25 de marzo del 2009

Ser rebelde para ser revolucionario*

Para Julio Antonio y César Alejandro, en la esperanza de su encuentro con Mella

Por Julio César Guanche

El 25 de marzo de 1903 nació en la capital de Cuba Julio Antonio Mella, hijo bastardo de una relación extramatrimonial entre el sastre dominicano Nicanor Mella Breá y la joven irlandesa Cecilia McPartland Diez. Los miembros de la pareja se llevaban entre sí 31 años, lapso mayor que la propia edad que alcanzaría en vida su primogénito, asesinado a los 25 años en México, después de haber convertido a la universidad cubana en un espacio político nacional, de haber sacado de sus casillas al dictador cubano Gerardo Machado, de convertirse en un líder latinoamericano, de atentar contra la oligarquía mexicana por el grado de su inmersión en el sindicalismo de ese país y de ser considerado por el Stalinismo como una amenaza para la «unidad» del movimiento comunista en la época.

Aunque ciertamente gozó de un amor penetrante y de la entera comprensión de su padre hacia sus adhesiones, Mella no terminó nunca de ser un hijo bastardo para varias de las «familias» de las que formó parte.

Fundó el Directorio de la Federación de Estudiantes de la Universidad de La Habana en 1922, asumió su presidencia meses después y tuvo que renunciar luego al cargo acusado de vocación dictatorial y de poner en peligro la marcha de la reforma universitaria por su militancia política «sectaria» con el movimiento obrero y con el naciente comunismo cubano.

Formó parte del grupo reducido que fundó el primer Partido Comunista de Cuba en agosto de 1925 y fue separado de él meses después por la irresponsabilidad de sus actos «individualistas», «inconsultos» y carentes de «solidaridad clasista». Siendo uno de los ideólogos primeros del «nacionalismo revolucionario», su filosofía fue presentada por el marxismo soviético de la hora como un eufemismo que escondía pactos secretos con el pensamiento burgués. Fue uno de los dirigentes principales del Partido Comunista de México y, enfrentado al ala derecha de ese partido, fue denunciado como joven irresoluto y traidor en materia ideológica —o sea, acusado de trotskista — por desarrollar una política hacia el movimiento obrero que contravenía la doctrina de su majestad Iosif Stalin.

Como todos los grandes líderes, Mella fue un hombre muy creído de sí mismo. Asombra su diario de México, escrito a los 17 años, donde afirma que su imaginación «era un corcel de Apolo suelto en los espacios», y se piensa como alguien llamado por la historia a arrastrar multitudes y dejar monumentos a su paso. Al gritar «muero por la revolución» en el instante de sentir la muerte, estaba seguro de haber dejado una huella tan larga como sus propias intenciones en la historia de las revoluciones del continente.

Sin embargo, no se sirvió —como una larga lista de próceres lo hace— de su humanidad deslumbrante. En el plano personal, no acumuló fanáticos ni coleccionó mujeres. Tampoco frecuentó prostíbulos —no comulgaba con el comercio tarifado de la carne—, pero incluso para el que le hubiese sido entusiasta se mostró muchas veces apocado. Apenas bebía y no mintió más de lo normal en un hombre inteligente.

Mella amó con intensidad a tres mujeres, una relación no muy extensa aún para 25 años de vida.

La primera, Silvia Masvidal Ramos, a quien la familia le negó a la postre relacionarse con el advenedizo, puebla con su amor adolescente las páginas melosas —como corresponde— de sus diarios tempranos. El segundo, Oliva Zaldívar Freire, la esposa del amor juvenil, fue la madre de sus dos hijas y la compañía segura y leal de varios años intensos. Olivia lo siguió en cada instante, pasó días sin dinero, noches en prisión y la vida en vilo, pero no soportó ver enterrar a su primera hija, nacida muerta, a escondidas en un cementerio, por carecer de dinero para los funerales, ni luego ver a la segunda hija, Natasha, durmiendo en la tapa de la maleta de viaje donde cabía todo su futuro.

