Descomunalmente llega Julio Cortázar tocando en Rayuela. Es una obsesión literaria que se transforma musical y fotográfica para mí. Definitivamente me acecha, me persigue. Cuando escucho a mis semejantes improvisar sobrevuelan las sílabas, palabras, ideas del argentino como acordes: «(…) el jazz es como un pájaro que migra o emigra o inmigra o transmigra, salta barreras, burla aduanas, algo que corre y se difunde (…) es inevitable, es la lluvia y el pan y la sal, algo absolutamente indiferente a los ritos nacionales, a las tradiciones inviolables, al idioma y al folklore: una nube sin fronteras, un espía del aire y del agua, una forma arquetípica, algo de antes, de abajo, que reconcilia mexicanos con noruegos y rusos y españoles, (…)».