Dossier sobre “La diversidad sexual y contra la homofobia” actualizado el 14 de mayo/2008

11 de julio del 2008

Postales desteñida

Por Yuris Nórido

Me ha dado por recorrer mercados industriales en moneda nacional, de esos donde no suelen vender lo que estás necesitando o si lo están vendiendo puede que sea demasiado caro o demasiado feo. Algunas cosillas sí he comprado, no los voy a engañar, y no me han salido malas. Por ejemplo: unos calzoncillos que están bastante caritos pero son muy cómodos, resistentes y no lucen mal. Están a la venta en casi todos los establecimientos de ese tipo en La Habana, no sé si en las demás provincias.

Pero la crónica de hoy no es sobre calzoncillos, como ustedes supondrán. Porque lo que me resulta más interesante de estos itinerarios comerciales no es lo que decido comprar, sino lo que no compraría ni muerto. Las vidrieras y mostradores de muchas de estas tiendas son un muestrario de adornos para el hogar de dudoso gusto, accesorios femeninos de tosquísimo acabado (una señora preguntó el otro día si unas hebillas plásticas para niña eran horquillas para tender la ropa), zapatos de colores imposibles y diseños torturantes, pozuelos cuyas tapas se empeñan en no ajustar, relojes despertadores sin garantía de que lleguen a sonar… Y ni hablemos de la ropa, reciclada o no.

El otro día pusieron en la televisión un reportaje sobre la calidad de la oferta que era como para erizarse: había unas blusas y unos pantalones tan coloridos y estrambóticos que parecían diseñados para payasos de circo. Lo que no estaba para reírse era el precio.

Ya sé que la última palabra la tiene el cliente, que a nadie le ponen una pistola en la sien para que compre esto o lo otro; pero la verdad es que cierta parte de la oferta, más que en una tienda, merecería estar en un museo del kitsch. Así que entro a los establecimientos con un interés más bien antropológico y cultural.

Mi último descubrimiento es una verdadera joya: al increíble precio de cinco pesos están vendiendo unas postales desteñidas y muy maltrechas con imágenes de La Habana y otros lugares de interés. Si fueran de principios del siglo pasado tuvieran algún valor para un coleccionista, pero el caso es que son del otro día, como quien dice. Y para colmo, no se destacan por su belleza. Le pregunté a una vendedora si alguien había comprado alguna y me miró con extrañeza.

—No hijo, no. ¿Quién va a querer comprar eso? Si soy yo no me las llevo ni regaladas.

Y todavía hay quién desconfía de la honestidad del comerciante.

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