Olivia regresó a Cuba sin comunicárselo a Mella y consumó la ruptura matrimonial, pero no volvería a casarse ni amar a otro hombre hasta que murió en 1982 —quien había nacido en cuna de oro y tuvo vida de diplomática después de muerto el esposo—, vendiendo cigarros a la puerta de un cine en Miami en medio de una discusión interminable con su nostalgia. Tina Modotti fue para Mella el deslumbramiento de la humanidad que estalla en la madurez del intelecto: «explícame que amor es este que lleva a la desesperación», le escribe a la fotógrafa italiana, beldad que había posado desnuda para varios artistas de renombre —y quien habitaba en la imaginación erótica de muchos más— y decidida combatiente internacionalista. Se amaron con la pasión y la furia de los verdaderos amantes. Tina estaba al lado de Julio Antonio en Morelos y Abraham González al escuchar los dos disparos que acabaron con la vida de Mella, debió soportar durante años acusaciones sobre su complicidad en el asesinato, y seguía a su lado cuando murió de un extraño ataque de salud en un taxi en Nueva York en 1942. Para ellas, Mella fue un sobrecogimiento hasta el final de sus días.

El padre de Julio Antonio, hijo de un general dominicano héroe de la independencia de su país, dueño de una de las sastrerías más famosas de la ciudad, mantuvo a su hijo como el alumno mejor vestido de la Universidad de La Habana, le inculcó la pasión por las vidas de los patriotas de la independencia latinoamericana, lo introdujo en las lecturas políticas del momento y le envió 80 dólares mensuales al exilio cuando la miseria atenazaba a su vástago. Sintió orgullo por él durante toda su vida, pagó sin pensarlo las altas fianzas a las que fue sometido Julio Antonio y movió cielo y tierra para liberarlo de prisión en ocasión de su huelga de hambre. El padre valoró a fondo la estatura del hijo.

Sin embargo, Mella no fue «comprendido» por buena parte de sus compañeros de viaje.

El por qué no puede encontrarse solo en su literatura. La prosa de Mella es un manojo extraordinario de ideas escritas en forma muy irregular: la redacción de algunos textos alcanza la brillantez mientras en otros no pasa de lo basto. Si se compara con Mariátegui, la originalidad de su pensamiento no es descomunal. Adhirió el marxismo determinista —preponderante en su época— que veía como un hecho inevitable la revolución social —evento que quedaba explicado de modo «científico»—, pensó que el vuelo de Lindbergh a través del Atlántico sentaba las bases materiales para hacer realidad la frase «proletarios de todos los países, uníos»; comprendió de modo algo esquemático el perfil de los intelectuales y de su función en una política revolucionaria y subsumió la cuestión indígena en una estrecha comprensión clasista. Pero no se localizan en sus limitaciones las causas de sus desavenencias con buena parte del mundo, sino acaso en el «exceso» de sus argumentaciones y en el perfil de su comprensión sobre la política revolucionaria.

La FEU posterior a 1925 se distanció de su fundador, rindió pleitesía a Machado y se sumó a la política existente hasta que el Directorio Estudiantil Universitario contra la prórroga de poderes del dictador (1927) sacó a los estudiantes cubanos del letargo. En 1932 el Partido Comunista cubano fue impulsado a publicar una semblanza del líder que hubiese significado el «segundo asesinato» de Mella, según las palabras de Rubén Martínez Villena, quien impidió la publicación del engendro.

Después de su lucha primera en los «manicatos» contra las novatadas, la corrupción profesoral y el carácter medieval de la enseñanza, Mella comprendió el problema de la reforma universitaria en un escenario mucho mayor: el de la dependencia estructural de la sociedad cubana hacia los Estados Unidos y entrevió rectamente la subsunción del desarrollo de Cuba a manos del desarrollo de aquel. Avanzó en la comprensión sobre la interrelación entre capitalismo e imperialismo y vislumbró cómo hacer avanzar una verdadera reforma universitaria debía atravesar los desarrollos propios de una revolución.

En una época en que para la mayor parte de los marxistas la «nación» era un artefacto cultural burgués y cualquier alianza con las burguesías nacionales se convertía en una traición a la causa del proletariado, Mella logra lo que nadie hasta ese momento en Cuba —y que incluso pocos lograrán en su futuro inmediato: alcanzar una fusión entre el nacionalismo y el socialismo contraria a la manera en que lo había concebido la alianza Lasalle-Bismark en la Alemania del siglo xix —que produjo el «Socialismo de Estado» y una política a favor de élites burguesas nacionales— y lo convirtió en una especie distinta: un nacionalismo revolucionario de contenidos socialistas.

