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Actualizada: 6/08/2010


Universidad y yo

 

Por Carlos Ruiz de la Tejera

Carlos Ruiz de la Tejera

Nací para lo que hago, pero la frustración de mi padre de querer que fuera ingeniero civil me obligó a estudiar esta profesión. Desde que vine al mundo estaba predestinado a ella. La Ingeniería es una carrera hermosa y además, útil a la humanidad, y yo soy humanista.

Este matancero que está aquí tiene más años que una pirámide. Debía acabar la carrera en el 1957. Cursé los estudios universitarios en la escuela de Ingeniería, que en aquel entonces estaba frente al Hospital Calixto García, donde radicaba la Escuela de Física.

Cuando estudié en la universidad había asignaturas comunes a varias carreras y las clases eran masivas. Por ejemplo, dábamos Matemática los ingenieros civiles y los eléctricos.

Imagínate, me llevaba todos los premios en la escuela, hacía parodias, recitaba, cantaba. Había desarrollado una personalidad que sin darme cuenta me hacía simpático. ¿No han escuchado que la dicha de los feos los bonitos la desean? Porque los feos desarrollamos una personalidad x, tenía ese don. Como poseía ciertas cualidades físicas, no precisamente bellas, desarrollé inconscientemente una forma de que todo el mundo me aceptara a través del humor. Nací largo, muy flaco, pesaba cinco libras y tres cuartos. ¡Parecía una cruz en la cuna y tenía la misma boca que tengo ahora!

Yo debí entrar al Instituto por los años 51 o 52. El Instituto de La Habana era un modelo. Además, contaba con una cátedra de música fundada por Hilda Ruiz Castañeda, doctora en Filosofía y Letras. Ahí conocí a Fructuoso Rodríguez, entre otros compañeros. Pero en realidad yo nací para ser artista. En toda la etapa universitaria me sentí muy ligado a la cultura por la gran labor que realizaba la FEU. Siendo estudiante del Instituto entré en el Coro Polifónico de esta institución y posteriormente en el coro de cámara Madrigal de La Habana.

En el 57 me encontraba cursando el último año de Ingeniería Civil, entonces se me presentó una gira por toda España con el grupo Madrigal de La Habana al cual yo pertenecía y tuve que interrumpir mi carrera; me faltaban tres asignaturas para graduarme. Nunca me alegré tanto de un viaje como ese, porque fue ahí cuando reafirmé mi condición de artista. Y mi padre por poco se muere!!!

Estando en España ocurrió el asalto al Palacio Presidencial. Mi prima era muy amiga de ‘Manzanita’ y estaba muy metida en las acciones del Directorio Revolucionario, fue muy duro cuando me enteré por ella del asalto a Palacio y de la muerte de algunos compañeros de la universidad.

Cuando regresé de la gira, la Casa de Altos Estudios había cerrado y entonces empecé a trabajar como auxiliar de ingeniero en distintas compañías.
Recuerdo con agradecimiento a mis colegas del Instituto de La Habana, los que me siguieron en pos de alcanzar el profesionalismo en la creación de estructuras: Sixto Ruiz, Abalo y Paco Medina, posteriormente profesores del Instituto Superior pedagógico «José Antonio Echeverría» (ISPJAE), entre otros que compartieron conmigo el aula. Sin ellos yo no hubiera podido aprobar las asignaturas que exigían una profunda concentración, hubiera tenido que pagarles a los profesores para que me repasaran y como no tenía dinero, me alié siempre a los más inteligentes. Yo sé que hoy día, ellos se alegran de mi condición de artista.

Participé en la construcción del edificio Hermanas Giralt, en la calle 23. Esa bella construcción no tiene columnas y los cimientos están constituidos por grandes anclas. ¡Imagínate tú, yo acabado de graduar, era el ingeniero auxiliar. ¡La cola de las concreteras doblaba la esquina! Todos me decían: ¡Pero Carlos Ruiz! Y yo contestaba: ¡Lo importante es que no se caiga! Ese edificio estaba calculado para 28 pisos y se quedó en 14. Todos los cimientos se hicieron bajo mi responsabilidad. Cuando Raquel Revuelta se mudó allí, me dijo !yo sabía que iba a morir aplastada!

