9 de abril del 2009

Vencer la tentación Dogmática

Entrevista a Juan Valdés Paz

Por Hiram Hernández Castro

El currículum de Juan Valdés Paz (La Habana, 1938) resulta difícil para el «calificador de cargos.» Es sociólogo y politólogo, habla como historiador y filósofo y en una esquina de La Habana regala una conferencia sobre poesía. Es profesor titular, investigador y autor de libros y ensayos sobre sociología rural, ciencias políticas y transición socialista. No obstante, con perdón de las normas al uso, para revelar el criterio que me coloca en la urgencia de solicitar su palabra no queda otra opción que ser categórico… Valdés Paz es uno de los investigadores más rigurosos de las ciencias sociales cubanas, lector actualizado, maestro incansable, es un marxista cubano con el que Marx, Lenin y Gramsci habrían querido conversar. Su vida es la biografía de la intelectualidad orgánica del proceso revolucionario. Su lucidez nos quita el sueño y nos devuelve la esperanza. Juan es un hombre sincero y para los científicos sociales que nacieron con la Revolución, una voz imprescindible.

El triunfo revolucionario de 1959 significó un desafío para el pensamiento social cubano y su apertura a un nuevo paradigma de apropiación espiritual de la realidad. ¿Cómo vivenció desde su juventud, la emergencia en Cuba del marxismo como concepción del mundo?

«Uno de los rasgos que acompañan a la Revolución Cubana, incluso antes de su triunfo, es el carácter marcadamente juvenil de su liderazgo y participantes. Se trata de una Revolución acometida por un contingente muy joven. Uno de los de mayor edad era Fidel y apenas tenía 33 años.

«Ese protagonismo juvenil propició la ruptura con la clase política tradicional, con las formas de convivencias de la sociedad cubana anterior y facilita, con el espíritu iconoclasta que acompaña a la juventud, el proceso radical de reformas que se abre en el 59. Este dato demo-sociológico se pone a favor de una voluntad de política de cambio y refundación del país, ejercida con mucha más pasión que experiencia y sabiduría.

«Bajo el impacto de los cambios revolucionarios, la lucha ideológica y de clases que se desencadena y la estrategia de los EE. UU. de vaciar a la sociedad cubana de su capacidad gerencial, se produce una emigración masiva. En el período que transcurre de 1960 a 1963 abandonan el país casi medio millón de personas; concurren los batistianos y la alta burguesía, pero la mayoría pertenece a la clase media y profesionales que eran los portadores de la competencia administrativa. De forma expedita y osada, ese vacío fue cubierto por jóvenes.

«Hablar en primera persona es delicado, pero te voy a citar mi propia anécdota para ejemplificar mejor la situación. Con 20 años, habanero y maestro, sin haber visto nunca un central azucarero, tuve el privilegio de intervenir y administrar uno desde octubre de 1960. Esa forzada irrupción a puestos de dirección, administrativos y políticos, de personas que no rebasaban los 25 años es un rasgo distintivo de este período. Sin embargo, con el paso del tiempo, esa generación va a envejecer en esas funciones, y lo que en un principio favoreció un proceso acelerado de renovación generacional va a tornarse después causa de su lentificación. Se entró muy joven a los cargos de dirección y por tanto su reemplazo se haría demorado. Este fenómeno no ha sido suficientemente estudiado.

«Con todo, ese rasgo juvenil favoreció las condiciones para el aprendizaje; una generación de más edad estaría fijada a determinadas creencias, ideologías y corrientes de pensamiento. Por el contrario, la mayor parte de los jóvenes que hicieron la Revolución, más allá de los valores exigidos por la lucha insurreccional, carecían de un marco ideológico-teórico donde ubicar su nueva práctica social y política. Esa relativa virginidad ideológica facilitó nuestro encuentro con el marxismo.

«El marxismo aportó una concepción holística de la realidad, un saber comprehensivo del proceso en curso y un legado de propuestas anticapitalistas. Nos proporcionaba herramientas para orientarnos y proyectar nuestros deseos de cambio de la sociedad heredada. Con él desafiábamos la usanza de un pensamiento liberal que no aludía a la lucha de clases ni a la explotación ni al dominio imperialista y, por tanto, no daba cuenta del proceso de cambios en el que estábamos inmersos y con el cual la voluntad política de la Revolución se comprometía cada vez más.

«Sin embargo, por marxismo podemos entender cosas muy diferentes: desde el cuerpo teórico e ideológico de sus fundadores hasta el conjunto de seguidores que interpretan, revisan y se desvían, por diferentes motivos, de las fuentes originarias dando lugar a la tradición marxista, a saber, la diseminación e historia de sus disímiles corrientes. A la postre, el marxismo es un acervo cultural e histórico muy amplio, donde siempre hacemos una escogencia política».