En él aparecían juntas por vez primera en una concepción orgánica las ideas revolucionarias, republicanas y liberales, del siglo xix cubano —con José Martí a la cabeza— y el entendimiento sobre la política revolucionaria clasista, así como la comprensión sobre los problemas cubanos en clave marxista. La idea de Cuba libre… para los trabajadores, que da nombre al periódico de la Asociación de Nuevos Emigrados Revolucionarios Cubanos (ANERC), es la síntesis genial que explica una fusión en la que cada elemento ha dejado de ser lo que era: el nacionalismo se comunica con el internacionalismo y la patria y la nación dejan de ser un proyecto oligárquico y blanco para convertirse en un proyecto popular y mestizo.

En este horizonte, Mella redescubre el pensamiento de José Martí, pero también explora la configuración socioclasista en México para identificar las posibilidades revolucionarias de la clase media, alejado de la dicotomía «marxista» que, en contra de Marx, solo querrá ver el espacio social habitado por «burgueses vs proletarios». Su búsqueda de alianzas con fuerzas nacionalistas burguesas para hacer frente común contra Machado le acarreó graves problemas con la doxa de la Internacional Comunista, y mostraba no solo a un ideólogo herético sino a un político encaminado de veras a capturar posibilidades revolucionarias en la realidad.

Cuando Mella se declaró en huelga de hambre, el partido comunista cubano, pequeño, muy golpeado, inexperto, le envió dos mensajes para que desistiese de su propósito. A lo largo de más de cuatrocientas infinitas horas —cuando cada segundo trae un nuevo espasmo incontrolable— Mella sostuvo, solo, desde un camastro, un combate contra todos los ejércitos: contra el Estado cubano, contra la cultura del sistema de dominación imperante, contra la fuerza brutal de una dictadura, pero asimismo contra los dogmas revolucionarios centrales de su época.

Machado, «Musssolini tropical», había gritado en la desesperación del asesino: «o come o se muere». Mella perdió 35 libras de peso y tuvo que ser alimentado a escondidas por sus amigos con sueros de nutrientes de huevo para evitar la muerte inminente, pues se dejaba morir por la justicia. Nadie como Pablo de la Torriente ha narrado la hecatombe de aquel cuerpo, arrojado por propia voluntad a la ruina de la muerte.

Mella, gigante deshecho, venció mitológicamente. Estuvo sin comer 18 días hasta que obligó a Machado a rendirse. Pocas veces un dictador del poder que acumuló ese déspota fue doblegado por el espíritu de un hombre solitario ya famélico y agónico tendido en una cama frente al mundo. Sin embargo, el partido comunista cubano reclamó de Mella el desconocimiento de aquellos dos mensajes —que por demás este aseguró no haber recibido nunca.

Atónitos, leemos las actas de esa discusión, pero es preciso comprender el espíritu de la época y las condiciones de la lucha de tales hombres —Alejandro Barreiro, uno de los que votó contra Mella por su huelga, pocos años después fue sometido por la dictadura a presenciar la violación de sus dos hijas adolescentes y terminó loco vagando en la cárcel. Mella fue acusado por acto «individualista» y sentenciado a separación del partido por dos años y de la vida política cubana por dos meses.

Su defensa en el juicio político nada tiene que ver con una autoinculpación y menos con una rendición moral: el mismo hombre que venció a Machado arrostró lo que es más difícil para un revolucionario: el juicio en contra de sus propios compañeros, la reprobación de sus ideas por parte de la «teoría revolucionaria» y el anatema de la más alta dirección de la lucha contra su proceder. Mella también resultó, solitario y agónico, vencedor en la contienda.

En los cientos de páginas escritas por Mella no hay una sola mención a Stalin. Mella conocía por su viaje a la URSS, y por Andreu Nin durante su estancia en Moscú, y así de primera mano, sobre el conflicto entre Stalin y Trotsky y de los enfoques de la Oposición de Izquierda —que, dentro del bolchevismo y la defensa de la URSS, combatía la política de Stalin. Mella desmintió de modo oficial seguir sus enfoques y negó afiliación alguna al trotskismo. Pero la acusación de serlo lo perseguirá tenazmente.

