| 12 de diciembre del 2008 |
Nuestra Giselle |
Por Yuris Nórido |
Creemos que Giselle es un ballet tan nuestro, que hasta hemos llegado a mirar con poco disimulado desdén a bailarines, a grandes bailarines de otras latitudes que han venido aquí a bailarlo con todos los deseos y todo el talento del mundo. Acostumbrados como estamos a la grandilocuencia de las frases, incluso hemos llegado a decir que es nuestro ballet nacional, aunque poco o nada tengan que ver esos bosques umbrosos y fríos con la sensual naturaleza de estas islas, aunque no hayamos inventado esas leyendas de doncellas espectrales que salen de sus tumbas, rencorosas y crueles, para hacer bailar a sus víctimas hasta la muerte.
Pero Giselle ha marcado la historia de la danza en Cuba, desde los ya lejanos días en que encorsetadas bailarinas europeas bailaban a la luz de las candilejas de un Teatro Tacón repleto de damas con abanicos y señores con habanos. Hasta hoy, en ese mismo teatro (con menos abanicos, pero igual de repleto), cuando lo interpreta, con toda la propiedad de quien sabe lo que baila, El Ballet Nacional de Cuba. Giselle es nuestra obra insignia. La versión de Alicia Alonso está sin dudas entre las mejores del último siglo: se ha bailado en La Habana y en los principales teatros del mundo, y siempre deja una genuina estela de admiración y encantamiento. Por si fuera poco, la propia Alicia fue una de las grandes intérpretes del personaje principal, la frágil y alegre aldeana devenida espíritu por culpa de un engaño de amor. Para muchos críticos, la más grande Giselle del siglo pasado. Entre las leyendas del American Ballet Theater, en Nueva York, está aquella de la noche de 1943, hace ahora 65 años, cuando la joven Alicia, que no había pasado de algunos roles solistas, se atrevió a sustituir nada menos que a la inmensa Alicia Márkova y bailó una Giselle hechizante que dejó mudos de admiración a los más reticentes. Desde entonces, la Alonso hizo del personaje una leyenda. Le dio rostro y alas. Lo dotó de una verdad inefable. Pero más allá de su hechizante presencia sobre el escenario, Alicia Alonso nos ha entregado una Giselle viva; la ha puesto, confiada, en manos de sus alumnos, de su público todo. La ha hecho eterna. Símbolo hermosísimo del amor.
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