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6 de octubre del 2009

La comedia silente

Por Yuris Nórido 

Ahora mismo no sé cuándo murió Armando Calderón, no sé si los periódicos dieron la noticia, si la Televisión le organizó algún homenaje, ahora mismo casi nadie habla de Armando Calderón, a pesar de que hubo un tiempo en que fue un hombre muy popular; tiene que seguir siéndolo, porque la gente no olvida, lo que pasa es que vamos superponiendo recuerdos y un día, de repente, la nostalgia nos asalta.

Un amigo me ha facilitado dos o tres viejísimas grabaciones de La comedia silente, el programa que Calderón hizo durante mucho tiempo en la televisión. Me he reído mucho y también he llorado un poco, porque enseguida reviví una infancia muy feliz que se va haciendo cada día más ideal, entrañable, pasto de ensoñaciones…

Armando Calderón le ponía voz, música y efecto a las viejas comedias norteamericanas del cine silente, protagonizadas por Chaplin, por el Gordo y el Flaco, por una legión más o menos anónima de hombres y mujeres de una época de deslumbramiento e inocencia.

Él mismo, tan simpático y desgarbado, tan bonachón y ocurrente, parecía uno de esos personajes a los que cada mañana de domingo les prestaba voz.

«Buenos días amiguitos, papaítos y abuelitos, bienvenidos a La comedia silente…», que de silente no tenía nada, porque él se encargaba de hacerla lo más vocinglera posible, con ese amplísimo espectro de voces, que iba desde la ronquera de los villanos hasta el falsete juguetón de los niños y las heroínas, pasando, cómo no, por el atildamiento de los jóvenes dandis, por la sensualidad trasnochada de las vampiresas, por la candidez de un Charlot.

Y tocaba la armónica para recrear una orquesta bailable, y hacía el efecto de los golpes y porrazos, y narraba los acontecimientos con gracia y desprejuicio…

Lo mejor de La comedia silente era que Calderón no se atenía estrictamente al argumento de las películas, él inventaba nuevas peripecias y motivaciones, hasta el punto de que a veces entraba en contradicción con lo que se veía en pantalla, algo que resultaba sencillamente desternillante.

Ya sé que el cine mudo tiene su magia, pero esas dramatizaciones incorporadas por Armando Calderón, lejos de banalizarlo lo dotaban de un nuevo encanto. He visto alguna que otra comedia silente en la Cinemateca y me quedo con las ganas de escuchar los pintorescos monólogos de Calderón:

«Hasta la próxima, queridos amiguitos, papaítos y abuelitos».  

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