HUMO DE SEGUNDA MANO
Por Dainerys Mesa Padrón
Imagen: Archivo
 |
— ¿Usted fuma?
— Sí.
(…)
— ¿Sus hijas fuman?
— No, están muy chiquitas.
— ¿Está usted seguro…?
Así comienza y termina un spot de la televisión cubana, protagonizado por el actor Omar Alí. Y no exagera ni dramatiza el producto comunicativo, al insinuar el consumo del tabaco por las supuestas hijas del requerido.
Ahora mismo, si me preguntaran si fumo, lamentablemente tendría que asentir, aunque jamás hayan saboreado mis labios algún derivado del tabaco.
Cómo negar que el aire que respiro me llega cargado de nicotina proveniente de los cuatro puntos cardinales, en cualquier sitio al que me dirija.
El espacio individual resulta violado, ultrajado, e ignorado desde el ámbito social más sublime, hasta el más ridículo, en los casos que involucran al tabaco. Esta burbuja particular a la cual tenemos derecho, se destruye con intromisiones del continuo hedor a cigarro encendido, el molesto humo y las toxinas, que no vemos, pero sabemos nos invaden aun en contra de nuestra voluntad.
Si hasta ahora las políticas para restringir su consumo no han sido eficaces en la reducción del número de ciudadanos nacionales que lo compran y disfrutan, debería asumirse con mayor rigurosidad el establecimiento de un círculo ideal para que la población fumadora no líe en su práctica y consecuencias al resto.
La lentitud ha caracterizado el movimiento de regulaciones y prohibiciones en cuanto al tabaquismo en la Isla. ¿Los factores? Pues un gran por ciento de cubanas y cubanos asume el papel de fumadores activos. Muchas marcas de cigarrillos pertenecen al mercado de precios bajos. Hasta hace solo un tiempo, dicho producto se incluía en la norma de la canasta familiar. Y otras tantas razones que siempre aparecerán en el camino como escudos ante las restricciones.
Sin embargo, no pretendo satanizar ni al tabaco, ni a quienes lo usan. Procuro defender espacios y libertades individuales de los fumadores pasivos a la hora de permanecer en un lugar, sin condicionar la estancia por quienes generan humo.
A pesar de que el Ministerio de Salud Pública y otras instituciones resolvieran delimitar territorios y momentos para fumar en el transcurso de la jornada laboral y en otros ámbitos que implican lugares cerrados, las señaléticas, advertencias, paredes, escasas ventanas… resultan burladas como barreras invisibles.
A cuántos conductores de ómnibus no hemos visto deleitarse con su cigarrillo durante un viaje. Cuántos dependientes de cafeterías no han apartado el suyo para ofrecernos un comestible. ¿No nos hemos cruzado con alguien de limpieza, administración, protección…, en una unidad hospitalaria aspirando y exhalando sin el menor cargo de conciencia? De cuántos centros nocturnos nos hemos retirado con una inminente gripe y un olor insoportable en la ropa.
¿Exagero?
Como no llevamos escrito en la frente «fumo», o «no quiero fumar», sí deberían escribirse y concretarse áreas para uno y otro grupos. Asimismo, y más importante, deletrearnos el R-E-S-P-E-T-O, en cada bocanada de aire de primera y segunda mano que nos corresponde inhalar.
|