Sin embargo, no hace falta rumiar sus textos para reivindicar sus avenencias con el fundador del Ejército Rojo, más allá de las menciones admirativas que le dedica siempre y los guiños a obras de Trostky aparecidos en varios de sus trabajos. Esa admiración por Trotsky es la que siente, acrecentada, por Lenin: es la militancia en el marxismo revolucionario.

Mella intuyó de modo brillante las tesis que hacen del marxismo una doctrina de la emancipación humana, cuando todavía era bastante desconocido el propio cuerpo de ideas de sus fundadores.

En este sentido, el líder revolucionario cubano afirma la necesidad de la independencia política del movimiento obrero, sin que este quede subordinado al perfil ideológico de los aliados en la lucha —tema que alcanza un desarrollo extraordinario en Rosa Luxemburgo— y combate la realidad de enajenación política que representa el Estado, en el sentido que tiene en la obra de Marx —estrictamente contrario a la forma en que lo comprendió el Socialismo de Estado— cuando afirma: «¿El Estado? Solamente esos «ciegos» que no pueden ver lo que no les conviene pueden afirmar su libertad, su imparcialidad en la gran guerra social», según escribe Mella en «Los estudiantes y la lucha social».

En este horizonte, Mella asegura que la cultura socialista solo puede provenir de la praxis: «solo así puede ser útil nuestra cultura. No se ha de forjar tan solo en la cátedra y en los libros. Necesitamos experimentar para no ser engañados, y probar los postulados en la realidad. De aquí nuestra ayuda a los sindicatos, a las cooperativas, a las organizaciones campesinas, a toda la lucha social»; defiende la idea del comunismo como el régimen del trabajo libre: «contra el régimen del capital, simplemente la instauración del régimen del trabajo», «el obrero se hace ilusiones creyendo que va a emanciparse dentro de la sociedad capitalista, sin violencias, sin gobierno obrero y campesino, sin socialismo, sin llegar nunca al Comunismo»; y subraya una tesis que recorre todo el marxismo revolucionario, mientras desaparece por completo en el marxismo de corte soviético: «la emancipación de los obreros ha de ser obra de los obreros mismos».

Mella afirma: «Ya están comprendiendo [los oprimidos] que su emancipación solo podrá ser obra de ellos mismos. No más caudillismo, ora sea militar, civil o intelectual» «La masa explotada no se va a liberar ni por las espadas providenciales, ni por los licenciados eruditos, ni por los falsos intelectuales que se dicen profetas...»

En tal secuencia, Mella consagra el internacionalismo como componente esencial del socialismo y la existencia de la hegemonía del proletariado y la aplicación de su dictadura como presupuesto de la realización del socialismo, cuando estos temas eran —y serán— combatidos por reformismos de toda laya.

Como resultado de esta comprensión, ya en México, la política seguida por Mella lo situará en contra del ala derecha del Partido Comunista de México (PCM), defensora de la política de Stalin. El partido mexicano había sufrido la fractura de su dirección entre 1925 y 1926, al tiempo que devenía la caja de resonancia de la Internacional Comunista para América Latina. En ese contexto, los conflictos en el partido soviético repercutían con toda crudeza en su hermano menor mexicano.

Mella enfrentará otro combate político al interior del espectro revolucionario, del cual nuevamente quedará mal avenido con los padres de la familia. Sin ser seguidor abierto de Trostky, sostendrá dos grandes focos de tensiones con el PCM: el primero de ellos, alrededor de la cuestión obrera y sindical, y, el segundo, sobre su proyecto de preparar una insurrección armada que desembarcase en Cuba para la lucha armada revolucionaria contra Machado.

