2 de julio del 2009 |
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¿La marca del zorro? |
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Por Sofía D. Iglesias |
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Asimismo, la fiebre del Zorro (con todas sus versiones) ha trasladado al mundo real de los infantes la marca característica de cada una de sus peripecias justicieras. Por eso los muros, bancos, pisos recién hechos y otras superficies, albergan hasta hoy, la indiscutible Z de Don Diego de la Vega. Sin embargo, son señales inocentes que la familia y vecinos guardan con agrado; no así, otras imágenes. Al parecer, alguno de estos grupos etéreos quedó traumado con el hecho, y se niega a desprenderse de la costumbre de imprimir entonces su propia letra. Pues sí, ya los niños de ayer no se conforman con los ingenuos juegos imitativos, y han desplegado todo un movimiento ornamental de las ciudades. Los «zorros» de la capital, por ejemplo, han dejado su impronta caligráfica o pictórica en espacios públicos bastante visibles por los transeúntes, y lo que es peor, en obras patrimoniales de la capital. Si bien los ómnibus, paradas, portales, columnas y otros sitios públicos, no constituyen murales ni lienzo con convocatoria abierta para la inspiración de quienes se sueñan Picasso, las reliquias de nuestras urbes tampoco. A un costado de la iglesia ubicada en la calle Reina, un grotesco y abstracto dibujo, inclasificable entre las artes pláticas, repele la belleza de la capilla. Por su parte, la escultura de Rita Longa, en las afueras del Teatro Nacional de Cuba, exhibe, por encima del deterioro de los años, firmas, nombres y sellos personales a base de sprays de diversos colores. Una de las paredes exteriores de la emblemática facultad Artes y Letras, de la Universidad de La Habana, tampoco escapó de los incógnitos dibujantes. Al Malecón, construcción ilustre del paisaje habanero, símbolo de la Isla en disímiles lugares del mundo, lugar más concurrido de La Habana, estas mismas personas lo han convertido en basurero maloliente, saturado por envases de cuanta bebida existe. Incapacidad para apreciar lo limpio y hermoso, necesidad de reconocimiento, anhelos de fundar nuevos estilos plásticos, accionar contra la corriente, rebelarse contra el mundo circundante… Son demasiadas las razones presupuestas, con tal de encontrarle una explicación al fenómeno. No obstante, un reciente hecho, grave en demasía, ha dejado sin interpretaciones a quienes intentan parar este maltrato a las obras patrimoniales. La exposición de fotografías de pinturas del Louvre, impresas al tamaño natural de los originales, cuando apenas cumplía su mes de exhibición en las rejas del Castillo de la Real Fuerza, fue arañada casi totalmente. De sonrisa, La Mona Lisa pasó a una mueca, y El Baño Turco, a verse a través de una telaraña; las figuras humanas representadas en las creaciones fueron deformadas por una mano enmascarada que, de veras, no buscaba justicia. ¡¿Acaso mancillando el arte se puede encontrar?! Deberían algunos replantearse la manera de hacer sentir su tránsito por el mundo, sin que el ambiente o las piezas que conservan nuestra memoria histórica, lo sientan en «carne propia». |

