerosas vías de transporte. No obstante, la urbe tiene un flujo automovilístico extraordinario que hace colapsar muchas rutas principales en los llamados horarios picos. A eso se debe sumar el incesante flujo diario de personas en el transporte público, que esencialmente se mueven a través del sistema del metro urbano, los ómnibus y los taxis. Esta situación, por tomar un ejemplo, llevó a que las autoridades regularan el tráfico automovilístico durante los días de los Juegos a la vez que interrumpieron temporalmente muchas jornadas laborales, a fin de evitar la transportación excesiva de personas. Por si fuera poco reforzaron el transporte público, en esencial el metro, que funcionó 24 horas ininterrumpidas por esos días. Realmente se puso sobre el tapete internacional la verdadera capacidad de los chinos. Para algunos, el pueblo chino sigue sumido en la pobreza y la ignorancia, y sus líderes y autoridades mantienen un control absoluto sobre la sociedad, algo que rápidamente se traduce en falta de libertades y de democracia. Y es que las potencias occidentales, algunas de ellas ex metrópolis, continúan sabiéndose con derecho de criticar lo diferente, lo no homogéneo, y hacia allí descargan sus fuerzas políticas y mediáticas, que ciertamente no son pocas. Y lo más importante, y tal vez peligroso, con esa actitud muestran la ignorancia y desconocimiento sobre la cultura del llamado gigante asiático. China tuvo que resistir el acoso político lanzado para entorpecer el éxito de los Juegos. No hubo oportunidad desperdiciada, desde los sucesos en el Tibet, en febrero pasado, y la posterior campaña para lanzar a la figura del Dalai Lama como el líder religioso y político de todo el pueblo tibetano, hasta el malsano interés por resaltar una y otra vez los evidentes problemas ecológicos que aquejan a la capital china. Los chinos no concedieron nada a sus críticos de Occidente, y se consagraron en mostrar coherentemente al mundo su cultura tan antigua y rica como la que más. China tuvo la gran oportunidad de mostrarse tal cual es, sin mediar interpretaciones prejuiciosas y malintencionadas. Tal vez fue este el mayor éxito para el pueblo chino. Y en ese intento dejaron una huella extraordinaria para el mundo del deporte, y una meta difícil de sobrepasar por las venideras citas olímpicas. Sin salirse de la actual lógica mercantilista que rodea a la organización de unas Olimpiadas, en Beijing se potenció también la riqueza espiritual de los chinos, sedimentada por siglos y siglos, y con una vitalidad impresionante a pesar de los actuales coqueteos y cierto deslumbramiento de algunos con lo que proviene de Occidente. Las jornadas olímpicas de este verano quedarán en la memoria de quienes tuvieron el privilegio de estar en los estadios y de quienes se sentaron frente al televisor en diferentes puntos del planeta. Beijing fue todo fiesta por esos días, y los habitantes se convirtieron en sus principales promotores. No hicieron falta grandes anuncios publicitarios porque cada pekinés reflejaba en su rostro el orgullo de ser anfitriones de un evento internacional. Quizá algunos previeron grandes choques culturales, pero en realidad ni las diferencias de idioma, de costumbres y modos de vida, fueron barreras entre los cientos de miles de visitantes y los millones de pekineses; tampoco lo fueron las estrictas medidas de seguridad. A pesar de ciertos incidentes, unos más políticos que deportivos y viceversa, y de los malsanos prejuicios culturales, bien explotados por los grandes medios de prensa occidentales, nada pudo deslucir a unos Juegos Olímpicos, largamente deseados por los chinos y que brillaron por sí solos este agosto de 2008, sin necesidad de los fuegos artificiales.
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