Junto a Diego Rivera, Mella defenderá una política obrera frente al sindicalismo corrupto y entregado de la Confederación Regional Obrera Mexicana (CROM) que conseguirá triunfar momentáneamente: obtienen de la Internacional Comunista la autorización para el nacimiento de la Confederación Sindical Unitaria de México: auténtica victoria de las bases revolucionarias obreras contra el sindicalismo «amarillo» hegemonizado por Luis Morones —a quien el dicho popular llamaba Luis «Millones», por su vida de «líder proletario» millonario. No obstante, poco después Mella será acusado por la derecha del PCM del «crimen de trabajar contra la línea del partido», que pide su expulsión. Mella es destituido de su puesto en la dirección de ese partido y queda nuevamente el rebelde gritando su herejía como un loco en solitario.

En esa atmósfera, el PCM negó todo apoyo a la insurrección en Cuba, en el contexto de una política soviética de no fomentar sublevaciones en el patio trasero de los Estados Unidos. Mella suspendió toda colaboración con el partido y prosiguió con su proyecto, en contra, otra vez, de la teoría tenida por revolucionaria y de la política de la sacrosanta Internacional.

Los textos de Mella sobre Lenin y sobre los éxitos de la naciente URSS subrayan la esencia del marxismo revolucionario: el enfoque clasista, el anticapitalismo; el fomento de una organización productiva alternativa a la creada y sistematizada por el capitalismo, por la vía de la creación de comités obreros de decisión, de desarrollo de formas cooperativas de producción y de la consideración de los sindicatos como «célula de la sociedad futura»; así como la comprensión de una dialéctica entre reforma y revolución, que se distancia de la reducción al absurdo que presentó el problema como «reforma o revolución», entre otros enfoques que siguen sirviendo hoy a la recuperación teórica del socialismo y a su rearme político.

Para ese rearme, pueden apuntarse varios derroteros que permanecen en Mella sin suficiente atención, alguno de ellos en el limbo de una suspensión ya demasiado prolongada.

Mella se opuso con firmeza a la pena de muerte: «levantemos nuestro grito de protesta ante el terror que se inicia, ante la inútil severidad, ante el crimen cometido en nombre de la ley arcaica y contra los principios de la ciencia nueva». Se opuso con terquedad a la discriminación racial y afirmó el lugar del negro en la sociedad y la historia cubanas, así como prefiguró en «La fiesta de la raza» algunas de las problemáticas que llegaron hasta nuestros días bajo el rótulo del «Quinto Centenario», en lo que respecta al papel de la explotación del indígena en el desarrollo del capitalismo y en lo que alude a la responsabilidad histórica de España con la colonización de América.

En «El dominio del aire», si bien piensa que la revolución tecnológica por sí misma acarreará mayores posibilidades para la revolución social —sin analizar de modo más complejo cómo puede servir también para alejarla, como ha sucedido en el mundo capitalista occidental después de la Revolución francesa— con ese criterio también escapa del sostenido desdén, proveniente de una vasta ignorancia y de la regimentación del saber, que mantuvieron muchas izquierdas con los desarrollos técnicos de su época. Quería con ello poner el socialismo en el curso de la revolución tecnológica y no a remolque de ella, sabiendo que el socialismo no puede ser la imagen del hombre ignorante del campo que mira embelesado el desarrollo, ajeno e incomprensible, de los seres mitológicos de la ciudad-civilización-capitalismo.

Asimismo, se encuentra en su filosofía bases de una pedagogía socialista, que no piensa solo en «formar valores» a través de impartir clases, sino que comprende cómo estos encarnan en la forma misma de la organización escolar: Mella entiende cómo antes de empezar a hablar el maestro, y después de este callarse, la forma en que está organizada la escuela sigue haciendo sin cesar el trabajo de formar en valores, según escribe en un trabajo que habría de dejar inconcluso: «La Escuela Francisco I. Madero». Al mismo tiempo, Mella defiende una política socialista del deporte que se opone al criterio de la competición mercantil como aniquilamiento físico del deportista mientras hace culto falsario a la salud del atleta, como puede leerse en «Los Juegos Olímpicos».

Mella retoma los términos de «civilización y barbarie» en contra de la tradición personificada en Sarmiento —que asocia Occidente y el capitalismo modernizador con la civilización, y a la barbarie con la tradición originaria del continente— y participa de la recolocación ideológica de estos términos: la civilización es el socialismo y su derrota es el triunfo de la barbarie capitalista: «El trabajador comprende cada vez más que entre él y la naturaleza hay un intruso que es preciso quitar de en medio: el capitalista», escribe en «El dominio del aire», como un eco profundo de la estela dejada por José Martí sobre el tema.

