EN FORMA PARA LA REFORMA
Por Yoerky Sánchez Cuéllar
Fotos: Elio Mirand
Durante una conversación con estudiantes, intencionalmente lancé la pregunta:
¿Saben ustedes el alcance de la Reforma Universitaria de 1962 en Cuba?
Todos quedaron pensativos, tratando de encontrar la respuesta. A los pocos minutos una joven levantó la mano y en nombre de sus compañeros de grupo espetó: «En verdad, no sabemos… Es que de eso nunca nos han hablado en clases».
La exclusión de aspectos importantes de nuestra Historia (sobre todo la más reciente) por parte de profesores y la falta de prácticas investigativas en muchos alumnos provocan que acontecimientos como este, de irrebatible valor histórico, permanezcan aún en el olvido.
Pero… ¿Por qué es necesario conocer sobre la Reforma? ¿Dónde están sus antecedentes? ¿Qué aportes hizo al desarrollo educacional de nuestro país? ¿Cuáles fueron las interrogantes que se planteó hace ya 50 años? ¿Qué contradicciones encontró con el modelo heredado del capitalismo? ¿Cómo interpretar sus postulados en sintonía con la realidad actual de la Isla?
Entendiendo el cambio
En su texto «La Reforma Universitaria de 1962», el profesor Eusebio Reyes Fernández menciona varios intentos reformadores que ocurrieron en la Universidad de La Habana (UH) desde el propio siglo XVIII. Sin embargo, no es hasta los años veinte de la Cuba neocolonial que el movimiento alcanza mayor impacto.
La destacada intelectual cubana Graziella Pogolotti ha expresado que «para entender el proceso de Reforma que vivimos en los sesenta, hay que remitirse a la década del veinte. La modernización de la universidad fue un reclamo histórico de los estudiantes que se trasmitió de generación en generación».
En aquella década Latinoamérica veía con optimismo las luchas de la Universidad de Córdoba. La visita en 1922 de su rector, José Arce, a la casa de altos estudios habanera dio gran impulso al estudiantado cubano.
Las páginas de Alma Mater reflejaron las palabras de Arce en el Aula Magna: «La Universidad de La Habana padece de los mismos males de la República de Cuba, y los jóvenes cubanos son los únicos que, actuando con decisión, con energía, con gran virtud, con gran moral, pueden salvar pronto a Cuba de la gravísima crisis que atraviesa». Más adelante afirmaba: «¡Ojalá sirva el gesto cívico de la juventud universitaria, como ejemplo a los adultos de hoy y tras la regeneración de la Universidad venga la de Cuba!»
Julio Antonio Mella, líder indiscutible de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), encabezó la defensa de la autonomía, consciente de que no podía cambiarse la universidad si no se liquidaba el régimen social imperante. Más allá de pedir participación estudiantil en el gobierno universitario, la sustitución del método verbalista por el científico, la gratuidad de la enseñanza, entre otras demandas, Mella aspiraba a barrer todos los males de la República.
De esa manera, el 10 de enero de 1923 la Organización que él fundara días antes emitió un documento conocido como el Programa de la Reforma Universitaria. El texto proponía la soberanía en lo docente, económico y administrativo y eliminar el control gubernamental sobre los fondos del presupuesto, así como las falsas jerarquías entre los profesores. Llamaba a crear, igualmente, un tribunal depurador porque «nuestra patria no puede sufrir, sin menoscabo de su dignidad y su decoro, el mantenimiento de sistemas y doctrinas antiquísimos, que impiden su desenvolvimiento progresivo».
Al llegar Gerardo Machado al poder se disolvió la Asamblea Universitaria, la FEU pasó a la ilegalidad, regresaron los profesores separados y se vieron tronchadas muchas de las aspiraciones. La contrarreforma fue ganando terreno y la situación llevó a Mella a escribir en la revista Juventud: «Un día milagroso un grupo de idealistas pretendieron hacer la Universidad nueva, donde el estudiante fuese soberano. Este sueño fue realidad por un tiempo, solo por un tiempo. Hoy hemos vuelto al pasado bochornoso».
