5 de marzo del 2010

Haile Selassie, el polémico redentor de Sión


Por Ernesto Fidel Domínguez Mederos
Fotos: Internet


«By the rivers of Babylon, there we sat down
Ye-eah we wept, when we remembered Zion…»
Rivers of Babylon Bonney M

Haile Selassie I

Los pasillos de uno de los palacios de Su Majestad Imperial —hoy universidad de Addis Abeba— son angostos y se entrelazan unos con otros como escondiendo el final (o el principio) de algo. La luz es lánguida, pero Tadesse, uno de los antiguos sirvientes del «Palacio» conoce exactamente dónde fue que encontraron al Negus. El pasillo se angosta aún más y al final aparece una pequeña habitación (dicen que un antiguo baño). Allí, debajo de todo, se perciben fácilmente las marcas de dos grandes lozas que fueron levantadas para encontrarlo… «allí hallaron el cadáver del Negus», murmura entre sollozos.

Su Majestad Haile Selassie I (El Poder de la Trinidad, traducido del amárico) había nacido con el nombre de Tafari Mekonen en las cercanías de la ciudad de Harar el 23 de julio de 1892. Para muchos, no solo en Etiopía, había nacido el Mesías Negro; para muchos otros, el emperador absolutista que sumiría a su pueblo durante muchos años en una era feudal y oscurantista.

La carrera imperial del que sería el último de los reyes de este milenario país comenzó en ascenso. A principios de siglo, su padre ya le había asignado un territorio bajo su mando y en 1916, la entonces emperatriz etíope, Zauditu, lo convertiría en Ras (Lord) Tafari Mekonen por sus servicios a la corona.

Pero la cúspide de su carrera llegaría el 2 de noviembre de 1930, cuando Tafari era coronado Neguse Negest ze-Ityoppyao Rey de Reyes de Etiopía. A la ceremonia —que costó cerca de 3 millones de dólares— asistieron representaciones de las más rancias monarquías europeas. El joven y prometedor Tafari se convertía así, por fuerza divina, en Haile Selassie I.

Haile Selassie, el polémico redentor de Sión

Haile Selassie, el último Negus de Etiopía, gobernó su país durante más de medio siglo y fue derrocado en 1974 por un militar, una hambruna y una crisis.

El militar fue el coronel Mengistu Haile Mariam que lideró una exitosa revuelta popular en contra de la monarquía; la hambruna, la que azotó la región oriental de Etiopía entre 1972 y 1974 que ahogó de inanición a más de 80 mil personas; la crisis, la del petróleo de 1973, provocada por los países árabes en respuesta al apoyo de EUA a Israel durante la Guerra de Yon Kippur.

Un año después y a la edad de 83 años, el Negus de Etiopía era asesinado por los militares y sepultado, según dicen, en la letrina de su propio palacio. Sus  despojos fueron trasladados desde el Palacio, a una modesta iglesia de la capital. Sin embargo, en el año 2000 sus restos fueron llevados definitivamente a la catedral de la Santísima Trinidad de Addis Abeba donde aún reposan.

Lo cierto es que para muchos de sus seguidores en el mundo, Haile Selassie murió siendo Su Majestad Imperial, Rey de Reyes, Señor de Señores, Conquistador del León de la Tribu de Judá y Elegido de Dios, el ser supraterrenal portador de una dinastía milenaria de la que todos en Etiopía se creen, de alguna forma u otra, herederos.

Para otros, el Negus murió siendo el Mesías Negro, el líder de la emancipación africana, el único Dios regente en Sión que no había sucumbido al poder de Babilonia. Ese grupo de fervientes seguidores parafrasearían su nombre original y se declararían devotos de una nueva religión: el rastafarismo.

A 251 kilómetros al sur de Addis Abeba sobrevive un pueblo-encrucijada sediento y polvoroso. Su gente, obstinadamente alegre, se aglomera en las calles y al sol, toman té o discurren de cualquier cosa. No parece haber orden. El constante molote es aplastante, tanto como sus ganas de decirte que has llegado a Shashemene, un pueblo con más nombre que calles: el rincón mesiánico de los rastafaris.

