| 15 de febrero del 2010 |
Muñequitos Rusos
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Por Yuris Nórido |
Mi amigo Lester Vila ha publicado en el portal Cubasí una muy emotiva crónica sobre los muñequitos rusos; aunque eso de «muñequitos rusos», como él mismo apunta, es una convención, porque en realidad los dibujos animados que ahora recuerda con nostalgia y que copaban buena parte de la programación infantil de la Televisión Cubana en los setenta y ochenta, provenían de todo el antiguo campo socialista: la Unión Soviética, Polonia, Checoslovaquia, RDA, Hungría… A estas alturas (y en aquel momento también) todo el mundo los llama simplemente así: los muñequitos rusos, y todos los demás se dan por incluidos. Lester habla de su rutina diaria en aquellos años (llegar de la escuela y sentarse frente al televisor ruso a ver los muñequitos de las seis), que fue, casi con seguridad, la rutina de millones de niños de esos años. Y entonces comienza a recordar algunos dibujos animados que marcaron esa etapa: La pastora y el deshollinador (una auténtica obra de arte), El antílope dorado, Bolek y Lolek, el desternillante Deja que te coja… Confieso que me he emocionado. Y junto conmigo, unos cuantos más, que han dejado al pie del artículo sus comentarios. Algunos, de todo hay, no los recuerdan con agrado. Me hicieron recordar aquel chiste muy celebrado que no acababa de entender: el niño se portaba mal y el padre lo regañaba: Oye, pórtate bien porque si no te pongo a ver los muñequitos rusos... Yo no podía comprender por qué los muñequitos rusos eran un castigo, porque a mí me gustaban mucho. No digo que no hubiera algunos insufribles, pero había otros indudablemente hermosos. Y hermoso no es un adjetivo que pueda calificar a buena parte de los dibujos animados norteamericanos, por ejemplo. Claro que a veces el tiempo y la densidad de algunas historias predisponían a un público infantil acostumbrado a los golpes y porrazos de la factoría Disney; claro que por repetirlos hasta el cansancio llegaron a hacer monótonos. Pero poco a poco esos animados fueron labrando un cauce, cultivando una sensibilidad. Hoy más de una generación los recuerda con una mezcla de nostalgia y agradecimiento. Aunque no faltan los que siguen repitiendo que eran los muñequitos más pesados del mundo.
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