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29 de octubre del 2009
Con naturalidad en la pupila

Por Sofía D. Iglesias
Fotos: Archivo revista Verde Olivo

Los jóvenes tenemos inquietudes naturales alrededor de las gestas históricas y sus protagonistas, por lógica, con esplendor en momentos anteriores al nuestro.

Es así como las imágenes de muchos hombres y mujeres, los cuales actuaron relevantemente en determinadas condiciones nacionales o extranjeras, nos han llegado a través de libros, historias de familiares, o medios de comunicación. Y por lo general, ha sido mediante una construcción idealizada, perfecta, heroica.

Pero, ¿acaso estos héroes y heroínas, no fueron niños, adolescentes, jóvenes…, gentes de carne y hueso, como nosotros?

La admiración, el respeto, también el impulso para seguir adelante, lo hemos recibido de estos paradigmas de conducta revolucionaria; sin embargo, el retrato inalcanzable que algunos «enseñadores» promulgan con tonos de vanagloria, ha marcado una pauta, desalentadora para algunos bisoños de estos tiempos.

¿Cómo es posible ser tan arriesgado? ¿Puedo yo llegar a ser tan desprendido, jovial, sacrificado, tan… perfecto? Son estos algunos cuestionamientos de muchachos y muchachas, quizás tan valientes y maravillosos cubanos, como Camilo y toda la generación de realizadores de la Revolución. Mas, tal vez el enfoque con el cual les han inculcado la manera de hacerlos ejemplo, ha rondado demasiado la idealización. Y esta, solo puede traer tributo desde afuera, nunca implicación o reconocimiento con uno mismo.

Con el Señor de la Vanguardia, el hombre de pueblo y de sombrero alón, ha sucedido algo sui géneris. Su identificación con la cotidianidad, su sencillez extrema, le ganaron sea esta la perenne caracterización ofrecida por estudiantes, trabajadores.

Aunque esta cercanía a las masas ha pasado a ser tema recurrente cada vez que lo recordamos, no dejan de atrapar a escuchas, lectores, televidentes, los cuentos del hombre de mil anécdotas.

Por eso me he detenido en algunos valiosos comentarios que sobre Camilo Cienfuegos, hiciera Ernesto Guevara.

Sin lugar a dudas, las palabras de héroe a héroe tienen un valor incalculable, y reflejan un carisma que de seguro le ganará a ambos, la simpatía de todos.

De cómo se conocieron

Sobre la irrupción en los planes del yate Granma y los primeros días en la Sierra, dijo el Che:

«No lo llegué a conocer en México, se incorporó a último momento, venía de los Estados Unidos, sin una recomendación previa y la gente dudaba de él, como se dudaba de todo el mundo en aquella hora azarosa. Vino en el "Granma" como una cosa más entre las ochenta y dos cosas que, a merced de los elementos, cruzó el mar para traer un nuevo acontecer en América. Conocí a Camilo antes de conocerlo por una exclamación que era un símbolo; fue en el momento del desastre de "Alegría de Pío". Yo estaba herido, tirado en un claro y a mi lado un compañero se desangraba disparando sus últimos cartuchos para morir peleando.

«Se oyó un débil grito: "Estamos perdidos, hay que rendirse". Y una voz viril que no identifiqué sino como la voz del pueblo gritó desde algún lugar: "Aquí no se rinde nadie carajo". Pero no hay que ver a Camilo como un héroe aislado realizando hazañas maravillosas al solo impulso de su genio, sino como una parte misma del pueblo que lo formó, como forma sus héroes, sus mártires o sus conductores en la selección inmensa de la lucha, con la rigidez de las condiciones bajo las cuales se combatió.

«Seguimos 8, Camilo tenía hambre y quería comer; no le importaba cómo ni dónde, simplemente quería comer, tuvimos fuertes "broncas” con Camilo porque quería constantemente meterse en los bohíos para pedir algo y, dos veces, por seguir los consejos del "bando comelón" estuvimos a punto de caer en las manos de un Ejército que había asesinado allí a decenas de nuestros compañeros. Al noveno día, la parte "glotona" triunfó; fuimos a un bohío, comimos y nos enfermamos todos, pero entre los más enfermos, naturalmente, estaba Camilo, que había engullido como un león un cabrito entero».

Dicharachero y más

A propósito de las cuestiones alimenticias, relata Ernesto en el mismo texto, publicado en la revista Verde Olivo en el año 1964, que una de las pruebas de fuego para los recién incorporados a la guerrilla, era comer carne de gato, y para la cocción de esta, poseía Camilo un «fogoncito especial».

Otra de sus peripecias, que aún hace reír a cualquiera, está relacionada con un apodo y su incorrecta interpretación por el sujeto apodado. La misma, estuvo reflejada en una de las películas (Che I) de Steven Sodenberg, proyectada en Cuba durante la última edición del festival de cine latinoamericano.

«Camilo sí era alegre, era dicharachero y burlón, recuerdo que en la Sierra a un campesino, uno de nuestros grandes héroes anónimos, magnífico, le tenía puesto un apodo que se lo decía con un gesto infame, un día vino a darme las quejas como jefe de la columna para decirme que él no podía ser insultado, que él no era ningún "ventriculo", como no entendí fui a ver a Camillo para explicar un poco esa actitud tan extraña, y es que Camilo lo miraba con un aire tan despectivo y le aplicaba la palabra "ventrílocuo", que el campesino interpretaba como un insulto de terrible magnitud».

Según quienes lo conocieron, esa gracia estuvo aparejada a un inmenso sentimiento hacia el terruño, a sus iguales y al tiempo por venir.

«No sé si Camilo conocía la máxima de Dantón sobre los movimientos revolucionarios: "audacia, audacia y más audacia"; de todas maneras, la practicó con su acción, dándole además el condimento de las otras condiciones necesarias al guerrillero: el análisis preciso y rápido de la situación y la meditación anticipada sobre los problemas a resolver en el futuro.

«Ya lo dijo Fidel: no tenía la cultura de los libros, tenía la inteligencia natural del pueblo, que lo había elegido entre miles para ponerlo en el lugar privilegiado a donde llegó, con golpes de audacia, con tesón, con inteligencia y devoción sin pares».

 

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