Realmente me especialicé en Hidráulica y hay presas que están firmadas por mí. A cada rato comentan desde los archivos de las oficinas, oye hay una presa aquí que dice Carlos Ruiz de la Tejera, y yo pregunto: ¿Se cayó? 
La asignatura que más dolores de cabeza me dio cuando estudiaba fue la Hidromecánica. Sin embargo, ella se convirtió en mi fuerte y quizás por ello guardo entre los gratos recuerdos, vivencias profesionales en la entonces Sección de Recursos Hidráulicos, hoy Instituto homónimo. Allí fui ingeniero auxiliar, a las órdenes de un  especialista mexicano.

Estando en los coros de la ópera, cuando eso la universidad estaba cerrada todavía, yo estudiaba francés en la alianza con María de los Ángeles Santana. Ella me recomendó que estudiara actuación con Andrés Castro o con Vicente Revuelta. Andrés Castro tenía la sala Las Máscaras cerca de aquí (mi apartamento en el Vedado), así que fui con él. En ese taller conocí a Enrique Almirante, quien era ya un gran actor en esa época. Yo trabajaba como ingeniero por el  día y como actor, de noche.

Fui ingeniero hidráulico en el Ministerio de la Construcción (MICONS) cuando el ministro era Osmany Cienfuegos. Llegué a ser jefe del departamento de Hidráulica y ponía a mi secretaria a escribirme los guiones mientras trabajaba. A las siete de la mañana yo estaba trabajando y a las cinco de la tarde salía corriendo para las prácticas de actuación.

En el humor que hago jamás me verás riéndome de las desgracias ajenas. Considero, como dice Neruda, que «El humor que se hace con las desgracias humanas es moralmente enfermo». La estética marxista dice lo mismo, pero yo lo hago por intuición.

En mi época no existía el humor en la escuela. Por eso nunca he perdido el vínculo con las universidades, he actuado y recitado muchas veces en el Aula Magna. Pienso que la universidad siempre será un centro cultural muy importante en nuestro país, lo que hay es que aprovecharlo y explotarlo más.
Tengo en el alma un sentimiento muy martiano que me lo inculcó mi madre. Trato de ser lo mejor posible y no me gusta la injusticia.

Hay algo que siempre he tenido muy presente y me gustaría transmitirlo, y es que la piel se arruga, el pelo se pone gris. Sigue, aunque otros quieran que te detengas. Cuando por los años no puedas correr, trota. Cuando no puedas trotar, camina. Cuando no puedas caminar, usa el bastón, pero nunca, nunca te detengas. 

Nota: Breve testimonio concedido en entrevista inédita a Alma Mater.

Elogio de la risa
por Carlos Ruiz de la Tejera

El hombre es un ser integral, es el único animal que ríe, porque la hiena hace su alarido, pero ese es su ladrido. El hombre ríe porque tiene inteligencia y compara la verdad con la mentira. ¿Quieren ser cómicos? Digan la verdad para que vean. La gente dice una cantidad de mentiras que cuando yo digo la verdad me dicen: «¡Qué cómico tú eres, Carlos Ruiz, qué cómico!»

Claro que lo que les da risa a unas personas, no les da a otras. Al tipo honesto, al trabajador, le da risa cosas que al delincuente, al que se roba las bicicletas no le da. Al torturador le encanta reírse de la víctima, le dice: «te voy a sacar un ojo, te voy a machucar...» pero si la víctima se ríe desarma al victimario, porque el humor es un arma. Por ejemplo, en historia de la cristiandad había un santo, San Mauro, era humorista e inteligente. Los paganos lo tomaron cautivo, lo metieron en una tina de agua hirviente, pero como era humorista cuando entró dijo: ¡Qué fría! Entonces, el sultán confundido metió la mano y se achicharró. Las carcajadas de San Mauro taparon el grito del sultán, porque es que el humor es un arma contra la mediocridad, contra la ignorancia.

Claro que para reírnos de los demás, aunque sean malos, hay que empezar a reírse de uno mismo y eso parte del dolor, pero una risa pensada, no la risa estúpida de los que se ríen de los problemas de los demás. «¡Te caíste!» «Ja.Ja.Ja. No importa que te partas la columna vertebral; ¡Te pusieron los tarros!» ¡Ja, ja, ja, ja! o la risa histérica de los que van en el barco que se va hundiendo y dicen: «¡Nos hundimos!», ja, ja, ja.

 

 

 
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