| 7 de marzo del 2009 |
La Haitiana |
Por Yuris Nórido |
Los haitianos venían de tarde en tarde y mi abuela les hacía café. No venían juntos, porque los haitianos eran criaturas solitarias. Pasaba también, muy de cuando en cuando, una haitiana, delgadísima, siempre vestida de blanco, inmaculada, hasta el punto de que yo no podía explicarme cómo no se ensuciaba ni un poquito con tanta tierra colorada en las guardarrayas. Se sentaba en la cocina a parlotear mientras mi abuela preparaba la comida. Le gustaba mucho la limonada y el pan con mantequilla, al que le echaba siempre un poquito de azúcar. Mi abuela decía que esa haitiana tenía más de noventa años, que era muy buena persona, que ayudaba a todo el mundo, y que estaba sola, porque se le habían muerto todos los parientes. Un día decidí seguir a la haitiana. Atravesé la arboleda sin perderla de vista. Ella iba por el camino, pasito a pasito, tarareando una cancioncilla. Me escondí detrás de un matorral, al borde del trillo. Podía verla muy bien, pero ella no podía verme a mí. De pronto tuve unos deseos irresistibles de asustarla. Cuando estuvo muy cerca me tapé la boca y ululé con voz tenebrosa. La haitiana se detuvo, meneó la cabeza y siguió caminando. Volví a ulular, ahora más fuerte. La haitiana se volvió. No parecía asustada, ni tampoco molesta. Se encogió de hombros e iba a seguir su camino, pero tropezó y cayó al suelo. Yo sí me asusté mucho, porque sabía que había sido el culpable del accidente. Sentí que tenía la obligación de ir a ayudarla, pero estaba paralizado en mi escondite. Por suerte, la haitiana se incorporó enseguida. Se había ensuciado la ropa y tenía un arañazo en la rodilla. Me dio mucha pena, mucho miedo, y empecé a llorar bajito. Entonces me descubrió. Me miró tristemente a los ojos, dio media vuelta y siguió andando. Me fui corriendo para la casa, sin saber qué hacer. Pasaron unos días angustiosos. Temía que de un momento a otro todo se supiera, creía que mi abuela no me lo iba a perdonar y eso me asustaba más que el castigo que de seguro me impondrían. Y una tarde regresó la haitiana. Venía como siempre, pasito a pasito, con la ropa blanquísima. Del arañazo, ni rastro. Yo salí corriendo y me escondí en la casita donde almacenaban el maíz. Pero mi abuela fue a buscarme para que fuera a saludar a la haitiana. Llegué temblando. La haitiana tenía su vaso de limonada en la mano. Cuando estuve frente a ella la miré con ojos lastimeros. Me alborotó el pelo y me dijo: niño bonito. Me dio un beso en la frente y siguió tomando su limonada.
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