A pesar de los desaciertos que en materia de políticas culturales acaecieron en los 60, no es menos cierto que subsiste cierta añoranza por los debates que durante aquellos años, de manera pública, se suscitaban entre diferentes corrientes de pensamiento científico, artístico, político y económico. ¿Qué características tenían esos debates que marcan diferencias con los actuales?

«Lo significativo de aquellos debates fue la participación, sea como protagonistas o en apoyo a una u otra posición, de personalidades y miembros de la vanguardia política. Característica que no volverá a repetirse, o al menos no volverá a ser públicamente visible.

«Las generaciones que acceden a la producción intelectual en la década del 70 van a encontrar una heterodoxia muy debilitada y una ortodoxia rampante. En cambio, los que se forman en los 80 van a descubrir que allá (en la URSS) la heterodoxia ha guiado un proceso (perestroika) que terminó por abandonar el marxismo y al socialismo. Aquí, en cambio, la heterodoxia cubana será la llamada a rectificar el camino revolucionario torcido por el modelo este-europeo. En los 90, puesto que la casa matriz del sovietismo dejó de existir, los acontecimientos imponen una heterodoxia vivificada por el pensamiento martiano. Hoy el marxismo de corte soviético posee escasa autoridad intelectual, pero persiste como actitud latente. Condición cultural favorecida por la carencia de fuentes bibliográficas, la falta de apertura y de debates, así como la disposición académica, en tanto ella fue el marco teórico en la que fueron instruidas al menos dos generaciones. 

«Ahora bien, no intento decir que toda heterodoxia sea buena en sí misma, de hecho hay actitudes y corrientes heterodoxas no revolucionarias. Luego, es imprescindible tanto la crítica como la autocrítica a la heterodoxia propia. La importancia del debate reside en que nos permite analizar y discutirlo todo. Si algo hay que sustentar con firmeza es que todo debe ser sometido al libre examen. Allí donde la indagación crítica se somete a constricciones los discursos científicos, filosóficos y estéticos, terminarán por desconectarse de la realidad y devenir inútiles o perjudiciales.

«No tengo dudas de que el pensamiento del Che, las herejías de Fidel, el marxismo revolucionario promovido por el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana y su revista Pensamiento Crítico, son fuentes inspiradoras. Asimismo, puede ser útil escuchar a los que desde el espacio intelectual vivimos aquella etapa y tenemos una experiencia acumulada, pero lo que se les impone a los jóvenes actuales es, sobre todo, crear. Los jóvenes intelectuales y científicos sociales no pueden ser meros epígonos de una generación anterior. Es imperativo que asuman que hay una revolución tecnológica, una eclosión cultural y, fundamentalmente un país y un mundo distinto y cambiante que obliga a recrear nuevas formas de apropiación y respuestas tanto para los desafíos de la Revolución como para el dominio global de la cultura burguesa, de la que vale decir que nunca fue tan poderosa como hoy».

¿Qué actitud, preparación y disposición deben asumir los jóvenes cubanos que ejercen en los diversos campos de las ciencias sociales y humanas?

«Es indispensable reconocer que con cualquier edad es posible producir una obra importante. La posibilidad de acceder a un conocimiento certero no es patrimonio exclusivo de ninguna edad y, por tanto, todas las voces deben ser escuchadas.

«Por otra parte, las instituciones para reproducirse están obligadas a renovar su recurso humano. Lo cual es válido no solo para el sector de la cultura, sino para todas las esferas de producción social. Si observamos la práctica científica institucionalizada, lo substancial sería identificar cómo se garantizan condiciones de paridad para la producción y socialización del saber para todos los grupos etáreos.

«Ahora bien, si lo que me pides es cómo promover en los jóvenes valores para el ejercicio intelectual diría que lo primero es vencer la tentación dogmática, esto es, conservar siempre la capacidad de dudar de todo como condición necesaria de su superación. Segundo, que el conocimiento implica observar, estudiar, investigar y debatir, en un esfuerzo intelectual sostenido. En cualquier rama hay más realidad, información y opiniones que la que nuestro tiempo vital nos dejará confrontar, pero estar lo más informado posible es una condición necesaria. Tercero, un joven que aspire a desentrañar la realidad en la que vive debe asumir su incidencia activa en la problemática social como parte de su formación. Participar en el debate cultural y político que lo circunda, lejos de ser lujo o añadidura, es su deber como intelectual y ciudadano.

«Por último, afirmaría como actitud que informa todos esos valores el irrestricto respeto a la verdad. Ella es un valor humano supremo y por tanto revolucionario, que no puede ser coactado ni subordinado a ninguna autoridad o circunstancia. El joven intelectual que pretenda superar la propensión a ser un “hombre mediocre”, debe asumir desde muy temprano una actitud inconforme hacia todas las medias verdades establecidas y el compromiso para “cambiar todo lo que debe ser cambiado”».

Alma Mater publica fragmentos de esta entrevista que fuera realizada originalmente para la revista Dédalo, de la Asociación Hermanos Saíz (AHS).

 

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