HORNEAR, COMER, Y VIVIR LA INDIVIDUALIDAD
Por Dainerys Mesa Padrón
Foto: Internet
La receta que ofrecemos esta vez es muy fácil de preparar en casa. Todo lo que necesita está disponible en revistas, programas de televisión y radio, filmes e Internet, las 24 horas de los 365 días del año.
Molde: Rubia. Pelo lacio y largo. Piel tersa y blanca. Estatura superior al metro sesenta. Tríada de 90- 60- 90 para hombros, cintura y caderas, en ese justo orden. El rostro moldeado, con la dualidad felina de ingenuidad y fiereza a la vez. Piernas largas y esbeltas. Escote exuberante y prometedor…
Ingredientes: Osadía, inteligencia, éxito, una pizca de chiste y mucha fidelidad.
Según su gusto puede agregar: destreza en las labores hogareñas, excelente anfitriona, madre dedicada… ¡Y basta!
Pongamos un stop a la reproducción del prototipo de mujer que diariamente nos venden los medios, nos exige la sociedad e imponemos nosotras mismas.
Si la belleza se asocia con emociones inspiradas por cualidades físicas de objetos y personas, por qué nos hemos empeñado en estereotiparla, cuando los sentimientos infundidos pueden ser tan variables como los rasgos que los inducen.
Aunque a la mayoría de los directores de Hollywood les parezcan bellas las mujeres de no más de 50 kilos y pechos enormes (aunque sean de silicona), las gordas no dejan de existir y tener miles de encantos.
Es lógico que un rostro simétrico llame la atención de especialistas de moda, arte… y gente común; pero hasta dónde impone una marca por la cual luchar, e incluso, someterse a intervenciones quirúrgicas de riesgo.
¿Quién o qué ha pautado y pactado con la humanidad que los pómulos debidamente sobresalientes, los labios carnosos, la nariz fina y pequeña, las orejas imperceptibles y los ojos y cejas expresivos, constituyen el semblante perfecto? ¿Y quién ha establecido que lo perfecto es lo hermoso?
Belleza es diversidad, no la monotonía de parecernos las unas a las otras, o al menos desgastarnos en la angustia de perseguirlo.
Asimismo, entra al juego el concepto de buena. «Ella es tan buena mujer».
La frase raja los oídos y siempre me pregunto cuáles serán las variables a tener en cuenta para obtener tal categoría.
Mi corta experiencia ha recibido las pedradas: fiel, decente, EXCELENTE ama de casa, madre protectora, tranquila, obediente, buena hija, buena esposa…
Y en la retaguardia de la lista es posible que asomen—tímidas—, la inteligencia, la profesionalidad, las ansias de superación, la audacia, la valentía…
Los patrones culturales legados durante siglos por generaciones y generaciones han empobrecido y disecado las oportunidades de mostrarnos tal cual nacimos; y lo que pinta peor, conformarnos con ello.
No somos robots o artículos fabricados en series de millones bajo el mismo sello y con hormas similares.
Si nos teñimos el pelo, nos gusta ese color. Si atendemos la casa, responde a nuestros parámetros de limpieza, organización y tiempo. Si la fidelidad ondea como bandera, equilibra nuestra espiritualidad. Fluyendo la existencia en sintonía con estándares personales, no grupales.
Emancipémonos en forma y concepto, y algún día nos reconoceremos en la televisión, el cine o la Internet.
|