14 de noviembre del 2008 |
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«Entre rejas de Dios» |
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Por Hilario Rosete Silva |
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En el 17 de noviembre
«Enarbolando dignidad sobre pueblos vencidos»* La Universidad Nacional de La Plata (UNLP), donde Jorge sacia su vocación por la docencia, uno de los centros de enseñanza superior más castigados por la última dictadura militar argentina, cuenta en total con más de mil desaparecidos: casi el 40% de los alumnos de su Facultad de Periodismo y Comunicación Social, fueron asesinados o «esfumados». La Facultad fue cerrada a fines de marzo del 76, unos días después del golpe militar genocida dirigido por el entonces general de brigada Jorge Rafael Videla —recordó el hoy profesor de la cátedra (taller) de Producción Audiovisua (I)—, y solo reabrió sus puertas seis meses más tarde, bajo la órbita de su homóloga de Derecho y de un interventor militar. De vuelta a la democracia trabajamos con ímpetu la cuestión de la memoria, lo primero que hicimos fue crear el Archivo de la Memoria de la Facultad. «Abriéndose caminos entre sueño y horror» La idea era que los alumnos, por medio de trabajos o producciones periodísticas, —explicó Jorge— tuviesen acceso al archivo, lo enriquecieran, y conocieran las historias de los estudiantes desaparecidos en esa época, supieran quiénes eran, por qué y qué les sucedió, cuáles eran sus ideas políticas, por qué estudiaban Periodismo, qué opinaban sobre el oficio en la Argentina, por qué tipo de Periodismo luchaban, y si en verdad buscaban a través de la profesión un país con más justicia social. De semejantes «rescoldos», las y los jóvenes rioplatenses recuperan la memoria, la historia, la identidad, la justicia, la cultura, el alma de la nación. Tomando en préstamo juicios de la también periodista y antimperialista gaucha Stella Calloni, sostenemos que tales intentos de rescate impedirían cualquier proyecto de «recolonización geoestratégica». «Van pariendo mucha más vida de la que se truncó» La situación cambió —replicó el secretario de derechos humanos de la Facultad—, pero tendría que seguir cambiando; hoy tenemos unos dos mil casos de «gatillo fácil» y violencia institucional, y desde la Facultad incentivamos la lucha por la defensa de los derechos humanos; sabemos quiénes son de nuevo los más perjudicados; si confrontamos lo que vivimos hoy con lo vivido en épocas pasadas, vemos que es otro el eje de violación: el 95% de los dos mil casos mencionados arriba pertenece a la «pobreza estructural», a franjas poblacionales a las que históricamente se les excluye del mercado de trabajo. El respeto de los derechos humanos entronca con el tema de la distribución (equitativa) de la riqueza, idea fundamental de diversas normas de integración latinoamericana; la lucha por la defensa de los derechos enfrenta, en el plano internacional, a países desarrollados y subdesarrollados y, al nivel interno, a personas que ocupan posiciones sociales superiores e inferiores, a los pocos, ricos, que tienen mucho y los muchos, pobres, que no tienen nada; esa es la gran y auténtica división, la que define quiénes tienen derechos y quiénes no. «Por siempre joven nos mira la foto de ayer y hoy» Cierto —concordó el miembro y cofundador de la Asociación Civil Miguel Bru. Hacer justicia en cuestiones de Memoria y Dictadura, así intitulamos este cometido, nos abrió una vía expedita para abordar, desde la Facultad, situaciones más integrales, como son, entre otras, desigualdad y exclusión social, situación de los niños, las niñas y las (os) adolescentes, pueblos originarios, derechos de la mujer y, como ya dije, violencia institucional. No fue un camino fácil. Durante el primer mandato del peronista Carlos Saúl Menem, habíamos sufrido otro zarpazo; el 17 de agosto de 1993, mi compañero de escuela Miguel Bru, estudiante como yo, de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP, fue secuestrado, torturado y asesinado por la policía bonaerense y se convirtió en el primer desaparecido de la democracia. Desde ese día su madre, Rosa Schonfeld de Bru, y muchos de sus compañeros de