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26 de junio del 2009

El Hombre y su pasado

 Por Alejo Carpentier

Cualquier trozo de alfarería, cualquier piedra con la huella de un adorno, cualquier vestigio de una civilización antigua, son objeto de un verdadero culto por parte del hombre moderno.  Se interroga el pasado como nunca se le interrogó, en este nuevo afán de conocer mejor nuestras raíces, de saber muy bien adónde vamos.

Por lo mismo, en esta época tan afecta a la arqueología, nos resulta asombroso pensar que, hace muy poco aún, el hombre la despreciaba, por costumbre, una gran parte de lo hecho por sus abuelos, en siglos anteriores.  La Edad Media fue rehabilitada por los poetas románticos, hace algo más de cien años, luego de una época —la de Luis XIV— que ignoraba, prácticamente, los esplendores de la cultura gótica.  La Roma del siglo XVIII estaba llena de ruinas de templos, de columnatas de arcos de triunfo, utilizados como puntales de cuarterías y casas pobres.  Los canteros usaban las piedras romanas para sus trabajos, rompiendo escalinatas, quebrando obeliscos y basas, para llevárselos a pedazos.  Las ovejas pacían en el Foro…  Se tenía un respeto meramente retórico por lo grecorromano, puesto que quienes citaban tan doctamente a Herodoto, Plutarco, o Tácito, dejaban caer en ruinas todos los testimonios tangibles de la vida cotidiana  en aquel pasado.

Fue un médico renacentista el primer hombre que,  al tropezarse con un hacha de sile, una piedra tallada, un enser lítico, se tomó el trabajo de inclinarse para recogerlo, reconociendo un fruto de la industria humana, donde otros sólo veían guijarros despreciables. Pero, aun así, transcurrieron varios siglos de indiferencia, antes de que las gentes comenzaran a considerar con alguna devoción esos humildes restos, tan cargados de sentido, tan conmovedores, a pesar del primitivismo de su factura.

Nuestra época está asistiendo, por otra parte, a la desaparición de un falso concepto, compartido por los críticos y estetas del pasado: concepto según el cual hay artes nobles y artes inferiores; tallas, esculturas, dibujos, despreciables por el primitivismo de su factura.  Así, hasta hace muy poco, se desconocieron las artes de las estepas, con sus prodigiosas estilizaciones de animales; se ignoraron los bronces del Benin, el «greco-búdico» afgano, las maravillosas cabezas africanas del siglo XI, tan hermosas como las mejores piezas helénicas. Hoy, luego de hacerse comparaciones favorecidas por la fotografía, con su poder de ampliar el detalle. Se llega al concepto nuevo —específicamente defendido por Malraux en Las voces del silencio y El museo imaginario— según el cual toda manifestación artística alcanza la perfección en un sentido dado, resultando de ello que una hebilla siberiana que encierra toda una fábula de fiebres y caballos, es tan admirable, en su estilo, como una miniatura persa, una pintura pompeyana y la decoración de un capitel romántico, con motivos de beatitud o motivos de infierno.

Lo cual, unido a lo que nos han enseñado los arqueólogos en estos últimos años, viene a crecer nuestro respeto al hombre, en todas las etapas de su laborioso tránsito por el reino de este mundo.

Publicado en el periódico El Nacional el 21 de octubre de 1953, Caracas, Venezuela.

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