He ido con mis amigos al Parque Lenin a montar en la montaña rusa. A eso he ido exactamente: a montar en la montaña rusa. La última vez que me había montado en una fue hace más de veinte años. En ese mismo parque de diversiones, por cierto. Iba con mi papá, mi mamá y mi hermano. A mi hermano no le dejaron subir porque era muy chiquito, así que se quedó llorando en la acera. Mi mamá se arrepintió a última hora. Nos montamos mi papá y yo. Solo recuerdo el salto en el estómago, la gritería de una señora y la cara de espanto de mi papá.
Cuando nos bajamos, mi papá nos dijo: puesto y convidado, es la última vez que me subo en un aparato de estos. Pero yo, a pesar de que me asusté muchísimo, me quedé con las ganas de montar de nuevo.
Vinimos alguna que otra vez al Parque Lenin pero nunca teníamos suerte: la montaña rusa siempre estaba cerrada, o en reparaciones, o había llovido... Después vino el período especial y ya no pudimos venir en un buen tiempo a La Habana. Después ya no había montaña rusa. No es que fuera una obsesión, pero de cuando en cuando recordaba mi única aventura en una montaña rusa y me entraban ganas de reeditarla. Así que cuando me enteré de que habían construido una nueva en el Parque Lenin, que daba una vuelta entera y te ponías de cabeza, me puse muy contento y me dije que cualquier día de estos regresaría y me montaría.
Pasaron unos cuantos días, unos cuantos meses y heme allí, frente a la montaña rusa. Mis amigos estaban tan excitados como yo. Hicimos la cola, la larga cola, montamos en los vagones, comenzamos a ascender poco a poco, y entonces me doy cuenta de que no, que no quería montar, que no estaba para eso, que me quería bajar, que aquello estaba demasiado alto, que estábamos llegando a la cima, que íbamos directo al abismo, y yo lamentándome, temblando de pies a cabeza, torturado por el vértigo.
Llegamos a la cima y la fuerza de gravedad hizo lo suyo. Lo demás ustedes podrán imaginárselo.
Después del susto, después del terrible salto en el estómago, después de la gritería, después de mi gritería, después de las caras de espanto, después de mi propia cara de espanto, después de decir: puesto y convidado, nunca más me montaré en este aparato; heme allí de nuevo, haciendo la cola, la larga cola, montando en el vagón, ascendiendo poco a poco, preguntándome qué hago allí, por qué no lo pensé mejor, quién me habrá mandado... Y así una vez más, y dos, y tres, y cuatro veces...