aula, comenzamos una lucha incansable con dos objetivos: encontrar el cuerpo de Miguel y condenar a los responsables. Pasaron 15 años. ¿Encontraron su cuerpo? —velamos nuestra ansiedad. El hijo estaría orgulloso de la madre —contuvo Jorge la emoción—; desde que él desapareció, ella pasó a ser referente, a significar lo que alude la palabra coraje; Rosa ha participado en más de 50 excavaciones buscando el cuerpo de su niño; encontrarlo sigue siendo una de sus luchas. En cuanto a mí, como además de ser mi condiscípulo, Miguel era mi amigo, su muerte fue la causa de mi conversión, dentro del Periodismo, a la defensa de los derechos humanos y al acompañamiento de Rosa Schonfeld en la búsqueda de justicia. «Y mañana seguirán con fuego en los pies» Claro —precisó el licenciado en Comunicación Social—, porque pudimos condenar a los autores materiales del asesinato, sin haber encontrado el cuerpo de la víctima. Según acreditó el fallo dictado en juicio oral y público el 17 de mayo de 1999, el joven fue detenido ilegalmente en la comisaría 9ª de La Plata y torturado hasta la muerte aquella noche de agosto del 93. La técnica utilizada se conoce con el nombre de submarino seco, y consiste en aplicar al prisionero una bolsa de nylon en la cabeza y propinarle golpes en el estómago para que se quede sin aire y sienta asfixia, dolor, pánico, y vayan ustedes a saber cuántas otras sensaciones; dicha práctica esta tachada de tortura, porque equivale a un ensayo de ejecución. Muchos se han preguntado por qué los militares argentinos desaparecían a sus enemigos en vez de prenderlos o matarlos; y es que uno de los principios de la justicia es ese, «sin cuerpo no hay delito». «Los desaparecidos son eso, desaparecidos; no están ni vivos ni muertos; están desaparecidos» —hizo memoria el director del Seminario Comunicación y Derechos Humanos, de la cínica excusa de Videla, líder de la junta militar represora. Tras una lucha y movilización tenaces, Rosa Schonfeld de Bru y todos nosotros logramos no solo que fuesen sentenciados a prisión perpetua los policías que asesinaron a Miguel, sino que (en 1998) conseguimos la destitución del juez Amilcar Vara, el primer magistrado que tuvo el caso a su cargo, quien llegó a actuar en connivencia con el personal policial en más de 24 causas. «Aquí reza averiguación de paradero», se tapaba el juez, «esto no es un delito, no hay mucho más que hacer.» Imagínense el significado, la carga simbólica que tuvo este fallo en un país con 30 mil desaparecidos y una continua ausencia de justicia. «Van saltando todos los charcos del dolor que sangró» La Cámara Penal platense consideró varios testimonios que dieron cuenta de que Miguel había sido ingresado en la comisaría 9ª de La Plata por dos de los cuatro imputados y recibió torturas que derivaron su muerte —esclareció el coordinador de los Talleres de Comunicación en Cárceles. Por este hecho fueron condenados a prisión perpetua el ex oficial Walter Abrigo y el ex sargento Justo López que se desempeñaban, en esa época, en el servicio de calle de dicha novena seccional. También recibieron tres y medio años de prisión su jefe, el comisario Juan Domingo Ojeda y el suboficial Ramón Cerecetto, quien en ese momento estaba de guardia en la comisaría. Los cuatro condenados jamás reconocieron su participación en el hecho y nunca revelaron el lugar donde enterraron el cuerpo de la víctima. Ojeda y Cerecetto cumplieron sus penas, ya están libres. Abrigo falleció en prisión, víctima de un paro respiratorio, en octubre de 2003. López sigue preso. Aún hay otros que han sido investigados: se trata de policías que estuvieron esa noche en la seccional y que podrían llegar a ser encarcelados por «omitir denunciar el delito de torturas». Les digo además, cual detalle anecdótico, que el susodicho Ojeda, el número uno de la comisaría 9ª de La Plata donde se torturó hasta la muerte y después se desapareció a Miguel, es el mismo que antes, en tiempos de la dictadura, apodado «el cerrajero», trabajaba en la comisaría 5ª, un centro clandestino de detención. ¡Vean como todo se relaciona, como la ausencia de justicia ha seguido permitiendo estos «usos» y «abusos»! «Quemando olvido, silencio y perdón» Como quieran —admitió el director de la película—; el «dónde» a veces es una pregunta; a veces, una respuesta, «donde»; y a veces un reclamo; a mí me gusta sin acento y por iguales razones prefiero escribir el título sin signos de interrogación, «Donde esta Miguel». El mismo tratamiento se lo dimos a la versión compactada, de 8 minutos, la que Alma Mater vio, un corto que, realizado en el 2006, tiene cosas más nuevas, como son las escenas donde Estela Barnes de Carlotto, presidenta de la asociación Abuelas de Plaza de Mayo, devela el mural de Miguel Bru. El mural no tiene nombre propio, está ubicado en la sede original de la Facultad, en la calle 44, entre 8 y 9, en La Plata, en el edificio donde cursábamos Periodismo junto con Miguel, y lo develamos en agosto de 2005, en el aniversario doce de su desaparición. El día que estrenamos el corto, el otro 17 de agosto, de 2006, a 13 años de la pérdida del pibe, fue cuando le entregamos el título de Doctora Honoris Causa de la UNLP a su mamá, Rosa Schonfeld. Para ese entonces hacía un lustro que Rosa presidía la Asociación Civil Miguel Bru. Fundada por ella en 2001, la asociación asesora y patrocina causas de «gatillo fácil» y violencia institucional. En su búsqueda de justicia Rosa Schonfeld de Bru siguió el ejemplo de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y en la actualidad también integra la Comisión Anti-impunidad, organismo dependiente de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación. «Desparramando fe, las Madres del Amor» Sube la música; se oyen la letra y la voz de León Gieco: «Enarbolando dignidad sobre pueblos vencidos,/ abriéndose caminos entre sueño y horror,/ van pariendo mucha más vida de la que se truncó./ Por siempre joven nos mira la foto de ayer y hoy./ Y mañana seguirán con fuego en los pies,/ quemando olvido, silencio y perdón./ Van saltando todos los charcos del dolor que sangró,/ desparramando fe, las Madres del Amor.» Sube y baja la música. «Desde hoy, la fachada de la Facultad será testigo de esta historia que comenzó con su desaparición. En ella quedaron marcadas las imágenes de esta lucha y de tantas marchas que hicimos. Les quiero dar las gracias, agradecerles a la Facultad, a esta escuela…» Las palabras rehúsan salir; se mezclan con lágrimas y vítores. Sube otra vez la música y nuevamente «duelen» la letra y la voz del compositor: «Muchos son los santos que están entre rejas de Dios/ y tantos asesinos gozando de este sol./ Todos los gritos rebotarán entre los años sin voz./ Silueta y catedral, campanas y reloj./ Y mañana seguirán tapándole los ojos al cielo/ para que no vuelva a llorar./ Van cruzando este destino, entre ignorancia y valor,/ luz en la oscuridad, las Madres del Amor.» «La desaparición de Miguel dejó un hueco, un vacío enorme en la sociedad platense y, creo yo, en todo el país», se (y nos) desgarra ante la cámara Estela Barnes de Carlotto, la Abuela con mayúscula. «Por eso hay una pregunta, una pregunta que marca a fuego este sentimiento: ¡¿dónde está Miguel?!» A Alma Mater se le hace un nudo en la garganta; quiere llorar y cantar, más no sabe si puede o si debe: «Miguel está aquí, entre las alumnas y los alumnos de su Facultad, entre docentes y estudiantes de la UNLP, entre los novísimos hijos, y nuevas hijas, de «Las Madres, y Abuelas, del Amor». En esto, como en el compacto de Donde esta Miguel, corren los créditos: ...Se oyen, interminables, la letra y la voz del popular cantautor: «Muchos son los santos que están entre rejas de Dios/ y tantos asesinos gozando de este sol...»
*Los subtítulos del trabajo recorren la primera parte de Las Madres del Amor (6:07). Álbum: Bandidos Rurales (2001). Autores: León Gieco y Luis Gurevich. Discográfica: EMI. Dicha pieza inspiró al redactor para titular esta entrevista. 1 Taller impartido el lunes 12 de noviembre en el Parque Francisco de Miranda, sede del capítulo Caracas de la III Feria Internacional del Libro de Venezuela Filven´07, por Alejandro Verano, Jorge Jaunarena (entrevistado del presente trabajo) y Paula Romero, en ese orden, decano, secretario de Derechos Humanos y docente de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP.
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