Los elegidos de los dioses mueren jóvenes, pero Mella murió muy joven sin ser elegido por otros que no sean los que comparten el sentido de su vida y la moral de sus adhesiones. A Mella lo mató Gerardo Machado y, según denunciara en la fecha Diego Rivera, la complicidad de la embajada en México del imperialismo norteamericano.

Durante mucho tiempo, la responsabilidad por su muerte se le ha adjudicado al Stalinismo y a la figura de Vittorio Vidali, presentado por unos como héroe romántico —el célebre comandante Carlos Contreras en la lucha por la República española—, y por otros como asesino grotesco: implicado, entre otras, en las muertes de Trostky y de Andreu Nin, Vidali habría oficiado bajo las órdenes de Stalin, haciendo que la «Revolución» encontrara su templo en la noche de los pactos secretos, en las mazmorras y en los cementerios, y no en los combates al sol por conquistar libertad, pan y dignidad.

Los historiadores cubanos Adys Cupull y Froilán González, junto a otro estudio realizado por Rolando Rodríguez, han escrito lo que hasta el momento parece ser la investigación más completa —hasta donde conozco— sobre el asesinato de Mella. Ellos brindan información exhaustiva de la trama implementada por Machado para ejecutarlo después de contratar para el empeño al cubano José Magriñat y tras desembarazarse de varios políticos que, aún en el seno de la política del Machadato, se habían opuesto sucesivamente a negociar la extradición de Mella hacia Cuba, luego a pretender comprarlo por soborno y más aún negados a asesinarle.

Según se afirma, Vidali le espetó un día a Mella, fuera de sí: « No lo olvides nunca: de la Internacional se sale de dos maneras, ¡o expulsado o muerto!» Los testigos cubanos de la determinación de Machado de matar a Mella contaron sobre la fría e inflexible resolución del sátrapa para acabar con la vida del líder y de todo el proceso que llevó al desenlace fatal.

Pero ambas versiones explican mejor la vida de Mella que su muerte: lo explican todo sobre su carácter revolucionario. Enemigo de los déspotas de las oligarquías, de los tiranos del capitalismo, y de los sátrapas sepultureros de las revoluciones. Fue asesinado por Machado, pero fue el hijo nunca aceptado por el comunismo soviético.

Julio Antonio Mella personifica la imagen del revolucionario verdadero: de quien se ve obligado a ser un rebelde, en palabras de Fernando Martínez Heredia, para poder ser un revolucionario. Pueden citarse muchos errores en su vida, pero es muy difícil encontrar una opción suya que no se situase siempre a la izquierda del espectro tenido por revolucionario.

Ser rebelde es la única forma de ser revolucionario. El revolucionario, por serlo, es un hijo bastardo de la cultura oficial de su época, sus ideas son advenedizas para la teoría aceptada, sus tomas de posición resultan siempre incómodas para las burocracias que se proclaman e incluso se imaginan como revolucionarias. Mella fue el hijo bastardo que aspiró a un socialismo que, aunque parezca un imposible después de la historia del siglo xx, todavía puede y debe anunciar «con todos y para el bien de todos» como la buena nueva de su triunfo.

El pensamiento de Mella nutrió la imaginación de la única revolución socialista triunfante en Occidente, la Revolución cubana de 1959, cuando esta debió ser muy rebelde respecto a la cultura oficial de su tiempo para poder ser una Revolución. Pero Mella no sirve solo para legitimar un pasado glorioso, su pensamiento —y sobre todo su actitud— ha de acompañar la zozobra de los experimentos necesarios a las revoluciones del futuro: estas no lo serán sin hacer naturaleza plena la rebeldía.

Julio Antonio Mella tiene mucho que andar en América todavía.
La Habana, 25 de marzo de 2008

* Prólogo al volumen antológico de Julio Antonio Mella que, en la colección Vidas Rebeldes, aparecerá por la editorial Ocean Sur en 2009. (Selección, prólogo y notas de Julio César Guanche)

 

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