23 de marzo del 2009

Más que todo, el mar…

Por Jennifer Piñero Roig
Fotos: Cortesía del Entrevistado

Vladimir Svoboda tiene 67 años. Llegó por primera vez a la Isla a los 20, por aquellos días de 1961.
Entre los créditos de los guionistas de aquella telenovela de bomberos, leí su nombre y me llamó la atención. Serguei Svoboda, otro apellido ruso. Por casualidad o predestinación, unos meses después fue mi profesor en el taller de dramatizados televisivos. Fue cuando me enteré de que su padre Vladimir no era ruso, sino checo. Luego, cuando en la revista me encargaron escribir sobre la emigración, no quise caer en la tragedia de los balseros o la separación dolorosa de la familia. Pensé en él, en Vladimir, el único hombre checo del que tenía noticias había elegido quedarse en Cuba.

Vladimir Svoboda tiene 67 años. Llegó por primera vez a la Isla a los 20, por aquellos días de 1961, cuando la ciudad era un hervidero de cambios: nuevas empresas se echaban a andar, delegaciones de varios países llegaban a brindar asistencia con tecnologías aún ajenas para los cubanos. Entre ellos vino Vladimir, parte de un grupo de seis estudiantes universitarios que, por su dominio del español, fueron seleccionados para actuar como traductores e intérpretes entre los técnicos checoslovacos y cubanos. Cuando interrumpió su carrera en el cuarto curso para cruzar el Atlántico y prestar servicios en Cuba, no sabía cuánto su vida iba a cambiar.

Durante los dos años de su primera estadía, Vladimir cuenta que, aparte de todo el significado de Cuba entonces y la simpatía por el proceso en marcha, la Revolución, los barbudos, la lucha… lo impresionó más el mar. «Los checos vivimos en el corazón de Europa. Nuestras fronteras son con otros países. No tenemos costas. Sí grandes ríos o lagos, pero no mar, ni playas. Y a nosotros, por lo menos a mí, me atraía mucho el mar. Más las playas si eran tan bonitas como las de aquí. Recuerdo que iba a Santa María. Imagina cómo sería para un muchacho de veinte años… Me encantaban los deportes, pero en especial la natación. También gustaba del paisaje, tropical, el clima, todo tan exótico y atractivo».

En 1960 con su padre
En 1960 con su padre
Fue una época en la que trabajó en distintas esferas y junto a variadas personalidades. Lo mismo con altos funcionarios del gobierno como Osmany Cienfuegos o Carlos Rafael Rodríguez, que con entrenadores y deportistas destacados, campeones olímpicos que venían a instruir a los cubanos.

Pasado el tiempo, la memoria otorga especial importancia a aquellos momentos. Para él fue la primera vez que montó un avión o se mantuvo apartado tan larga temporada de sus familiares y amigos. Cuando regresó a Praga en 1963, ya había conocido a la que sería su primera esposa, una cubana, quien se le uniría en Checoslovaquia como miembro del grupo de los primeros cubanos que fueron a perfeccionarse en el aprendizaje del idioma checo. Vladimir terminó la universidad, cumplió su servicio militar y se casó. Pero su esposa, como hija única, no quería quedarse y él aceptó regresar con ella a la Isla. «En marzo de 1967, llegué para quedarme para siempre».

«Una de las cosas que recuerdo es la desproporción en el nivel cultural de la gente. Había personas muy preparadas, licenciadas en universidades del extranjero que intercambiaban de igual a igual con los profesionales de mi país, pero otras apenas pasaban de analfabetos. Aunque lo que más despertaba la simpatía era la alegría y la hospitalidad del cubano. Por cierto, a los checos nos tenían una estima particular entre el resto de las nacionalidades de Europa del Este y el Campo Socialista. Hice muy buenas relaciones, amigos que me quedan hasta ahora».

Su graduación
Su graduación
Aunque nunca quiso dejar de ser checo para volverse ciudadano cubano, fue prorrogando su estancia hasta convertirse en “residente permanente”. Con todo, Vladimir guarda una espina de aquella época. Se había licenciado de Comercio Exterior y tenía la idea de trabajar como tal en Cuba. Estaba preparado y era su vocación. Pero acá no lo aceptaron por su condición de extranjero. Aún hoy las normativas exigen que los empleados de los ministerios de Comercio o Relaciones Exteriores, sean cubanos. Ante el revés, no le quedó otro remedio que insertarse en el sector de la construcción, principalmente en áreas relacionadas con la economía.

«Entre las cosas que más me chocaban, a las que no lograba adaptarme, estaba esa característica de los latinos en general y los cubanos en particular: la impuntualidad. La suma de esa impuntualidad con cierta tendencia al desorden, nos chocaba a nosotros, procedentes de Europa, y por tanto con esa precondición, esa costumbre de ser extremadamente puntuales, de llegar siempre en tiempo. Cualquier cubano te podía decir que llegaba a las dos, uno esperaba y realmente se aparecía a las tres o a veces ni llegaba. Pero con el tiempo, inevitablemente, uno termina adaptándose. Como dice el refrán: con la cabeza no se puede tumbar una pared».

Vladimir e hijo 1969
Vladimir e hijo 1969
Vladimir Svoboda tiene dos hijos cubanos de dos matrimonios. Ya tiene nietos y se ve orgulloso de su familia. Se siente habanero, además de checo, porque «en Cuba la ciudad que adopté fue La Habana». Al principio, ni se planteaba la idea de un retorno, pero a finales de los 80’s fue convocado a una misión “internacionalista”, precisamente en Checoslovaquia. «Como ejercía en el sector de la construcción, me llamaron de la UNECA, la empresa cubana que atendía contratos en el extranjero, porque iban para Checoslovaquia. Querían que yo fuera como traductor y ayudante personal del jefe. Se me consideró internacionalista, a pesar de ser originalmente checo. Mi segunda esposa y mi hijo menor se me unieron poco después y allí estuve con ellos dos años, hasta que en el 90 las relaciones entre los dos países se deterioraron definitivamente. Entonces tuvimos que decidir si regresar o quedarnos. Fue mi hijo quien influyó más en volver. Tras los esfuerzos en la escuela, con las dificultades del idioma, ya estaba cansado y quiso regresar. Ante la encrucijada que nos vimos entonces, ganó el retorno. Ahora pienso que de habernos quedado, él sería hasta más checo que yo, porque era muy joven y se habría adaptado, en cambio yo he pasado la mayor parte de mi vida en Cuba. Tal vez estaría mejor monetariamente, dueño de algún negocio o empresa, pero acá no me ha ido mal, entre mi familia, amigos y el respeto que me gané como profesional. Esa es mi filosofía».

A veces cuando lo atrapa la añoranza, rememora los partidos de jockey sobre hielo, o le gustaría ir a uno de los partidos de fútbol adonde le llevaba su padre, aquel famoso Derby Sparta-Slavia, «que es aquí como cuando juegan Santiago e Industriales».

Regresó una vez más a su patria en el 2000, ya después que era República Checa en vez de Checoslovaquia. Piensa hacerlo de nuevo el próximo año, en abril o mayo, porque no puede tolerar el frío invierno checo, adaptado a las temperaturas cálidas de acá. Su mayor deseo es que un día, no muy tarde, las relaciones entre Cuba y la República Checa mejoren hasta ser como treinta o cuarenta años atrás. «Es lógico y humano, porque aunque he vivido aquí mucho y tengo familia cubana, la otra parte de mi familia está allá, donde es mi patria».

 

Portada de la Revista impresa
Contraportada de la Revista impresa