28 de enero del 2010 |
|
Amarlo desde lo grandioso |
|
Por Sofía D. Iglesias |
|
Martí por estos tiempos nos resulta tan conocido, como si hubiésemos vivido gran parte de la vida junto a él. Y es que de pronto se nos aparece en los centros de trabajo, en las escuelas, en los parques… con forma tangible desde un busto, o sin ella, desde un discurso inspirado en sus palabras. «En Cuba, cuando se habla de Martí, cuando se le ama y se le conoce, es un gran paso para ser mejores. Decimos José Martí, y ya estamos sintiendo su brazo generoso en torno a nuestro brazo y casi contemplando aquella su sonrisa detenida en los ojos graves, aquel bondadoso resplandor que, ascendiendo siempre, subía a la frente amplia y como curvada por el empuje tenaz de sus pensamientos. Se le siente y presiente cercano y afable, como a alguien compañero y amigo. Un hermano mayor tierno y solícito que nos atiende y nos socorre; que nos guía.» Dijo la escritora cubana Dora Alonso al referirse al Apóstol. Y no es menos cierto que al Héroe Nacional de Cuba lo conocemos desde nuestros primeros pasos en la vida. El vocablo Martí se enseña en el primer grado escolar como ejemplo de palabra aguda. Cada mañana, después del matutino, se le suele poner flores al pie del blanco de su imagen. Se recitan poesías suyas todos los 28 de enero. Leemos y escribimos sobre él. Los infantes son niños hermosos, siendo buenos, inteligentes y aseados… Y por esto creemos que nos pertenece, que es alguien más de nuestra familia, y vamos perdiendo la capacidad de asombrarnos con su brillantez. ¡No lo queremos endiosado! ¡No lo queremos deshumanizado! Pero sí necesitamos recobrar el sentido de que es, tal vez, único en la historia de la humanidad, un verdadero hombre excepcional, inigualable e invencible. «Martí, el gran Martí, andaba de tierra en tierra, aquí en tristezas, allá en los abominables cuidados de las pequeñas miserias de la falta de oro en suelo extranjero; ya triunfado, porque a la postre, la garra es la garra y se impone, ya padeciendo las consecuencias de su antagonismo con la imbecilidad humana; periodista, profesor, orador; gastando el cuerpo y sangrando el alma; derrochando las esplendideces de su interior, en lugares donde jamás se podría saber el valor del altísimo ingenio y se le inflingiría además el baldón del elogio de los ignorantes… «Su cultura era proverbial, su honra intacta y cristalina; quien se acercó a él se retiró queriéndole. «Y era poeta; y hacía versos.” Fue la opinión de Rubén Darío sobre el el hijo de Leonor Pérez y Mariano. Si bien su legado político ha ganado más trascendencia, sin duda alguna vivió con el talento de la poesía. Asimismo lo corroboró Juan Marinello al expresar: «Lo principal de la extensa obra literaria de Martí, que abarca treinta gruesos volúmenes –caso asombrador en un hombre que organiza la última guerra libertadora contra España y muere a los 42 años- , se produjo en prosa. «Preocupado vitaliciamente por los problemas sociales de su América y obligado a esclarecer de continuo la acción revolucionaria de sus compatriotas, la prosa había de ser el vehículo oportuno de su quehacer político. La calidad mantenida y la originalidad sorprendente de sus artículos, cartas, ensayos y discursos ha situado en segundo término su condición de poeta de dotes magnas y solitarias. «En la obra poética de Martí están presentes elementos y virtudes que son comunes a su reino literario. Así la comunicación entrañable con las esencias clásicas de su lengua, la información plena sobre las literaturas de su tiempo, la audacia innovadora de sus giros, la sinceridad encarnizada de la expresión y el poder para entregarnos sus magnas angustias, están tanto en su prosa como en su verso...» Así era José Julián y todo lo que venía de él, íntegro. Cuando buscamos información sobre algún tema, por insólito que sea, aparece la opinión de Martí para sorprendernos y preguntarnos entonces, cómo un hombre con necesidades materiales, en plena organización de la guerra del 95, trabajando con los exiliados políticos, escribiendo…, pudo adelantársele a su época avizorando el peligro que representaban los Estados Unidos y concibiendo a Cuba como eslabón fundamental en la integración de América Latina. Esto lo argumenta en el documento conocido a lo largo de la historia como Manifiesto de Montecristi: «La guerra de independencia de Cuba, nudo del haz de islas donde se ha de cruzar, en plazo de pocos años, el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y al equilibrio aún vacilante del mundo.» Era el maestro un todo personificado que multiplicaba las horas para obrar por la independencia, por la cultura, por las mujeres, por los niños…«Su mayor mérito, desde mi punto de vista, -comenta Fidel castro en el libro Cien Horas con Fidel- es que logra unir y dirigir políticamente a generales famosísimos. Tenía mucho carácter, sabía discutir, y en cierto momento hasta rompe con alguno de ellos. Pero reúne a la emigración cubana, la organiza en un partido revolucionario, predica, recoge fondos, lleva a cabo un colosal trabajo concreto y multifacético. Desarrolla, además, una concepción integradora para América Latina.» Al oír de esta ocupación incesante de Martí, nos surgen las certidumbres de su fuerza sobrehumana, de su tesón robótico, endiosado; mas, su perenne capacidad de amar a la par del deber nos lo tornan cercano, indefenso y noble, sin dejar de resultarnos magnánimo. Pues como afirmara Ernesto Guevara: «Martí fue el mentor directo de nuestra Revolución, el hombre a cuya palabra había que recurrir siempre para dar la interpretación justa de los fenómenos históricos que estábamos viviendo y el hombre cuya palabra y cuyo ejemplo había que recordar cada vez que se quisiera decir o hacer algo trascendente en esta Patria… «(…) de todos los amores de Martí, su amor más grande estaba en la niñez y en la juventud, que a ellas dedicó sus páginas más tiernas y más sentidas y muchos años de su vida combatiendo.» Su virtud no radica en la perfección de un inmortal, sino en su superioridad a partir de los defectos ineludibles de la naturaleza humana. Al decir de Julio Le Riverend, destacado historiador cubano, «Martí, al que se ha pretendido presentar –entre otras muchas desnaturalizaciones- como un vulgar creyente en el más allá y hasta en la transmigración y reencarnación de las almas, no murió el 19 de mayo de 1895. Simplemente, comenzó una nueva vida. (…) «Ahora sabemos que cada obra de cubano bueno sea para la defensa, o el trabajo, o el arte, o la ciencia, viene de Martí y con él se encamina hacia el futuro que él avizoró y dejó como legado para que lo construyamos, alto, cada vez más alto, noble, cada vez más noble.»
|