Dossier sobre el VIII Congreso de la UPEC

15 de agosto del 2008


La Universidad a 90 años de la Reforma de Córdoba

Otra hora Americana

Por Tamara Roselló Reina

Reforma es siempre creación de usos nuevos
Ortega y Gasset

El Ranking Mundial de Universidades publicado anualmente por el Times Higher Education Supplement de Londres, reconoce que las veinte mejores universidades del mundo están en los Estados Unidos. Le siguen las de Europa, Australia, Japón, China, India e Israel.

Según ese estudio las más sobresalientes en América Latina (San Pablo, Campinas, UNAM, Católica de Chile, Universidad de Buenos Aires, Universidad de Chile y Universidad Federal de Río), acumulan calificaciones entre 58 y 40 puntos, muy distantes de los 100 alcanzados por Harvard, a la cabeza del listado.

El nivel de los estudiantes y profesores, la actividad investigativa, las publicaciones y la cantidad de alumnos extranjeros; son algunos de los indicadores analizados, en los que Estados Unidos y Europa aventajan a los países en vías de desarrollo.

Ante estos y otros parámetros la educación superior en la región latinoamericana tiene varias asignaturas pendientes. Las inversiones estatales para esta enseñanza están muy por debajo de las demandas reales. Los profesores son mal remunerados, lo que repercute en el tiempo que destinan a sus alumnos, a la investigación y a actualizarse.

Los estudiantes quieren aulas, menos abarrotadas, clases de más calidad, posibilidades para investigar y que se mantenga el cogobierno universitario. Algunos reclaman adecuar los horarios docentes para poder trabajar o que se otorgue un mayor número de ayudas económicas.

Los problemas de la universidad no comienzan ni acaban en ella. El legítimo reclamo de extender esta enseñanza desde las capitales a otros territorios, de los sectores privilegiados a los populares, para garantizar la capacitación profesional ha provocado un incremento de las matrículas. Sin embargo, los segmentos más adinerados de la sociedad siguen estando altamente representados en ellas. La UNESCO calcula que el 80 por ciento de los estudiantes universitarios brasileños, el 70 de los mexicanos y el 60 de los argentinos, vienen de los sectores más ricos.

Los jóvenes de origen humilde que acceden a estas instituciones llegan mal preparados tras su paso por escuelas públicas. Muchos abandonan los estudios o los aplazan. Los que logran graduarse tienen que competir en la bolsa laboral por un empleo. La poca correspondencia entre los programas educativos y las necesidades sociales y del mercado, convierten a las grandes universidades en productoras de futuros desempleados.

En ese sentido las universidades privadas parecen superar a las públicas. La relación de las primeras con el sector empresarial privado les permite asegurar un puesto de trabajo a los egresados, aunque su calidad profesional no sea óptima.

La Reforma que hace falta
«…¿puede la Universidad aportar en la lucha contra los flagelos que padecen nuestras sociedades: pobreza, exclusión, falta de desarrollo, inequidad en la distribución de las riquezas, dependencia tecnológico-científica, fuga de cerebros, desindustrialización, pérdida de soberanía y de control sobre los recursos naturales?». Se pregunta Fernando Bossi, historiador argentino.

Las demandas no terminan. Nuevos reclamos y circunstancias hacen creer a académicos y gestores universitarios que está en crisis el modelo universitario vigente. Algunos lo atribuyen al agotamiento de la propuesta generalizada después de la Reforma de Córdoba (1918), y a su posterior evolución entre las décadas del 70 y 90. Para otros se trata de revitalizar aquellos postulados, a partir de los requerimientos del siglo XXI; mientras no faltan quienes sugieren la reinvención de la universidad.

Para Eduardo Jorge Arnoletto, politólogo y profesor universitario argentino, la universidad actual debe salir de su «torre de marfil» para relacionarse con la vida social en todas sus dimensiones, con un doble beneficio: para sí misma y para la sociedad.

Esa proyección dependerá no solo de lo que se logre a lo interno de esas instituciones académicas, —muchas en manos de sectores reaccionarios—, sino también de su apoyo a los niveles precedentes (educación básica y técnica) y a la continuidad de estudios, a lo largo de toda la vida. Además se tendrá que ampliar y flexibilizar las ofertas educativas y las curriculares para atender a minorías (grupos étnicos, discapacitados...) y poner en práctica un modelo que articule lo global y lo local, la teoría y la experiencia, la espiritualidad y la ciencia, por medio del uso de las tecnologías de la información y las comunicaciones.

La educación superior es un bien público, una inversión para el mañana. Hace 90 años un nuevo paradigma universitario latinoamericano fue la respuesta a la situación social en la región. Hoy el espíritu de Córdoba vuelve a plantearle a los estudiantes universitarios, el desafío de ser artífices de un proyecto social que se sueñe y conquiste dentro y fuera de los recintos universitarios. La Reforma no es historia pasada.

 

 

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