Dossier sobre el VIII Congreso de la UPEC

4 de septiembre del 2008

Primer y último beso en el malecón

 Por Yuris Nórido

¿De cuántos primeros besos habrá sido escenario el Malecón de La Habana?
¿Cuántos deslumbramientos allí, a la luz dorada del sol poniente, mientras la espuma de las olas nos humedece el rostro?
¿Cuántos roces, cuántas caricias, cuántos abrazos?
¿Cuántas miradas cómplices?
¿Cuántas frases nerviosas, titubeantes?
¿Cuántos corazones a punto de salirse del pecho?
¿Cuánta florcilla guardada en un libro?
¿Cuántas monedas lanzadas al agua pidiendo un deseo?
¿Cuánta brisa despeinando los cabellos de tu amante?
¿Cuánto sabor a sal en los labios?
¿Cuánta pasión apenas contenida?
 
El Malecón es, definitivamente, nuestro muro del amor, perdonen si todo esto les ha sonado demasiado cursi.

Cuando cae la tarde, a esa hora deliciosa en que el sol no quema tanto, el muro se llena de parejas. Gente conversadora y animosa que baja de la ciudad buscando el aire fresco del mar, gente que ha tenido un día agotador en el trabajo y necesita «despejar», que hoy no quiere llegar temprano a sus cuatro paredes porque todos los días es lo mismo: del trabajo a la casa y de la casa al trabajo, esto no es vida, no señor.

Como no nos alcanza el dinero para irnos a un restaurante, o a un cabaret, como en los cafetines literarios no tenemos demasiado tiempo para conversar (a uno le da pena con los de la cola), como nuestro banco preferido del parque está ocupado por alguien que no tiene la menor intención de levantarse, como Coppelia está tan lleno, como ya vimos la película del Yara, como no hay nada mejor que hacer, en fin, vamos para el Malecón, tú y yo solos,  que hay fresco y la vista es linda.

La gente sabe que en el Malecón puede besarse a sus anchas, sin que nadie se escandalice demasiado, la gente sabe que puede tomarse de las manos, mirarse hasta el cansancio, tocarse, apretarse… Los demás pasan y, cuando más, sonríen. El Malecón es la antesala del amor, el inicio del camino.

Pero,  ¿de cuántos últimos besos habrá sido escenario el Malecón de La Habana?
¿Cuántas despedidas allí, a la luz dorada del sol poniente, mientras la espuma de las olas y nuestras lágrimas nos humedecen el rostro?
¿Cuántas miradas tristes?
¿Cuántas frases nerviosas, titubeantes?
¿Cuántos corazones a punto de salirse del pecho?
¿Cuánta florcilla sacada de un libro?
¿Cuántos deseos malogrados?
¿Cuántos sueños sin cumplir?
¿Cuánto viento molesto despeinándonos?
¿Cuánto sabor a sal que agrieta los labios?
¿Cuántos «hasta siempre», «fue bonito mientras duró», «no quiero verte nunca más»?
¿Cuántos irse sin mirar atrás?

Perderse entre la gente que se ríe, que canta, que se besa y se abraza, ajenos a nuestro dolor y nuestro miedo.

 

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