La Universidad nueva
Al triunfo de la Revolución en 1959, resultaba alarmante la educación superior, y hasta el propio concepto estaba en quiebra. En un país con una economía fundamentalmente agrícola, la agronomía tenía un nivel irrisorio y su enseñanza se realizaba sin contacto con la práctica.
Existían pocos ingenieros civiles, eléctricos, químicos y mecánicos; no se atendían las posibilidades de la Química orgánica. Los estudios de Economía contaban con un siglo de retraso en extensión y los filosóficos se limitaban a nociones de antaño.
Se formaban abogados sin rigor jurídico y muchos de los graduados en Filosofía y Letras no completaban sus estudios en ninguna de las dos ramas. La Pedagogía arrastraba la influencia del pragmatismo yanqui y la Medicina carecía de organización en el trabajo de las ciencias básicas y la práctica hospitalaria.
«Yo tuve muchas insatisfacciones con mi Universidad, señala Graziella Pogolotti. Cuando estudiaba Filosofía y Letras, los contenidos se quedaban en los fines del siglo XIX. No conocíamos lo que pasaba en el mundo en aquel momento. Por eso, era partidaria de la Reforma. Siempre tuve la misma perspectiva crítica sobre la Universidad en la que me gradué en la década del 50».
El 10 de enero de 1962, luego de amplias discusiones, quedó aprobada la Reforma Universitaria con carácter de Ley. La Comisión Ejecutiva, presidida por el entonces Ministro de Educación Armando Hart, contó además con la presencia de personalidades como Regino Boti (Vicepresidente), Carlos Rafael Rodríguez, Gaspar Jorge García Galló, entre otras.
En su artículo IV la legislación daba respaldo jurídico a la participación estudiantil en la dirección de la institución: «La Universidad de La Habana será gobernada por sus profesores y alumnos, bajo la responsabilidad de los mismos y por medio de las autoridades y organismos que determinen los estatutos».
La Reforma enfrentó el verbalismo, el memorismo y el pasivismo, calificándolos como «una inadmisible prevaricación docente». Para ello emitió rigurosas disposiciones que aseguraban una enseñanza verdaderamente dinámica y eficaz.
Dispuso que los cursos estuvieran divididos en dos semestres, con lo que facilitaba a los alumnos concentrar el esfuerzo en pocas materias y utilizar horarios más sencillos, contra el antiguo sistema de cursos anuales no divididos. Concibió al Departamento, y no la Cátedra, como base de la estructura funcional en cuanto a la docencia y la investigación. Las Facultades serían entonces órganos superiores para la integración de las ramas afines.
Sobre la problemática del ausentismo dictaminó: «para los alumnos de asistencia cotidiana, la asistencia será obligatoria en no menos del 80% de las clases y trabajos prácticos en cada asignatura. Una asistencia menor implicará automáticamente la imposibilidad de aprobación de la asignatura afectada».
El sistema de evaluación también sufrió transformaciones. Ya no se aplicaría un único examen, sino evaluaciones periódicas. De este movimiento nació la idea de alumnos ayudantes, cargos a los que podían aspirar los más aventajados. Asimismo, los profesores extranjeros pudieron impartir docencia en el curso regular, hasta entonces prohibido.
Constituyeron aspectos relevantes dentro de la Reforma la conformación de un sistema de becas al servicio de quienes carecían de recursos económicos para iniciar o continuar sus estudios y el surgimiento de la Extensión Universitaria, responsabilizada en fomentar la cultura, el deporte y la recreación dentro y fuera de los muros de la universidad.
Al analizar estos sucesos, José Miyar Barrueco, quien fuese luego rector de la UH, señaló: «el concepto de universidad, su función en la sociedad, su papel formador, educador, solo podía lograrse con profundos cambios en ella. No solo se trata de instruir, se trata de educar, desarrollando en los jóvenes una forma superior de pensar y actuar, basada en valores, principios, convicciones…».
Para el líder de la Revolución Cubana Fidel Castro, quien estuvo al tanto en todo momento de los cambios, «la Reforma Universitaria de 1962 que hicimos era la que correspondía a las demandas de de una reforma universitaria dentro de una sociedad burguesa; eran viejas aspiraciones como autonomía, profesorado a tiempo completo, aspectos económicos, becas, etcétera, que eran de interés general».