Cuentan que tras finalizar la Segunda Guerra Mundial, Haile Selassie donó una gran parcela de tierra en Shashemene para permitir el asentamiento de seguidores del movimiento Rastafari de las Antillas que quisieran «regresar a su patria» en África.

Hoy se levanta al margen del bullicio del pueblo, el Jamaica Town, el remanso africano de muchos seguidores (ya no solo antillanos) que buscan un espacio para la contemplación y la vida comunitaria sin leyes ni órdenes occidentales. En la entrada del Jamaica Town se encuentra el hotel Flor del Valle, inversión de Maggie, una trinitaria que llegó a Etiopía hace más de veinte años y que encontró en este apartado lugar el sentido de su vida.

Cuando llegué aquí, este lugar era raramente transitado, un cruce de caminos, no más. Comenta Maggie mientras exhibe orgullosa sus añejos dreadlocks grises. El Jamaica Town lo levantamos entre todos. Maggie se esfuerza porque sepamos que su hotel está siempre repleto en cualquier época del año. Vienen de muchos países, dice, y no solo son negros. Los rastas de Australia, Nueva Zelandia, Noruega, Reino Unido, Holanda, cada vez son más.

Detrás de Maggie, un cuadro con la imagen de Haile Selassie I vistiendo su atuendo militar recibe al viajero. Es nuestro profeta, dice.

El movimiento Rastafari es ampliamente conocido como una religión monoteísta extremadamente ecléctica

El movimiento Rastafari es ampliamente conocido como una religión monoteísta extremadamente ecléctica, de culto abrahámico, que acepta a Haile Selassie I como el enviado de Yah 1  (Dios) en la tierra encargado de difundir su mensaje. Debido a que Etiopía fue el único país africano que enfrentó con éxito el colonialismo europeo, y Haile Selassie fue el único líder negro aceptado entre los reyes y reinas europeos, todos los rastas le guardan un gran respeto. La mitología surgida alrededor de este movimiento habla de la primera visita de Haile Selassie a Jamaica que tuvo lugar el 21 de abril de 1966, en momentos en que la isla vivía una despiadada sequía. Cuenta la leyenda que a la llegada del Negus, una gran tormenta se desató sobre la Isla, razón por la cual al Emperador etíope se le comenzarían a asignar propiedades divinas. Verdad o mito, lo cierto es que el rastafarismo surgió en los primeros años de la década del ´30 en Jamaica a partir de presuntas profecías bíblicas extraídas del Kebra Negast, el libro sagrado del cristianismo ortodoxo etíope, que atribuyeron a la divinidad de Haile Selassie, el deseo de los descendientes de esclavos negros de volver a África. Desde entonces, la cultura rastafari ha creado su propio sistema de símbolos y de nomenclaturas.

Bob marley

Los rastas —como popularmente se les conoce— adoran la bandera imperial  etíope como su insignia de lucha, rechazan el sistema moderno de creencias o eurocentrista (lo llaman Babilonia o confusión) y aspiran a ser repatriados algún día a Sión, la tierra prometida, es decir, Etiopía. Al rechazar también los cánones de belleza de la sociedad occidental, se enredan el pelo en los llamados dreadlock 2 como medio de protesta.

Por cierto, para proteger el amasijo de cabellos, utilizan unas boinas redondas y multicolores llamadas tam. Otra característica que los representa es el uso opcional del cannabis o marihuana, al considerarla una planta sagrada. La marihuana es utilizada entre los rastafaris en varios rituales con el propósito de elevar los pensamientos y tener una íntima comunión con Yah. Sin embargo, es importante conocer que el consumo de este narcótico no es imprescindible en el sistema ritual de los rastafaris, de ahí que sea erróneo asociar a los rastas con la marihuana 3.

A partir de lo anteriormente dicho será fácil de comprender que el rastafarismo, más que una religión, es un orden de vida con principios y normas de convivencia. También resulta interesante que la mayoría de los rastafaris no se identifican con ninguna secta o denominación, aunque se conoce que existen tres órdenes religiosas dentro del movimiento: los niabinguis, los bobo shantis y las llamadas Doce Tribus de Israel.

