25 de marzo del 2009 |
Un espectro desafiante y seductor
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Por Armando Chaguaceda 1 |
En los predios de la historia (quién lo duda?) se disputan feroces batallas de ideas. Estas traslucen y contraponen proyectos de intelectual, de cultura, de nación. La nociva presencia de la tradición sacralizadora de la historiografía cubana, adicta a esquematizar, adoctrinar y legitimar coyunturas y encargos, ha sido relativamente desplazada, durante los últimos 20 años, por enfoques despolitizados, particularmente exitosos para asimilar agendas investigativas de moda. Para la primera la historia se convierte en una marcha inevitable y secuenciada hacia el triunfo de 1959, después del cual las contradicciones desaparecen y el análisis se sustituido por la información mecánica y glorificadora de cifras y fechas; y sus obras forman el substrato lamentable de buena parte de la historia enseñada en las escuelas y divulgada por los medios. Para la segunda, se trata de ignorar las estructuras de clases y los procesos de lucha, por ser realidades y conceptos supuestamente caducos, para privilegiar una diversidad social descafeinada y un anclaje en lo micro que exorciza la impronta de los grandes fenómenos socio-históricos. Su penetración es visible en amplios sectores de joven intelectualidad cubana y engrosa, con prosa frecuentemente erudita, buena parte de los fondos bibliográficos post-1989. Pese a ello han persistido enfoques alternativos, que buscan combinar rigor científico y compromiso social, lo que da cuenta de una corriente de ciencia histórica congruente con el proyecto liberador, capaz de reapropiar la tradición como lectura de presente y prospección de futuro. Para esta postura el reto fundamental no se reduce a apuntalar poderes establecidos ni cotizarse en el mercado globalizado de ideas, sino comprender el devenir histórico en su intrínseca pluralidad, sin diluir (ni sobredimensionar) los referentes ideológicos de acción humana y enmarcando estas en la tradición radical de un socialismo de liberación nacional. A esta corriente (representada por historiadores como Ramón de Armas, Fernando Martínez Heredia y Julio César Guanche) son caros nombres como Máximo Gómez y José Martí, Antonio Guiteras y Raúl Roa, Pablo de la Torriente y Julio Antonio Mella. Al estudiar los protagonistas de la Revolución del 30, los autores han destacado elementos comunes. Todos compartían la herejía opuesta a las dominaciones del neocoloniaje y los dogmas revolucionarios. Hacedores de cultura, comprendían su función intelectual como aporte inestimable a la lucha a la que se consagraban, asumiendo simultáneamente tareas organizativas, propagandísticas y enfrentamiento a las fuerzas de la burguesía. Y poseían una visión del la independencia nacional que articulaba con emancipación social y proyectaba sus horizontes anticapitalistas allende las fronteras cubanas. Su pensamiento y vida, desacralizados, constituyen una suerte de pedagogía política para la juventud culta y revolucionaria de la Cuba actual. Su valía traspasa los contornos isleños. Uno puede pasar de la sorpresa al orgullo cuando escucha, por ejemplo, el respeto y conocimiento que existe en otras tierras sobre la obra de Mella. Hace unos días, en los debates de la Escuela Marxista Panamericana, compañeros de varios países reivindicaban al apuesto manicato como artífice de luchas sindicales, polemista revolucionario y activista solidario de sus pueblos. Siendo así, Mella forma parte de la herencia del comunismo militante internacional (y no solo del marxismo académico), al mismo nivel que Gramsci, Mariategui o Ernesto (Che) Guevara, con la particular valía de haber unido vehemencia, versatilidad y compromiso para ser, al decir de Fidel, el revolucionario que ha hecho más en menos tiempo. Además si hago balance de acontecimientos recientes, tanto personales como ajenos, ratifico que Mella deviene confidente íntimo de obras y acciones. El ethos autónomo que conserva, casi como rareza nacional, la Federación de Estudiantes Universitario, se debe en buena medida a sus cimientos fundacionales que él ayudó a echar. Su obra y ejemplo, concienzudamente estudiado, constituyó legado vivo para hornadas de valiosos dirigentes (llámense Fernando, Carlos, Adalberto o “el líder desconocido”) que impulsaron un trabajo de la organización más cerca del sentir estudiantil, a despecho de inercias mentales, lastres burocráticos y cansancios cotidianos. A todos los recuerdo, conversando animadamente en H y 23 o la Escalinata Universitaria, sobre las novedades del marxismo internacional, acompañando sus compañeros en un campamento agrícola o en la beca de Micro X. Y discutiendo las pasiones de la pelota, desencartonadas y diáfanas, como el mismo Julio Antonio. Siempre he insistido en la necesidad de leer el futuro de Cuba mirando simultáneamente nuestra historia patria y el presente de América Latina, para una intelectualidad socialista cubana obligada a ser, simultáneamente, anticapitalista y antiburocrática, algo frecuentemente olvidado. Cuando la intelectualidad de un socialismo de estado choca con la censura, los dogmas y los cansancios, puede tentarse a abrazar el credo neoliberal como falsa solución a los males mencionados. A fin de cuentas cualquier sociedad algunos de nosotros formamos parte de un estamento privilegiado dentro de la estratificación social, prudentemente desconectado de los esfuerzos y demandas de las mayorías. Por eso ser revolucionario constituye una postura, mezcla de herencias y elecciones personales, tan hermosa como desgarradora y difícil de sostener. Cuando la irreverencia y la alegría de los héroes transparenten sus pasiones en las páginas de nuestros textos escolares, cuando el socialismo sea abiertamente vindicado, al nivel de la épica colectiva, como la más plena realización de libertad humana y cuando el mármol frío de cierta historia no resista el escrutinio inquisidor de los inquietos muchachos (obligándole a cambiar sus cotos de poder) estaremos más cerca de ser como Mella. Repetirlo, describirlo o adorarlo se convertirá, cuando menos, en un trámite inútil y bufonesco, pues el espíritu desafiante y seductor de Nicanor Mc Portland devendrá arquetipo del ciudadano militante. Y aunque nada nos asegura que así sea vale la pena seguir intentándolo. 1Politólogo e historiador, profesor de CLACSO, miembro de la Cátedra Haydeé Santamaría de la Asociación Hermanos Saíz.
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