Llegaba así «el día milagroso» del que habló Julio Antonio Mella. La Revolución naciente hacía realidad los sueños de quienes enfrentaron durante décadas el maltrato de los gobiernos proyanquis.
Contra la inercia infecunda
Recientemente, en la sede del Ministerio de Educación Superior el doctor Armando Hart y el Profesor de Mérito Juan Nuiry protagonizaron un intercambio acerca de la Reforma de 1962. Nuiry recordó que en la revista Saeta, Fidel había planteado desde hacía muchos años antes la necesidad de un cambio radical en la vida universitaria.
Insistió en que podía valorarse, a la luz de cincuenta años de transformaciones educacionales, la posibilidad de emprender otra reforma en los estudios superiores.
Sobre este aspecto, las ideas de Hart alentaron el debate: «las universidades —como se ha comprobado históricamente— no pueden vivir al margen de su tiempo porque corren el riesgo de verse envueltas en una inercia infecunda. Para ello tienen que insertarse ágilmente en la actualización del medio circundante, con flexibilidad y sin perder el rigor, como agentes impulsores del nuevo desarrollo y capaces de asegurar las respuestas urgentes que el país demanda».
Y aconsejaba: «Cualquier reforma universitaria que emprendamos tiene que tomar en cuenta las realidades de nuestro tiempo. (…) Desde la Campaña de Alfabetización he quedado claro de que es necesario combinar el principio de masividad, que distingue todo el proceso educacional de la Revolución, con el rigor científico y académico que demandan los tiempos actuales».
Al intervenir en el encuentro, Miguel Díaz-Canel, Ministro de Educación Superior, convocó a desarrollar un pensamiento colectivo sobre la Reforma. «Me queda la insatisfacción —comentó— de que cuando era estudiante y luego profesor universitario nadie me habló sobre ella. Hoy constituye una de las ausencias formativas que tenemos porque no está incorporada al patrimonio de alumnos y docentes. Debemos ser capaces, a partir de ahora, de trasmitir ese legado».
Dijo también que todas las etapas por las que ha pasado la enseñanza superior han respondido a las preguntas que se planteó la Reforma: ¿Qué es lo que hay que estudiar en las universidades? ¿Quiénes deben hacerlo? ¿Cómo lo vamos a enseñar?
Este acontecimiento alcanza un significado mayor si después de cinco décadas se compara con lo que ocurre en diversas latitudes. «Cuando hoy se estudian las tendencias actuales de la educación superior en el mundo, las que están fundamentalmente en el debate internacional como aspiraciones (equidad, gratuidad, universalización, masificación, vínculo docencia-práctica-investigación) Cuba las superó desde la aprobación de aquella Ley en enero de 1962», explicó Díaz Canel.
Y es que todo ello se resume en una frase recordada por Nuiry y que estudiantes y profesores cubanos toman de Enrique José Varona, con espíritu transformador: «Para la Reforma…hay que estar en forma».
En el sistema nacional de educación, corresponde a la Universidad suministrar la enseñanza superior a sus alumnos y extenderla, en lo posible, hacia todo el pueblo.
Le incumben, además, las tareas de realizar la investigación científica general y difundir los conocimientos y la cultura.
En consecuencia, será obligación de la Universidad:
a) Formar profesionales de nivel superior en el número y calidad que demanden las necesidades de la nación.
b) Organizar y difundir los estudios de la ciencia y las humanidades
c) Realizar investigaciones científicas, desarrollar el espíritu de investigación en los universitarios y colaborar con las instituciones científicas y organismos extra-universitarios.
d) Completar la formación cultural, moral, política y corporal de los estudiantes, de modo que constituyan ciudadanos de las más altas cualidades, dispuestos a servir siempre a la Patria y a la Humanidad con la eficiencia, el desinterés y la abnegación necesarias.
e) Contribuir a elevar, mediante actividades de extensión universitaria, el nivel cultural del pueblo cubano.
f) Fomentar el intercambio científico y cultural entre Cuba y los demás países del mundo.
(La Reforma de la Enseñanza superior en Cuba. Consejo superior de Universidades. 10 de enero de 1962)
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