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Cuba clama por el regreso de nuestros cinco héroes

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Club de Amigos

7 de agosto del 2009

Benedetti

Por Yuris Nórido 

Benedetti iba a dar un recital en Casa de las Américas y todos estábamos como con mariposas en el estómago, para decirlo de una manera algo poética, lo cierto es que estábamos animadísimos porque para la mayoría de nosotros, acabaditos de llegar a la capital habanera, aquel iba a ser nuestro primer encuentro con un gran poeta, con un poeta de los mejores.

Qué  privilegio poder estar allí, frente a frente, escucharle decir los poemas que habíamos leído alguna que otra vez, que repetíamos de memoria (aunque yo, debo confesarlo, no suelo aprenderme poemas de memoria); algunos de nosotros incluso escribíamos versos, en privado, con mucha timidez, y soñábamos con que algún día alcanzaríamos gloria y cariño, que podríamos reunir a cientos de personas en un gran salón, ansiosos por oírnos declamarlos.

El  caso es que por la tarde Benedetti iba a dar un recital en Casa de las Américas, así que llegamos una o dos horas antes, para coger asiento, y allí estuvimos parloteando, hablando boberías, mientras la sala se llenaba, la expectación crecía; eso de asistir a un recital de poesía, con todas las de la ley, era, por lo menos para mí, una experiencia insólita, algo demasiado fascinante como para estarme quieto, así que sospecho que el que más boberías habló fui yo.

Para entretener la espera, que se hacía demasiado larga porque aquí, irremediablemente, no cultivamos demasiado la puntualidad y lo que debe comenzar a las tres empieza casi siempre diez o veinte minutos más tarde; bueno, que apareció por fin Benedetti y de inmediato simpatizamos con él, tan sencillo y tan pausado, con esa cara de hombre bueno, con esa sonrisa medio triste, se sentó y comenzó a leer…
Eso de que la poesía nos hace mejores no es una frase hueca, no señor, eso de que la poesía salva, tampoco lo es, eso de que solo la poesía puede explicar algunos misterios, es una verdad del tamaño de un templo; esa tarde Benedetti nos mostró un camino, nos habló directo al corazón, nos hizo llorar y reír, nos deslumbró con la fuerza de sus letras, nos hizo sentir otros y los mismos.

Salimos  de Casa de las Américas con mariposas en los pies, ligerísimos, diáfanos, alegres, nos sentamos en el Malecón y entendimos, de pronto, que la poesía está en todos lados (el sol perdiéndose en el horizonte, el embate de las olas, la risa de tu amante), pero solo unos pocos son capaces de atraparla en un papel; creí de pronto ser de esos pocos, de esos elegidos y subí al piso 20 de la beca y escribí tres o cuatro versos, me los leí en voz alta y los guardé en mi almohada, trémulo de emoción.

Afortunadamente se han perdido.

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