5 de febrero del 2009 |
|
Los verdaderos Héroes son de Carne y Hueso |
|
Por Dainerys Mesa Padrón |
|
Defender al mundo de una catástrofe, salvar a los desvalidos, o simplemente, ser tomados en brazos por uno de estos personajes, son recurrentes sueños infantiles; con la diferencia, de que a la par nuestra, los sueños también maduran. El héroe de mi historia es demasiado real. No todo lo esencial llega en estado de invisibilidad y a mi ídolo, ¡es poco probable no verlo! El Villa, como con absoluto cariño lo llamamos amigos y compañeros de trabajo, es un niño dentro de un enorme cuerpo adulto. Basta mirarlo para percibir lo mejor de su espíritu. Durante su misión internacionalista en Etiopía, el 22 de enero de 1978, Orlando Cardoso Villavicencio resultó el único sobreviviente de una emboscada donde fue hecho prisionero por tropas somalíes. Alejado de la familia, de la Patria, de su lengua natal, y en condiciones infrahumanas, permaneció un largo período. A partir de entonces (tenía solo veinte años) tuvo que acudir a insospechados recursos con tal de subsistir y mantener su equilibrio mental. «Durante los casi once años de encierro la limpieza de la celda constituyó un interés de primer orden. Era como si todo dependiera de las condiciones higiénicas a mi alrededor. Si iba a jugar con la imaginación, tenía primero que garantizar un entorno higiénico y fresco para lograr que los personajes de mi fantasía se vanagloriaran en un mundo de rica creación. De lo contrario me podían ocurrir dos cosas: o no lograba romper las barreras de la realidad para sumergirme en la riqueza de una fantasía rica y virgen, o, si lo lograba, no disfrutaba a plenitud su desarrollo y terminaba empantanado en la mediocridad. Si sucia estaba la realidad, sucio estaría el mundo de mi fantasía». Gracias a sus reflexiones y quimeras, Orlando inició un pasatiempo devenido alimento esencial de su vida: la literatura. «Casi comienzo mi primer cuento infantil, Wendy, pero la influencia de Shakespeare fue tan grande para mí, que no pude evitar inclinarme hacia el teatro, un género poco conocido para mí, pero muy de mi agrado. «Resolví durante el día lo que iba a escribir y esperé a la noche. Tan pronto cerraron la puerta exterior de latón me senté a la mesita de concreto en la esquinita oculta de la celda y aparenté leer. Ya tenía varias hojas en blanco arrancadas de los libros y el té, guardado desde temprano; ya tenía disuelta una buena cantidad de polvillo negro raspado de la pared. ¡Con qué nerviosismo comencé mi libro! Debía hacerlo con extremo cuidado para evitar un enfrentamiento con los carceleros constantemente asomados a la ventanita enrejada de la puerta para vigilarme. Cada vez que sentía sus pasos tomaba un libro en mis manos y fingía leer. Estoy seguro que si se hubiesen enterado de lo que estaba haciendo se me hubiera armado un serio problema pues me estaba estrictamente prohibido cualquier acceso a materiales para escribir. Me obligaban a trabajar oculto y bajo el riesgo de ser sorprendido». A pesar del ambiente oscuro, tensionado y peligroso, la musa de Villavicencio llegó cargada de sensibilidad. Esas tímidas páginas de la prisión se convirtieron en la obra para infantes, Wendy y El duque Pedro, (2001) publicada por la Casa Editorial Verde Olivo, al igual que el resto de sus libros: El reino embrujado (2002), Reto a la Soledad (2003) y Amor y Espada (2006). El efecto de encarcelamiento resultó tan incongruente con la incomunicación, que al leer estos volúmenes o escuchar los cuentos de «camino» del Villa, es inevitable imaginarlo, toda una década, dando vueltas por el mundo como Gulliver. ¡Así de inagotable es su creación! Incluso entre confesiones de los momentos difíciles, resalta su típico humor criollo. «Nadie puede imaginarse el significado de un simple jabón. Posiblemente ese fue el artículo más añorado durante los primeros años. Se convirtió en una obsesión absurda y dañina. Tan grande fue la añoranza que, aún hoy, me puede faltar la comida, pero no un jabón». Humilde, dicharachero, camagüeyano desde la médula, el protagonista de mi relato honra su título aun sin develar a fondo su experiencia. Rompe con los cánones vendidos a través de Spiderman, Superman, o Catwoman…, caricaturas de anhelos infantiles. Su entereza ante el aislamiento y valentía en tierras extranjeras, quisiéramos tenerla todos sin rango de edad. El héroe de mi historia no tiene telarañas adhesivas ni vuela con una capa, atesora una mejor cualidad: ser de carne y hueso. Las citas textuales que aparecen en el trabajo fueron tomadas del libro: Reto a la Soledad, Orlando Cardoso Villavicencio. Casa Editorial Verde Olivo, 2003. |

