2 de abril del 2009

Los amigos del servicio

 Por Yuris Nórido

Los amigos que uno hace en el Servicio Militar no se olvidan nunca —me dijo un día, mientras esperábamos por un camión que nos llevaría a las prácticas de tiro, un amigo que hice en el Servicio Militar y de cuyo nombre no puedo acordarme, a pesar de que me he pasado media mañana intentándolo. Yo estaba muy preocupado por la inminente perspectiva de vérmelas con un fusil de verdad, de tener que disparar a un blanco ubicado a no sé cuántos metros, yo, que nunca agujereé la silueta diabólica del Tío Sam que nos ponían en los domingos de la defensa, allá en la escuela primaria, para que practicáramos el tiro con escopetas de perlees. En aquel campo de tiro de mi infancia había un cartelito que decía: «cada cubano debe saber tirar, y tirar bien» y a mí aquello me sumía en una tremenda depresión, porque creía que estaba faltando a mi más elemental deber de cubano. La maestra intentó consolarme un día con otra frase: «cada cubano debe saber leer, y tú lees muy bien», pero aunque le agradecí el intento, aquello no me confortó demasiado. El caso es que yo tenía muy mala puntería, algo que justificaba ante mis amigos —que sí sabían tirar, y tirar bien— con mi miopía. Pero los días del domingo de la defensa —si había tiro de por medio— eran para mí un prueba terrible. Imagínense cómo me sentía ahora, que la cosa iba en serio.

Mi amigo estaba tranquilo. Parloteaba y parloteaba como si lo que íbamos a hacer fuera la cosa más natural del mundo, como si estuviera acostumbrado a hacerlo todos los días. Llegó el camión y nos fuimos al polígono. Allí nos dieron las explicaciones de rigor, nos hicieron unas cuantas advertencias y nos formaron en escuadras. Entonces no pude más y le comenté a mi amigo: La verdad es que yo tiro muy mal, tengo muy mala puntería. ¿Por qué? Porque soy miope. Eso no tiene nada que ver, para eso usas espejuelos. Pero seguro me los tengo que quitar para tirar. ¿Quién dice?, es más, los espejuelos te van ayudar: cuando vayas a tirar te pones un pañuelo en uno de los cristales, de manera que con el ojo que está destapado puedas apuntar mejor, entonces te fijas bien y cuando tengas el blanco en la mira, aprietas el gatillo…

Así lo hice, no sin temor. Y para asombro mío —y del sargento instructor a cargo del ejercicio, que estaba convencido de que lo mío eran las clases de preparación política y reglamento militar— le di a casi todos los blancos. Salí de aquel campo de tiro sintiéndome la persona más feliz del mundo. Abracé a mi amigo y le dije: no sabes cuánto me has ayudado hoy, te lo voy a agradecer siempre. Me das el pan de la merienda y quedamos en paz, me respondió riéndose. Seguimos bromeando y haciendo ejercicios y yo tuve la certeza de que, efectivamente, estos serían momentos que no iba a olvidar jamás. Por supuesto que no le di mi pan, ustedes supondrán el hambre que da pasarse una mañana tirando tiros. 

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