4 de marzo del 2009

Espejuelos

 Por Yuris Nórido

La maestra le dijo a mi mamá que me llevara al oftalmólogo, porque ella creía que yo necesitaba espejuelos. Le dijo que me había sentado en la última mesa y cuando me pidió leer una oración en la pizarra resultó que casi no pude hacerlo. Así que una semana más tarde nos levantamos bien temprano, de madrugada, cogimos un tren y nos fuimos a Morón, a la consulta del oftalmólogo, o del oculista, que así le decía casi todo el mundo. Después de las consabidas pruebas de las letras y los números (¿ves esta letra?, sí, ¿y ahora la ves mejor?, sí, ¿y ahora?, mejor…) vino el veredicto: el niño tiene que usar espejuelos, mamá, tiene miopía, astigmatismo y hasta un poquito de estrabismo… A mí todos aquellos términos me parecían demasiado complicados, a mí lo que me tenía seriamente preocupado era tener que usar espejuelos, como mi papá o mi abuela. Y allí mismo pregunté: ¿tengo que usarlos solo para leer? No mi amor, tienes que usarlos todo el día, a toda hora, nada más te los quitas para bañarte y para dormir. Le dieron un papelito a mi mamá y nos fuimos a la óptica. Frente a la vitrina, tuve que escoger entre un limitadísimo número de modelos de armaduras, todas plásticas, feas y enormes. No me gusta ninguna, le dije a mi mamá. Pues alguna tienes que escoger. Pero no me gusta ninguna. Si no la escoges tú, lo haremos al tin marín… Así que no me quedó más remedio que escoger la que me pareció menos fea, que de todas maneras era feísima y ahí mismo, mientras me la probaba frente a un espejo, supe que comenzaría una nueva etapa en mi vida, que comenzaría un calvario, porque esos niños burlones y abusadores que hay en cada aula sienten especial predilección por esos otros que usan espejuelos, ahí mismo supe que nadie me libraría de los nombretes de rigor, qué reto para un niño de diez años comenzar a usar espejuelos, más allá de los dolores de cabeza de la adaptación, qué reto aparecerse así en el aula, cambiar para siempre tu imagen. Y mucho más antes, en los años ochenta de mi infancia, porque ahora mismo los espejuelos son más bonitos. Una semana más tarde ya los tenía puestos y cuando llegué a la escuela, qué fiesta, qué animación, mis compañeros hicieron la mañana conmigo, enseguida me rebautizaron: cuatro ojos, bizcocho, espejuelú, de nada sirvió que la maestra los regañara,  les dijera que no había motivos para risa, que hasta me veía bien, así parecía un intelectual, qué iban a saber aquellos niños crueles qué era un intelectual, ni que les importara saberlo. Ellos lo que encontraban divertido era mi nuevo aspecto, por fin tenían a alguien con espejuelos en su misma aula, porque por extraño que parezca, yo fui el primero que los usó en mi aula, tracé el camino de estoicismo que después siguieron otros, incluido uno de los que más se rieron aquella mañana aciaga y que terminó usando unos cristales más gruesos que los míos.   

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