23 de marzo del 2010

Salinger

Por Yuris Nórido 

Después de todo, J. D. Salinger se salió con la suya: ha muerto en su casa de Cornish, Nuevo Hampshire, alejado del mundanal ruido, sin hacer concesiones al gran circo mediático, encerrado en sus cuatro paredes y en sus mañas. Escribiendo, dicen, aunque escribiendo para él mismo. Después de su retiro voluntario, no hubo manera de sacarlo al ruedo, de hacerlo firmar un manifiesto, de sumarlo a la dinámica de las editoriales...

Silencio, solo silencio. Terco, inaudito, misterioso silencio. Interrumpido, de cuando en cuando, por alguna que otra acción judicial contra los que quisieron hablar de su vida personal, traspasar las fronteras, romper el círculo.

Siendo quien era, ¿tenía derecho Salinger a sustraerse del mundo? Lo tenía, claro, por más que nos pese a sus millones de lectores. ¿Tenía derecho a privarnos de su creación futura? Lo tenía, claro que sí. Otra cosa es que nos resignemos.

J. D. Salinger, quien escribió uno de los más grandes monumentos literarios del siglo XX, El guardián en el centeno, parecía él mismo un personaje de novela, carne de metáfora. Después de deslumbrar al mundo con la contundencia de su obra, hizo lo que no se espera que haga un escritor de éxito, criatura casi siempre vanidosa: ocultarse.

Pero para Salinger era, precisamente, un acto de profunda entrega a la literatura: «los sentimientos de anonimato y oscuridad de un escritor —dijo en una ocasión— constituyen la segunda propiedad más valiosa que le es concedida».

Ahora que ha muerto, no pocos esperan que salgan a la luz sus últimas creaciones, las que supuestamente escribió en los largos años de soledad, las que guardó celosamente…

Pero todo parece indicar que Salinger dispuso que no salieran a la luz hasta que no expiraran sus derechos, lo que ocurrirá de aquí a unas cuantas décadas, las suficientes para que buena parte de los que ahora estamos capacitados para leer estemos muertos.
La literatura no es si no encuentra lector, dicen muchos. Según esa lógica, esas novelas y relatos todavía no existen. Para nosotros, no existen. ¿Será que no van existir nunca? ¿Es que no tenemos el derecho de conocerlas?

Quizás no, pero otra cosa es que nos resignemos.