7 de enero del 2010

Tren regular

Por Yuris Nórido 

Son las cinco de la mañana, estoy sentado en el último vagón de un tren que saldrá de Santa Clara rumbo a Morón, por la línea norte de los Ferrocarriles de Cuba. Un tren regular, medio destartalado, que poco a poco se va llenando de viajantes. Se escucha el silbido, una sacudida, suenan los hierros, es como si el tren se desperezara después de un sueño profundo. Nos ponemos en movimiento. Atrás va quedando Santa Clara, trato de ver algo por la ventanilla, pero el rocío de la madrugada ha nevado el cristal. Si todo sale bien, estaré en Morón justo después del mediodía. No es que sea demasiado lejos, a buen paso la distancia se cubriría en dos o tres horas. Pero ya he dicho que este es un tren regular, de los que van parando en todas partes, recogiendo gente en pequeñísimas estaciones, un tren que se detiene de cuando en cuando, sin que uno sepa por qué razón (tampoco nadie viene a explicarlo) y está así detenido diez, quince, veinte minutos, hasta que vuelve a escucharse el silbido, traquetean otra vez los hierros y comienza de nuevo a andar. Ahora me abruma la perspectiva de un viaje de siete horas. Siete horas, quizás más, encima de esta especie de dinosaurio mecánico, torpe y renqueante, criatura antediluviana devoradora de raíles. Siete horas de incomodidad y tedio. Me asomo a la ventanilla y veo el primer rayo de sol, que centellea en el vidrio. Pronto una suave claridad inunda el vagón. Y con la claridad aparecen los vendedores. Los hay de casi todas las edades, de todas las razas, hombres y mujeres. Pregonan sus mercaderías a voz en cuello, con más o menos gracia. Venden las cosas más dispares: cucuruchos de maní y manteles de nylon, refrescos y clavos, platos de metal y veneno para cucarachas, ristras de ajo y pintura de uñas, juguetes plásticos y cortinas de baño. Pronto me aburro y me fijo en el paisaje: típica sabana, mucha maleza, marabú, sembrados, potreros, puñados de palmas aquí y allá, arboledas… De cuando en cuando aparece una casa solitaria en medio del campo. ¿Quién vivirá allí? ¿A qué se dedicará? ¿Dónde comprará sus provisiones? ¿Con quién comentará los sucesos del día?