¿Quiénes Somos? | Escríbenos | Suscríbete | Mapa del Sitio | Archivo | Descargas | Enlaces
Deportes Voces
Del 16 al 22 de enero/2012
 

 

PROFE, BIENVENIDO A MI NUBE DE TESTIGOS

Por Tamara Roselló
Foto: Archivo

Julio García Luis

El viernes 13 debíamos vestir con algo naranja. Acordamos en el Centro Martin Luther King, Jr. (CMLK) sumarnos -a nuestra manera- a las protestas por la cárcel en Guantánamo. Busqué dos días antes en mi ropero qué me pondría. Para los que somos de la región central el color naranja es recurrente sobre todo cuando a tu alrededor se cuela el espíritu de la serie nacional de béisbol. 

En la mañana llegué sonriente, buscando los detalles naranja en el resto de mis compañeras y compañeros de faenas. Les prometí una foto colectiva luego del almuerzo. Sin embargo, no salí en la fotografía que recuerda la posición de las trabajadoras y trabajadores del CMLK sobre las injusticias con los prisioneros que han estado en la base guantanamera.

Mi acto de protesta se transformó en una despedida, en un hasta siempre para uno de los profes más entrañables que he tenido.

Supe al llegar al centro, que Julio García Luis, el querido Dequi, nos decía adiós. No era el momento –pensé-, le quedaba tanto por disfrutar y aportar. ¿Pero acaso habrá momento para que se detenga el ímpetu de alguien especial? Una nunca está lista para dejar de ver a la gente que quiere, al menos a mí se me vuelven inmortales, me parece que estarán ahí, cerca para siempre. Y en verdad así será con Julio.

No vi en la tele ni escuché en la radio la noticia de su muerte. Parecía como si me invitaran –sin que él lo supiera- a un encuentro de egresados de la Facultad de Comunicación, de colegas de la prensa y del mundo universitario. Era su vida y no la muerte la que nos convocaba.

Entonces lo imaginé sonriente como siempre, en medio de aquella multitud que llegó hasta el cementerio de Colón.

Por más que ya tuviera medallas y premios, estas ganas de acompañarle, de enviarle mensajes, de sacar de la memoria algún que otro recuerdo de los instantes que nos regaló, me pareció el gesto que más agradecería el Dequi, donde quiera que ahora viva.

Julio se graduó con mi grupo de Decano. Egresamos juntos en el 2003, nosotros salíamos de la casona de G a “comernos el mundo”, él seguiría en sus pasillos y aulas, seguramente, extrañándonos un poco. Juntos ganamos por vez primera la Copa de la Cultura que volvimos a merecer una y otra vez. Marchamos hacia la Tribuna Antimperialista cuando Elián González estaba en Estados Unidos  y su papá de este lado, pedía su regreso. Esa presencia constante en la vida universitaria le hacía parecer también un alumno.

Recuerdo cómo contaban los muchachos de un curso mayor al mío, la visita del Decano al campo durante la campaña de frío. “Corríamos detrás de su carro rojo con una alegría que la gente de otras facultades movilizadas se sorprendieron de cuánto queríamos al profe”. En esas comparaciones él tenía las de ganar.

De mi tiempo de presidenta de la FEU de Fcom (que bautizaron como la Tamarocracia) no guardo en la memoria un disgusto con Julio, un “mal día”, que puede ser muy frecuente cuando se tiene tanta carga encima o a un puñado de muchachos creativos, inventado irse al Pico Turquino o al Yunque, a una fiesta en la piscina del hotel Habana Libre, a cuidar tortugas a Guanahacabibes o suspender las clases un día para hacer los Juegos Interaños en el Círculo Social José Antonio Echeverría y otro más para la Jornada Científica Estudiantil…

Hay pequeños detalles cotidianos que nos marcaron porque a la mayoría nos cuesta ser tan coherentemente bondadosos: su computadora disponible para que cualquier estudiante terminara un trabajo cuando las computadoras del laboratorio no daban abasto, su colaboración para imprimir el próximo número de un periódico estudiantil, que leía con gusto y sin censura; su carro particular, más estatal que unos cuantos que exhiben chapas azules; su serenidad paternal que parecía infinita. 
 
En cierta ocasión el presidente de la FEU de otra facultad me preguntó qué hacíamos nosotros para lograr ese apoyo del Decano. ¿Cuál era nuestro secreto?, porque si con todos los demás las relaciones fueran un poquito así, las cosas saldrían mucho mejor. Ahora me doy cuenta que nunca le conté a Julio lo orgullosa que me sentí de ser su presidenta de la FEU, porque era él quien tenía ese don admirable de ayudar siempre que estaba a su alcance.

De igual modo costaba decirle que no al Decano cuando venía con algún pedido que otros hubieran hecho desde la autoridad que tenían y a la que él nunca tuvo necesidad de apelar. Y en algunos de esos instantes tensos, en los que parecíamos dispuestos a correr ciertos límites, no faltó quien se nos acercara a pedirnos que pensáramos bien lo que haríamos, no por nosotros –que no teníamos nada que perder-, sino por Julio, a quien todas y todos debíamos de cuidar. Por Julio, por él.

En los encuentro posgraduados que con cierta frecuencia mantuvimos hasta hace un tiempo, una parte de mi grupo universitario, siempre volvemos a Santiago de Cuba y el ascenso al Turquino. Ya nos sabemos de memoria lo que compartimos pero no nos cansa oírlo otra vez. Dice un amigo que hasta su hijo –todavía por llegar- le reprochará hablarle tanto del dichoso viajecito. Tal vez ahí se quedó alguna esencia nuestra. No sé cuándo nos volveremos a reunir, pero de seguro saltarán los recuerdos del Dequi y la casona de G, mezclados con la aventura santiaguera, porque son ingredientes fundamentales en nuestra historia común.

El reverendo Raúl Suárez hace poco nos invitaba a alimentar nuestra nube de testigos, esa a la que también nos debemos. Este viernes 13, mientras lanzamos a coro nuestras salvas de aplausos a Julio, sentí que le daba la bienvenida a mi nubecita de testigos, que andará a mi lado inspirándome.   

 

 

 
     
Se autoriza la reproducción total o parcial de los artículos, siempre que se cite la fuente.
Director: Yoerky Sánchez Cuéllar, Editora Web: MLeida, Webmaster: Maricela Facenda