A lo largo de los años ’70, el rastafarianismo floreció en popularidad, tanto en Jamaica como en el exterior. Esta explosión cultural tuvo su causa principal en la creación del raggae en el cual el rastafarianismo encontró un medio de expresión. El raggae había nacido entre los negros pobres en Trenchtown, el principal gueto de Kingston y sus intérpretes, que eran en su mayoría rastafaris, pronto fusionaron la música folk tradicional jamaicana, el rythm & blues estadounidense y el jazz, para crear un ritmo singular con clara ascendencia del soul. Aun así, y aunque parezca paradójico, el reggae no forma parte del entramado ceremonial rastafari. Eso sí, indudablemente, la entrada del raggae en la conciencia internacional progresista de los años ´70 tuvo como protagonista a Bob Marley, un rastafari confeso.

Pero más allá de la droga (a través de la cual la sociedad occidental los ha tratado de estigmatizar), y la aureola mitológica y musical que los envuelve, los rastafaris fueron en su época primigenia, símbolo de la lucha anticolonial y bandera del combate contra el racismo. Sus aspiraciones sociales y culturales dieron voz a la comunidad negra no solo en Jamaica, sino también en EUA.

Las luchas emancipadoras de los rastafaris también tuvieron sus héroes. Tal es el caso del periodista y luchador anticolonial jamaicano Marcus Garvey, quien se encargó, en la década del ´30, de divulgar por el mundo la verdadera cara racista del colonialismo inglés en Jamaica. En esta Isla caribeña, Garvey es considerado un héroe nacional y su visión social y cultural inspiró a los fundadores del movimiento rastafari, que le consideran aún su profeta.

Años más tarde, el rastafarismo se alzó más que nunca como mensaje de orgullo racial y unidad contra las clases dominantes jamaicanas, de ahí que durante toda la década del ´50 hayan sido brutalmente reprimidos y humillados. Hoy en día el movimiento se ha extendido a lo largo de gran parte del mundo y tiene seguidores provenientes de distintas culturas, lenguas y naciones.

Sin lugar a dudas, el Negus nunca se imaginó que su desgarbada figura se convertiría en la inspiración de más de 800 mil personas más allá de las fronteras etíopes, así como en la figura fundacional de una de las llamadas “nuevas religiones del siglo XX”.

Constatar que Haile Selassie, a pesar de haber sido defenestrado por muchos continúa vivo en las calles de Addis Abeba, es un hecho que describe la proyección de este país (quizás) alejado culturalmente de África, pero profundamente enterrado en la historia del continente.

Al viejo Tadesse, por su parte, todo eso de los rastas le suena a música moderna y excentricismo. A él, lo único que le importa verdaderamente es mantener intacta la memoria de su Emperador, describir los intersticios de su divina existencia y contársela a todos aquellos que quieran saberla. Para mantenerlo vivo, dice.

Para el viejo Tadesse, el Emperador no era aquel hombrecillo enjuto y egocéntrico que dirigió una nación por la gracia divina hasta el punto casi del colapso. Haile Selassie para muchos etíopes sigue siendo la savia de un pueblo de rancio abolengo salomónico elegido por la historia, la imagen de la perpetuidad de un pasado que se rehúsa a desaparecer en el lodo de la modernidad, el espejismo de los que creen y de los que lo aborrecen. Para Tadesse, el Negus es, sencillamente, Etiopía.


1 Yah (contracción de Yahvé) es el dios de los rastafaris en clara alusión al pasado semítico del pueblo etíope.

2 Existen dos versiones del significado léxico de la palabra dreadlocks, la primera se refiere a «peinado que infunde miedo» y la segunda a algo «trabado, nudoso».

3 La marihuana es usada por los rastafaris, ya que algunos sostienen que fue encontrada en el lugar de la tumba del Rey Salomón, donde luego de enterrarlo, en el monte, se halló al día siguiente una planta la cual al ser fumada hacía sentir a la gente un contacto especial.