MALA COMPAÑÍA, AUNQUE SEA HAVANA CLUB…
El viejo Andrés se va a morir solo...
Por Dainerys Mesa Padrón
Con dos tragos bailo hasta Dirty dancing/
Con dos tragos las palabras me salen solas/
Con dos tragos no le tengo miedo a ningún escenario/
Con dos tragos enamoro a cualquiera/
Con dos tragos se me quita la tristeza…
Hasta qué punto controlamos la dosis exclusiva de dos tragos. O acaso hablamos metafóricamente. La asociación del alcohol con el logro de determinadas metas en la vida resulta un hecho en ocasiones, sobre todo en las poblaciones más jóvenes.
Su consumo social transgrede los límites contextuales manifestándose en los estilos de vida y formas de proyectarse de los individuos.
No hay playa que no implique una «botellita». O reunión de amigos. O excursión. O simplemente cuando hay que matar el aburrimiento.
Los de menos años acuden a este uso (inicialmente eventual, más tarde obligado por circunstancias específicas), casi siempre en la búsqueda de una reafirmación de la independencia, la virilidad, la libertad en la toma de decisiones, la creencia de determinados mitos o la imitación de patrones.
Revisando añejos
El alcohol, del árabe alkuhi(esencia o espíritu) es la droga más consumida en el mundo. Su utilización por el hombre, en forma de brebaje, se supone que data de los albores de la humanidad. La ingestión inicial vinculada con actividades religiosas dio paso a su consumo colectivo.
Desde entonces se distinguieron dos grandes categorías de consumidores, aquellos que beben dentro de las normas sociales de responsabilidad y los que, desafortunadamente, pierden el control y se convierten en bebedores irresponsables.
Las definiciones empleadas en la actualidad bajo el término alcoholismo, no se apartan de la que hizo Magnus Huss en 1849. Una de las aceptadas internacionalmente es la propuesta por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 1976, con el término «síndrome de dependencia del alcohol (SDA)» descrito como «un trastorno de conducta crónico, manifestado por un estado psíquico y físico, que conduce compulsivamente a ingestas excesivas de alcohol con respecto a las normas sociales y dietéticas de la comunidad, de manera repetida, continua o periódica con objeto de experimentar efectos psíquicos y que acaban interfiriendo en la salud y en las funciones económicas y sociales del bebedor».
Si bien la última copa suele ser de veras la última para algunos, otros sucumben una y otra vez ante las disímiles puertas por las que entra el alcohol, según diversos estudios: Vía sociocultural: esta es producto de las costumbres, tradiciones y convenciones de las diferentes culturas, se relaciona íntimamente con la presión ejercida por los grupos humanos (microgrupos y macrogrupos).
Vía hedónica: aunque estrechamente vinculada a la primera, se caracteriza por ser la búsqueda del placer.
Vía asertiva: su esencia es la utilización del tóxico como «muleta» para enfrentarse a situaciones en algún grado temidas o determinantes de inseguridad y ansiedad. Se establece frecuentemente en personas tímidas.
Vía evasiva: ha sido muy enfatizada en la literatura científica hasta el
punto de llegar a considerarla como la más relevante. En este caso, el consumo del tóxico persigue olvidar experiencias penosas o situaciones dolorosas, y pretende lo que en el caso del alcoholismo se conoce popularmente como «ahogar las penas».
Vía sintomática: donde existe una afección subyacente, generalmente
psiquiátrica como la depresión, la manía, las fobias y otras.
Vía constitucional: es la más cuestionada y debe ser valorada cautelosamente en aquellos sujetos que combinan una gran carga familiar de toxicómanos con un inicio temprano, ausencia de otros mecanismos hegemónicos y tendencias disociales».
Tomar… consejos
Entre los diferentes grupos de adolescentes y jóvenes se legitima y socializa la idea de que el alcohol potencia la alegría, la euforia, ayuda a superar la timidez y el retraimiento. A la vez que posibilita una mayor diversión y permite la integración a un círculo de amigos.
En la medida en que dichos individuos experimentan estas consecuencias «positivas», y las interpretan como beneficios, los propios efectos pasan a convertirse en fuertes motivos de utilización. Y estos, a su vez, crean la dependencia.
Quienes se inician en la adultez no comprenden lúcidamente cómo, del empleo de esta sustancia, se derivan problemas físicos y sicológicos y quienes lo entienden, se escudan en el «yo me sé controlar».
Anticipar los resultados «placenteros » en ámbitos cercanos como el familiar o desde universos tan cautivadores como los medios de comunicación, incita a los jóvenes a beber con asiduidad.
No se trata de reflejar solo los límites; sí de ceñir la brecha de actitudes y mensajes que nos venden el alcohol como moneda de oro, aunque sea Havana Club.
En cada barrio un comité, en cada cuadra Revolución…; pero desgraciadamente también una cafetería (muchas veces de mala muerte), donde las confituras a la venta resultan escoltadas por dos o tres botellas de ron de marcas nacionales. A unos centímetros de distancia, los mismos rostros de todas las horas, de todos los días, y para no perder la costumbre, ebrios hasta la saciedad.
La imagen se repite en zonas, municipios, provincias… Montan en las guaguas e inician el escándalo, arremeten contra quienes se les cruzan, gritan obscenidades en medio de las calles…
«Antes no era así. Qué va… era muy correcto », dice alguien que lo conoce de cuando muchachito solo se daba dos tragos los fines de semana en las fiestas, o cuando aprobaba un examen, o cuando iba a la playa, o si tenía que enamorar a una joven…
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